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En unos días nos desnudamos

Raquel Martos nueva.

El día 26 nos desnudamos. Despojarnos de la prenda que nos ha acompañado en este episodio distópico de nuestra vida será el último paso de un striptease, el culmen, el wow. Llevamos tanto tiempo escondiendo en la calle la sonrisa, la mueca con los labios de desaprobación o asombro, que volver a mostrarlas será un acto de desafío al pudor.

¡Cuánto me costó ponérmela sin sentir un poco de vergüencilla…! Alérgica de pro, por altos que estuvieran los niveles de gramíneas, por negra que luciera la boina de contaminación, me resistí siempre con terquedad a ponerme ese complemento que vestían con naturalidad tantos asiáticos.

Siempre que no la llevara puesta el personal sanitario en el quirófano, los chapistas, los soldadores, los Tedax… o cualquier otro profesional obligado a protegerse en el ejercicio de su trabajo, la mascarilla me parecía un diminuto disfraz exótico. Algo así como el paraguas con el que las turistas japonesas se protegen del sol que nos da vida y nos la quita. Paraguas que cada vez se lleva más en días soleados de Occidente, la estrella que más calienta da miedo…

Pero un día nos cubrimos medio rostro y hasta hoy. Comenzamos a ser enmascarados y a reconocernos en ese nuevo aspecto. Yo la interioricé tanto que, alguna vez que he salido sin ella por despiste, empujada por alguna urgencia, al ser consciente, he sentido que iba sin vestir. Una sensación horrible, como esos sueños en los que caminas en bragas por la calle, avergonzada y sin saber qué pudo suceder para que olvidaras ponerte la ropa…

Si dejamos a un lado la ventaja principal –protegernos del puto bicho– y aparcamos la incomodidad que nos ha supuesto, el gasto económico, el agobio, algún brote de dermatitis y otras miserias, podríamos ver el lado bueno de la mascarilla. Sucede algunas veces que, al abandonar o ser abandonados, junto al recuerdo de lo "chungo" brillan los recuerdos de las cosas buenas y este artefacto que nos estrangula las orejas, también ha tenido las suyas.

La mascarilla ha sido, en el lado más frívolo, una excusa para descansar de maquillaje, muy útil para disimular la mala cara. O un parapeto perfecto para evitar saludos no deseados, para hacernos los nórdicos…

Pero también ha tenido su utilidad seria y profunda: una muleta en la que apoyarte si eres tímido, un biombo para esconder la tristeza profunda cuando ibas a visitar a tus mayores. Y en el lado mágico, puede que ella nos haya obligado a un mayor esfuerzo en expresarnos y comunicarnos con la mirada.

El 5 de mayo de 2020, en mi Diario de una confinada escribí sobre aquel primer paseo post confinamiento, fue todo un acontecimiento y me sumaba entusiasta a la afirmación de mi querido @PereAznar: "Con las mascarillas también se ven las sonrisas", cuánta razón, amigo.

Y es que la sonrisa es mucho más que un gesto, mucho más que una mera exhibición de dientes o de ausencia de estos. La sonrisa es una actitud ante la vida, por eso podemos sonreír con los ojos, por eso se deja ver hasta en las peores tragedias.

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