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El dolor no es virtual

Raquel Martos nueva.

Estaba comiendo frente a la tele sin prestar atención y el paso a una crónica me hizo dar un respingo en la silla: “Un hombre se encuentra con su esposa fallecida gracias a la realidad virtual”. Levanté la mirada y vi a una pareja bailando. Él llevaba unas gafas para bucear… en el mar de las representaciones visuales.

Las imágenes pertenecían a I met you, un programa de la cadena televisiva surcoreana MBC. Contaban que aquel hombre había perdido a su mujer cuatro años atrás y tenía el deseo de “reencontrarse” con ella.

Durante meses, un programa de inteligencia artificial trabajó en la recreación. Adaptó los movimientos y los gestos de una actriz al rostro y el cuerpo de la fallecida y el gran día, en el plató, ambos se acariciaron con guantes virtuales y bailaron un vals.

Dicen que los hijos se oponían al show televisivo pero que finalmente aceptaron ir. Los niños asistieron como público al baile entre su padre y “su madre virtual”, primero sorprendidos y después llorando a mares.

No era la primera experiencia de este tipo. En 2020, el mismo programa “reunió” a una madre con su hija fallecida de siete años.

Dejé el tenedor analógico en el plato y me puse a gritarle a la tele, como mi abuela: “¡Pero vamos a ver!”.

“Pero vamos a ver” es la expresión que utilizo cuando no puedo verbalizar todo lo que pasa por mi cabeza, porque me he quedado atascada en la perplejidad.

Y, al igual que sucede con cualquier otra expresión, su dureza o su ternura depende del tono al pronunciarla y no lo dije gritando  –no como cuando se cuelan alcaldes, obispos, consejeros, gerentes y otras fuerzas vivales en lo de la vacuna, que vocifero: ¡¡¡¡¡Pero vamos a ver!!!!!–. Lo dije con tristeza, con compasión y con cierto disgusto, sé que lo que mueve a un espectáculo televisivo es, por encima de todo... el espectáculo. Y el que se construye con el dolor, duele.

Y el dolor no es virtual. No se calma con un abrazo con gafas de inmersión en las representaciones visuales. El dolor duele, desgarra, paraliza, roba el aire, arrebata la fuerza, hiela la sonrisa.

Sentimos dolor y nos aguantamos, perdemos a las personas que le dan sentido a la vida y aprendemos a vivir sin ellas. El dolor forma parte de nuestra vida porque no nos han dado otra opción, si pudiéramos elegir… ¡una mierda iba yo a pedírmelo por gusto!

No creo que el dolor se pueda paliar con un abrazo que le das a una actriz que parece “ella”, aunque logren reproducir su olor, el tacto de su piel y cada imperfección que le hacía única. Aunque consigan el grosor exacto de su pelo y ese dedo medio torcido o la uña estriada, no es ella. No es más que un sueño que se desvanecerá cuando suene como un despertador la cortinilla musical que da paso a la publicidad.

Recuerdo la frustración en mi alma juvenil cuando vi GhostGhost, en los 90. Claro, era una putada que la ilusión de recuperar lo irrecuperable se desvaneciera así, sin más, como un bocado de algodón de azúcar. En aquel momento no entendí que aquella peli lacrimógena era un presagio de lo que sería el futuro virtual, nuestro presente.

Vivimos en tiempos “virtuales”, tratamos de atrapar con la tecnología lo que no nos atrevemos a que nos entre por la piel hasta el corazón. Pintamos la felicidad con filtros de Instagram, nos reafirmamos con likes y nos reforzamos con follows.

Después de gritarle a la tele, con el café de después de comer, pensé en el después de aquel programa surcoreano. Cuando se apagaran las luces, cuando las cámaras dejaran de enfocar y la “emoción” vivida diera paso a ese frío único que tienen los platós cuando están inactivos.

Pensé en ellos, en esos niños, pensé en él, en ese viudo inconsolable. Ojalá, de verdad, la experiencia haya sido un sueño cumplido. Ojalá el acontecimiento visual no haya sumado más dolor al que tienen él y sus hijos. Que el dolor no es virtual, el duelo es real y los corazones rotos no se reconstruyen con inteligencia artificial.

Vamos, Julia

Vamos, Julia

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