Qué ven mis ojos

Una democracia mejorable

Benjamín Prado nueva.

“Un pobre diablo puede desatar un gran infierno”.

Siempre con el megáfono en la mano y las latas atadas al parachoques, la derecha política y la otra se lanzaron a hacer ruido con el argumento de que el vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, había dicho que España no es una democracia. En realidad él no dijo exactamente eso, sino que “es una obviedad que vivimos en una democracia mejorable y precisamente por eso nosotros existimos”, pero la frase escandalizó a los mismos que cada dos por tres y siempre que no mandan ellos, comparan nuestro país con Venezuela, Corea del Norte o Irán, unas naciones de las que ya sabemos lo que opinan.

“Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, dijo el escritor Eduardo Galeano, y la esencia de una democracia es, de hecho, evolucionar, querer ser mejorable y no dormirse en los laureles, sentirse capaz de afrontar cada nuevo reto y adaptarse a las circunstancias, estar atenta a todo aquello que pueda contradecir su espíritu teórico, que es lograr una sociedad justa, donde los derechos de todas y todos los ciudadanos sean respetados y se le paren los pies a las personas que utilizan el propio sistema en su beneficio o para dinamitarlo. Aunque no le guste a la parte ultra del trío de la plaza de Colón —esa que ahora, tras las elecciones en Cataluña, hace de caníbal, mientras que Casado y Arrimadas hacen de exploradores en la olla—, somos una democracia, o más en concreto una monarquía parlamentaria, algo que ya en sí mismo hay que reconocer que ya ofrece una peculiaridad, sancionada por la Constitucíón: el jefe del Estado es irresponsable ante la ley. 

Hay otras cosas que ayudarían a perfeccionar nuestro modelo y equipararlo, por ejemplo, a los de Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania o Italia, empezando por el tema de los aforados: en las tres primeras no existen y en la cuarta hay uno, mientras que aquí lo son doscientas cincuenta mil personas, sumando las fuerzas de seguridad y casi dieciocho mil cargos públicos. ¿Eso no estamos de acuerdo en que debería cambiar para que todos fuésemos un poco más iguales?

Tampoco estaría mal que se pusieran los medios para que los organismos de control, empezando por el Tribunal de Cuentas, mejorasen su rendimiento, que ha sido nulo a la hora de detectar y atajar, entre otras cosas, la financiación irregular de los partidos, que es una de las bases de la corrupción y un tipo de juego sucio que, en la práctica y más allá de llenarle los bolsillos de las y los ladrones de dinero público, adultera las elecciones. Y del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno, dadas las circunstancias, mejor ni hablamos. Todo eso, ¿no debería corregirse?.

Otra asignatura en la que suspendemos es la independencia de la Justicia, que es complicada porque las y los magistrados tienen ideología, pero que algunos se ocupan de que además de difícil sea imposible. El bloqueo del Consejo General del Poder Judicial es inaudito y las noticias de que el PP ofreció a su tesorero Luis Bárcenas que su mujer no entraría en la cárcel, a cambio de que no tirase un poco más de la manta, resultan escandalosas por separado y el doble si las relacionas. ¿Qué es eso de que hay abogados de la formación y “negociadores” que discutieron ese asunto? ¿Por eso Pablo Casado y los suyos luchan con uñas y dientes para mantener el control de los más altos tribunales, lo mismo cuando están en el poder que cuando están en la oposición? La siguiente pregunta da aún más miedo: ¿Los jueces considerados de su cuerda lo saben y lo avalan?.

Tampoco estaría nada mal que se cerraran las puertas giratorias y se tirase la llave al mar, porque eso borraría la sombra de duda que recae sobre más de una compañía energética y hasta es probable que terminara por impedir sus abusos continuados. ¿Es lógico y se debe tolerar que llegue un temporal de nieve y frío como el que acabamos de padecer hace poco y que las compañías aprovechen que el Pisuerga no pasa por Valladolid porque tiene el agua congelada para incrementar esos días un sesenta y siete por ciento el recibo de la luz y subir el del gas hasta niveles jamás alcanzados? Eso es una extorsión multitudinaria. El jefe de alguna hidroeléctrica, mientras tanto, cobra casi cincuenta mil euros diarios y nadie evita que un producto de primera necesidad como ese se use para dejarnos la cuenta del banco a oscuras.

Ojalá la debacle en Cataluña les abra los ojos y sean capaces de ver que quienes representan un verdadero peligro para nuestra democracia no son sus adversarios, sino sus socios. Tal vez ahora ya sí que se hayan dado cuenta de que un pobre diablo puede desatar un gran incendio. 

¿Lecciones de democracia de quienes no creen en la democracia? Pues va a ser que no

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