Qué ven mis ojos

Los ladrones ya no son gente honrada

“La única forma de enterarse de algo es no creérselo todo."

En la España de 1941 los ladrones podían ser gente honrada, tal y como sostenía una obra de teatro de Enrique Jardiel Poncela que ese mismo año llevó a la pantalla Ignacio F. Iquino. En 1956, cuando se estrenó la segunda versión cinematográfica del texto, dirigida esta vez por Pedro Luis Ramírez, aquel título aún decía la verdad: la dictadura que había arrasado el país seguía en pie igual que ahora lo hace el monumento funerario al asesino que la comandaba, y hay que entender que se hiciera cualquier cosa para conseguir por las buenas o por las malas algo que llevarse a la boca en una tierra quemada donde lo único que crecía era el hambre, el crimen de Estado y la desesperación. En la comedia original del autor de Eloísa está debajo de un almendro, el matrimonio formado por una joven de la alta sociedad y un antiguo delincuente empieza a peligrar cuando los compinches del marido, que se enamoró de ella mientras tramaba atracar su casa, deciden reactivar el plan, por hacerse con el botín y, sobre todo, para vengarse del traidor. En el largometraje de Ramírez, aparece José Isbert en la Plaza Mayor de Madrid, anuncia al público que lo rodea que la “tortuga africana del Orinoco” que sostiene en la mano va a dar un triple salto mortal, y mientras los incautos esperan la acrobacia, les vende unas maquinillas de afeitar. No me digan que todo eso no les recuerda a alguien y a ahora mismo

Aparte de eso, sin embargo, hoy en día, cuando gracias al neoliberalismo y sus crisis de laboratorio una parte de nosotros está en 2016 y otra ha regresado a aquel tiempo de silencio, como lo llamó el novelista Luis Martín Santos, lo que decía aquel título ya no es cierto. Los ladrones son nada más que eso, simples ladrones, aunque lo sean de guante blanco, por mucho que el jefe de la banda no sepa que el Orinoco está en Venezuela o sea calcado al personaje de la obra de Jardiel Poncela que se llama Castelar y habla mediante trabalenguas ininteligibles, y a pesar de que sus secuaces actúen como los del drama para confundir a sus víctimas con una vulgar maniobra de distracción: “¿Habéis matado a los perros?”, pregunta uno de los miembros de la cuadrilla que prepara el asalto a la vivienda. Y otro le responde: “No. Les hemos traído una perra a cada uno y están encantados.”

Que el Partido Popular pretenda a la vez abanderar la lucha contra la corrupción que él mismo ha protagonizado y trate de anular el juicio de la Gürtel por un defecto de forma, explica justo eso, que los ladrones ya no son gente honrada, sino una auténtica mafia: se puede contar de mil maneras distintas, pero el hecho es que al magistrado que empezó a investigar ese asunto lo expulsaron de la Audiencia Nacional por descubrir las conversaciones de los detenidos y sus abogados, se le puso al pie de los caballos y en un abrir y cerrar de navaja acabaron con su carrera, lo mismo que con la del juez que metió en la cárcel a Miguel Blesa, otro de los suyos. Después, se limpiaron las manos manchadas de dinero negro en sus togas. En su último libro, Baltasar Garzón afirma que “el procedimiento, juicio y condena a los que fui sometido fueron inicuos y obedecieron a razones ajenas a un verdadero sentido de la justicia, hasta el punto de que la nueva reforma de la ley incluye la posibilidad de hacer aquello por lo que fui culpado, incluso con menos garantías de las que yo empleé.”

Pero la jugada parece que no les va a salir esta vez, porque la letrada Concepción Sabadell, que es una de las fiscales del caso Gürtel, ha rechazado la petición de nulidad que hicieron el PP y su antiguo tesorero, Luis Bárcenas, dejando muy claro en su dictamen que fue el partido quien “se vio beneficiado por fondos procedentes de cohecho y malversación”; y también porque la prensa sigue echando leña al fuego y esta vez es El Mundo el medio que acaba de hacer pública una circular que los jefes de la calle Génova distribuyeron entre sus alcaldes para enseñarlos a financiar irregularmente sus campañas electorales y a darle esquinazo al Tribunal de Cuentas. Claro que de esta gente nunca te puedes fiar, y más cuando también acabamos de saber que la juez del caso Nóos es novia de un amigo íntimo del socio de Iñaki Urdangarín, Diego Torres, en cuyo piso se alojaba éste cada noche, tras salir de la sala en cuyo banquillo se sentaba junto con el antiguo duque de Palma, como principales sospechosos del desfalco. Presentas ese argumento a tu editorial y te devuelven la novela por increíble.

Eso sí, todavía resulta más difícil de creer que el general de ese ejército fantasmal, más parecido a la tripulación de un barco pirata que a una formación política, vaya a ser otra vez presidente del Gobierno y, además, con la ayuda de sus rivales históricos y supuestamente ideológicos del PSOE. No ha tenido más que quedarse quieto para ganar la carrera. No ha tenido más que cerrar la boca para que le crean. “¿Para qué hablar?”, dice uno de los protagonistas del drama de Jardiel Poncela, “si el silencio es lo más elocuente que existe. Sólo cuando callamos lo decimos todo...” Su interlocutora le pregunta: “Entonces, ¿por qué no se calla usted?” Y él le responde: “Porque yo no tengo nada que decir.” Así que vuelvo a poner la misma cuestión sobre la mesa: ese hombre, ¿no les recuerda a alguien? En esta historia, van a volver a ganar los malos, pero el público va a aplaudir igual. Se apaga la luz. Se cierra el telón.

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