Qué ven mis ojos

Hay que trabajar menos y cobrar más

“Si te miente dos veces el mismo embaucador, la segunda de ellas quien se engaña eres tú".

Irse por los cerros de Úbeda, echar balones fuera, correr un tupido velo, lanzar botes de humo, salirse por la tangente, andarse por las ramas... El lenguaje está lleno de expresiones que definen muy bien lo que pretende quien se aleja del asunto que está tratando con nosotros, quien cambia de tema, trata de confundirnos, de ganar tiempo con una evasiva o una maniobra de distracción. La última idea de la ministra de Empleo, que propone acabar la jornada laboral a las seis de la tarde, es un buen ejemplo de ese tipo de estrategia. ¿Es una buena o una mala idea? En realidad, en estos momentos casi da igual, en un país con la falta de productividad, los índices de paro y los recortes que sufrimos aquí y ahora, ni al empresario ni al asalariado les importa cuánto tiempo estemos en el trabajo, sino cuál sea nuestro rendimiento y a cuánto ascienda nuestra nómina, porque en la España de hoy los contratos son tan parecidos al papel mojado, las jornadas son tan largas y los sueldos tan cortos, que tener una ocupación no significa estar a cubierto, ser capaces de llegar a fin de mes y de llenar la nevera. Al contrario, gracias a la reforma laboral del PP, dentro de las oficinas o los comercios llueve igual que fuera y hace casi el mismo frío. Cada vez que hablamos de esto, queda claro que la palabra que mejor define lo que ha hecho el partido más votado, el que según las encuestas si hoy se celebraran otras elecciones volvería a conseguir,  junto a su marca blanca de color naranja, la mayoría absoluta, es “precariedad”. Y con ella, con ese sustantivo hiriente, está dicho todo.

Que esa reforma laboral no se derogue, que la derecha se ponga el casco y se atrinchere en La Moncloa y en su sede pagada con dinero negro de la calle Génova, para defender a cara de perro ese disparate que sólo nos ha traído menos dinero y más desigualdad, explica dónde le aprieta el zapato a nuestra derecha neoliberal. Porque lo que está pasando aquí y a la mayoría parece no importarle, es que unos viven a oscuras porque no tienen para pagar la luz mientras el presidente de la compañía que se la cortará en cuanto devuelva tres o cuatro recibos, cobra cuarenta y cinco mil euros diarios. La ley del mercado suele ser la que se invoca para justificar que cualquier injusticia es tolerable si representa un buen negocio para quienes la cometen. A eso hemos llegado.

Los estudios que se han hecho en España y en el resto del mundo, demuestran que mucha gente sería feliz trabajando menos horas e incluso menos días, con una remuneración algo más baja y un fin de semana de tres días a cambio, que es una vieja reivindicación en la que se unen razones que dicen que más descanso y menos ansiedad serían beneficiosos para nuestra salud, para la economía en general y para conseguir un ahorro energético que posibilitara el descenso de la contaminación. Cuando lo implantaron a nivel general en Utah, Estados Unidos, el ahorro fue de dos millones de dólares en un año y las emisiones nocivas de CO2 se redujeron en doce mil toneladas. Pero la medida fue revocada cuando los ciudadanos se quejaron de que los viernes se habían convertido en una tierra de nadie, y de que al cerrarse todo no podían acceder a muchos servicios necesarios para ellos. Por lo tanto, habría que hacerlo mejor. En Suecia lo intentaron, de forma más selectiva, en una serie de centros, y el resultado fue que las enfermedades cayeron un treinta por ciento y además mejoró la cuenta de resultados.

La conclusión parece evidente: cualquier cambio de nuestras costumbres y nuestros métodos tiene que empezar por las personas, tener como meta su bienestar, como alguna vez lo tuvieron los partidos socialdemócratas. Y tiene que empezar por instaurar una renta  mínima universal. ¿ O es que de verdad hay quien pueda creer que existe alguna razón para que unos seres humanos mueran de hambre o por falta de alimentos a la vez que otros nadan en la abundancia?  Si de lo que se trata es de seguir llenando las cajas fuertes a base de vaciar los bolsillos de los más débiles, el resultado será catastrófico. Por desgracia, no me parece que de la ministra Báñez se pueda esperar ninguna otra cosa. No olvidemos que en su momento declaró que el objetivo de su reforma laboral no era la creación de empleo. No olvidemos que mientras arengaba a la población diciendo que había que reducir gastos, moderar los ingresos y aceptar los recortes, cobraba una dieta de alojamiento a pesar de tener casa en Madrid. No olvidemos todo eso y así no nos volverá a dar gato por liebre. Hay que trabajar menos y cobrar más. O sea, justo lo contrario de lo que decía aquel presidente de la patronal que acabó en la cárcel por desvalijar a su propia empresa y de cuyo nombre no me quiero acordar. A veces, sobran las palabras.

Que te alabe el enemigo sólo habla mal de ti

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