La mascarilla y la condición humana

No gana uno para sustos. Por mucho que estemos acostumbrados a vivir con el mal, hay extremos que nos obligan a mirarnos con muy malos ojos en el espejo. Robar está mal, pero no es lo mismo hacer de bandolero en la sierra y asaltar la carroza de un aristócrata que quitarle la comida a un mendigo. Matar está muy mal, pero tampoco es lo mismo perseguir a balazos a un criminal que bombardear hospitales y acabar con cientos de mujeres, hombres, niños y niñas inocentes. Y tampoco es lo mismo utilizar las injusticias sociales ya establecidas para hacer negocios que servirse de una epidemia para aumentar de manera infame la cuenta de beneficios. La condición humana no tiene límites. No gana uno para sustos.

Ya duele que se aproveche la política, que es un bien público, para favorecer de manera desigual a algunas empresas privadas. El deterioro en las inversiones sanitarias, la degradación de las plantillas médicas y el colapso planeado en las listas de espera sirven para favorecer a las empresas que convierten la salud en un negocio y cambian la misión del bienestar humano por un festival de buitres en busca de cadáveres y buenos dividendos. Ya lo sabemos. Como también sabemos que los golpes contra la calidad de las residencias de ancianos se deben a la decisión de apoyar las cuentas de empresas acostumbradas a recortar gastos a la hora de atender con decencia los cuerpos y las almas envejecidas. Ya lo sabemos. Y las familias adineradas siempre pueden buscarse con libertad centros caros, con lo cual vuelve a cultivarse un negocio por partida doble. Vivimos en un mundo que ha aprendido a destruir el patrimonio social que cabe en las palabras igualdad y libertad.

No es lo mismo utilizar las injusticias sociales ya establecidas para hacer negocios que servirse de una epidemia para aumentar de manera infame la cuenta de beneficios. La condición humana no tiene límites

Pero estas dinámicas tan propias del neoliberalismo dejan de ser una opción política, por mucha crueldad que encierren en sus pliegues algunas opciones políticas, para convertirse en un acto de barbarie infame cuando la libertad para hacer negocios y aumentar las desigualdades se vale de la urgencia, el terror, el miedo a corto plazo, las amenazas de una pandemia y las necesidades de la superviviente. ¿Hasta dónde somos capaces de llegar los seres humanos? Estos días estamos asistiendo a un vértigo sin límites. Ya era difícil de soportar que se utilizasen las víctimas del terrorismo de ETA para hacer política interesada, dinamitando la comunidad nacional de un dolor compartido. Después, las perspectivas de futuro se agravaron cuando un Estado, apoyado de manera activa por otro Estado, decidió utilizar una agresión terrorista para exterminar a todo un pueblo con una violencia deshumanizada y sin límites. Y si nos faltaba algo, ahora las noticias se meten en nuestra casa y nos recuerdan que en cualquier sitio pueden aparecer señores y señoras capaces de convertir una pandemia en un negocio particular, mientras la gente deja de respirar a su alrededor.

Ya sabemos que muchos laboratorios aprovecharon la situación para hacer negocios a corto, medio o largo plazo. Ya sabemos que muchos países utilizaron el reconocimiento o la falta de reconocimiento de las vacunas para apoyar a algunas multinacionales frente a otras opciones. Como estamos acostumbrados a que nuestro mundo sea así, incluso pudimos alimentar el optimismo de una condición humana capaz de investigar, experimentar y dar respuesta científica de manera acelerada a una catástrofe. Pero la condición humana nos dispara cerca. Cuesta trabajo mirarse al espejo cuando alguien como nosotros se convierte en intermediario de empresas y negocios que juegan con mascarillas deficientes o comisiones desorbitadas, beneficios fundados de manera inmediata en el dolor personal, familiar y colectivo.

¿Alguien como nosotros? Sí y no. Sí, porque no podemos caer en la tentación de pensar que los malos son los otros a la hora de denunciar las infamias. Y no, porque nos queda el consuelo y la necesidad de creer que hay muchas personas, entre nosotros y en los otros, que son incapaces de convertir el dolor en un negocio egoísta y particular. Creo que hay matices y que la convivencia depende de los matices. No es lo mismo mantener la idea errónea de que la libertad de un mercado sin límites ni impuestos favorece la convivencia, que aprovecharse de una epidemia para convertir las mascarillas en una estafa particular. No es lo mismo, ya sea el estafador un hermano, un primo o un amigo de alguien.

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