Cuerpo no es un peluche Pilar Portero
La mejor manera de reafirmarse en las propias ideas es bajar a la calle. Los poetas orgullosos de su trabajo sienten la tentación de encerrarse en una torre de marfil para defenderse del mundo, uniformados con su culturalismo o sus creencias. Los uniformes siempre son un modo de resolver dudas y facilitar dogmas seguros de sí mismos. La energía poética de Rafael Alberti quedó de manifiesto cuando se convirtió, bajo los huracanes de los años 30, en un poeta en la calle. No sólo quiso escaparse de la torre de marfil para enfrentarse a un mundo bárbaro, sino que necesitó buscar también, en la tradición clásica o en su propia intimidad, el modo de no encerrarse en el dogmatismo de los panfletos y la consignas. Al vivir la conciencia De un momento a otro, le preguntó a su memoria, a su vida, a su educación sentimental, las razones de una mirada sobre la historia.
Después de acompañar a Rafael Alberti a la Europa del Este, yo tuve necesidad de bajar a la calle. Como no me gustó lo que vi en la Praga de los primeros años 80, ni lo que fui comprobando después aquí o allá, y tampoco quise renunciar a mis ideas anticapitalistas, decidí convivir con mis sueños, pero en Habitaciones separadas. Así se tituló el libro en el que afronté la necesidad de alejarme del sistema comunista pervertido por el estalinismo y de las ilusiones estafadoras, pero sin romper mi compromiso político. Convivir con los sueños, pero en habitaciones separadas, es propio de la conciencia vigilante. Cuando los sueños se envenenan en su almohada, podemos llamarles la atención desde la nuestra. Y si en nuestra habitación llueven las renuncias y el cinismo, está bien que los sueños adviertan que no es lo mismo defender un ideal que hacerse cómplices de una pesadilla. Mejor que los sueños nos inviten a bajar a la calle.
Hay buitres empeñados en devorar los avances conseguidos por los seres humanos, avances que hoy se extienden por el mundo en forma de cadáver. Para devorarnos, los buitres necesitan convertir en cadáveres las buenas causas
Cada cosa en su tiempo. Escribí un poema titulado “Mujeres” para explicarme lo que había sentido en una escena de la vida cotidiana, una de esas escenas que se despiertan con signos de interrogación. El autobús recorría muy de mañana mi ciudad y se detuvo en una parada llena de mujeres que se habían levantado para ir a trabajar. El tiempo de sus cuerpos era el exigido por una ducha, un peine y un horario laboral. Al subir al autobús, dejaron al descubierto la marquesina de la parada. Estaba embellecida por las braguitas, los sujetadores y los cuerpos edulcorados de una campaña de ropa interior. Después de apreciar la belleza, sentí que me resultaba necesario distinguir entre la modelo perfecta de los carteles, elaborada como una propuesta virtual, y la experiencia de carne y hueso de las mujeres que van al trabajo y comparten sus vidas con la realidad. Como poeta, elegí los ojos madrugadores de esas mujeres. Estaban llenos de sueño y de sueños.
Desde entonces he asumido como disciplina poética acercarme en distintos horarios a las paradas de autobús o bajar hasta las estaciones de metro para observar a la gente que pasa, las personas que van al trabajo, o vuelven, o llevan una bolsa de más, o una copa de menos, o la sonrisa de un buen recuerdo, o la soledad de una inquietud que no comparten con nadie. Compruebo que la poesía sobrevive a la mercantilización porque la intimidad es inseparable de la próxima parada, de las direcciones y los asuntos públicos, que nunca se quedan en el mismo sitio, aunque lo parezca, porque pretenden meterse en cada intimidad, en cada corazón, y viajar con las personas como si fuesen un equipaje, un asunto propio. Bajar a la calle es la mejor manera de conocer nuestra habitación particular y sólo desde su ventana acabamos viendo lo que pasa en la calle. Somos un viaje de ida y vuelta.
Son cosas que no olvida la poesía, y que tampoco debería olvidar la política, sobre todo en las épocas de crisis, cuando hay buitres empeñados en devorar los avances conseguidos por los seres humanos, avances que hoy se extienden por el mundo en forma de cadáver. Para devorarnos, los buitres necesitan convertir en cadáveres las buenas causas.
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