Verso Libre

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Desde la primera vez que leí Las mil y una noches he tenido claro que el deseo de contar historias es un acto de rebeldía contra la muerte y el olvido. La voz de Sherezade relata acontecimientos asombrosos para no ser ejecutada por el escarmentado rey Shahriar. Su memoria y sus imaginaciones condensan el sentido de esta rebeldía. Sentimos que las palabras, las intrigas y las sorpresas retrasan el momento de la desaparición, la suya y la nuestra. Sherezade juega con la curiosidad del que escucha: contar es una búsqueda de interlocutor.

La conciencia de la muerte nos hace humanos porque supone la verdadera pregunta sobre el sentido de nuestra vida. Son los finales los que ordenan la escritura, los detalles y las curvas de una historia narrada. Cuando alguien muere, cuando alguien cierra para siempre los ojos en una mansión de lujo o en el banco callejero de un mendigo, desaparece un modo de ver el mundo, una memoria de los sabores y la luz, un sedimento de experiencias con nombres, miedos, ilusiones, costumbres, alegrías y heridas. Escribir es una forma de negarse a esa desaparición, un intento de dejar huellas o encender hogueras en la oscuridad.

Las mil y una noches enseñan también que las palabras y sus relatos son una forma de poder. El que escucha cae en la seducción del relato, y los relatos ordenan el mundo, reclaman una fuerza semejante a la del Efrit que irrumpe, el ser mitológico de las leyendas árabes, una fuerza amenazadora capaz de cometer acciones cruentas con los personajes que se cruzan en su camino o de comportarse de forma generosa a la hora de conceder deseos. Los cuentos de Las mil y una noches, por ejemplo, hablan de mujeres tramposas, engañadoras, sometidas a la lascivia, la mentira y la avaricia de su mala condición.

El relato no es sólo un modo de oponerse al desorden y la nada, sino una forma determinada de ordenar el mundo, la identidad de los seres humanos, su condición, sus ilusiones. Bajo la realidad descarnada y funeral que vivimos, cuando la sospecha sobre las bellas palabras se extiende como descrédito de cualquier relato, recuperar la ilusión es una tarea necesaria, pero también una responsabilidad, una exigencia de meditación sobre el orden. ¿Cómo ordenamos el relato? ¿De qué modo situamos la palabra mujer, esposa, hija, marido, padre, hombre? ¿Qué hacemos con el amanecer, la tormenta, el castigo, la compasión, el deseo, el trabajo, la vida y la muerte?

Domina el viento quien domina el relato. Las noticias jerarquizadas por los medios clásicos de comunicación intentaron durante años quitarle el relato a la literatura en nombre del poder. Hoy son las redes sociales las que sustituyen cualquier tipo de relato por una tormenta de fragmentos y retales muy calculados en su desesperada aceleración. Los fragmentos desregulan, deslegitiman la voz de un Estado. Los fragmentos buscan con la pericia de los filtros mediáticos a su consumidor para halagarlo, sacarlo de sus casillas, encerrarlo en su torre de odio, cortarle el paso a los mundos inevitablemente mestizos de la convivencia y convertirlo en una pieza esclavizada por el juego. Una democracia sin convivencia supone un invento digital muy envenenado.

Leer historias es una forma de estar sentados en el balcón observando en la plaza el discurrir de la vida cotidiana, las rutinas de la gente que pasa, se encuentra, se besa y se despide. Conocidos por dentro los personajes, y ese es otro privilegio de la literatura, tardamos pronto en comprender que no hay una separación tajante entre lo viejo del todo y lo nuevo del todo, entre los buenos y los malos o entre el héroe y la persona burocrática. Acostumbrados a leer las huellas que la literatura nos ha dejado contra la muerte y el olvido, debajo de cada ser humano, por modesta que sea su apariencia, puede reconocerse un caballero cargado de sueños, un monarca asesino, un amigo traidor, un sabio dispuesto a vender su alma al diablo, una reina vengativa, una niña huérfana con necesidad de amor, una joven con derecho a la libertad o una madre llena de coraje.

Mientras nos vamos contando la vida para defendernos de la muerte aprendemos que las miradas se buscan igual que las soledades porque el relato es un asunto de dos, una convivencia. Nada es más hospitalario que el libro que nos recibe ordenado para hablarnos de nuestra vida. Perdón, matizo, hay una hospitalidad semejante: la de los ojos que se abren para recibir palabra a palabra la huella de los otros, las historias y las intimidades contadas por gentes que un día se rebelaron contra la desaparición.

En el viento de las palabras y la literatura rema un antiguo deseo de entenderse.

Unas pocas palabras verdaderas

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