Democracia pixelada

En la hora de Sánchez… ¿qué debería hacer Unidos Podemos?

Mientras Sánchez desenvuelve poco a poco el regalo de su Gobierno, con un gabinete efectista pero con clara intención de perdurar, que demuestra haber entendido la magnitud de la marea feminista, Podemos afronta un trance difícil bordeando dos abismos.

Por su izquierda, se asoma a la quebrada del pitufo gruñón esa izquierda enfadada que siempre anticipa las decepciones y anuncia antes que nadie los castigos que vendrán. Si se adentrase ahí confrontando desde el principio al nuevo Gobierno, se distanciaría del sentir aliviado y celebrativo mayoritario en España, que trasciende con mucho la base electoral del PSOE. Pudiera parecer que critica la fiesta porque no le han invitado. Además, frente a la histriónica e incendiaria oposición que practica ya una derecha instalada en la postverdad, esto se percibirá como falta de responsabilidad. A medio plazo, ese lugar le condenaría a vivir tratando de desenmascarar "el verdadero rol sistémico” del PSOE –algo que intenta el PCE, sin demasiado efecto práctico, desde antes de Anguita– como si no lo conocieran ya sus votantes, como si no estuvieran hartos de Cebrián y Felipe González. Como si no hubiera reconocido el propio Pedro Sánchez a Jordi Évole, ante millones de espectadores, que él y su equipo cedieron a presiones de los verdaderos poderosos para escorarse hacia el lado de Rivera.

De nada le valdrá a los representantes de Podemos airear ahora las manchas en el CV del nuevo Gobierno (si bien los periodistas debemos indagarlas). Todos conocemos a alguien con esa actitud refunfuñona en nuestro entorno y no suelen aparecer como personas confiables o con capacidad de influencia. No es que el personal sea memo y no recuerde la reforma del 135, no insultemos inteligencias. Es que el PSOE apareció en su momento como opción menos mala y más realista o confiable para más gente, sin más. En política se vive de apariencias y no de objetividades, guste o escueza.

En la otra ladera, el abismo por el que pueden despeñarse los morados sería desdibujarse, rebajar su perfil y aceptarse como una muleta cuyo apoyo se da por descontado, no tener discurso propio y limitarse a poner algún punto sobre las íes. Este error sería el reverso vano del anterior: en vez de oponerse por defecto, aceptar todo de antemano añadiendo siempre algún adverbio. Si nadie percibe la diferencia, si se da por buena la acción del protagonista, siempre se preferirá el original a la copia, el caballero al escudero, pues tiene mayor figura y experiencia. Si el anterior fue el error de Anguita, este fue el de Llamazares. Pero Podemos nació encarnando explícitamente una representación popular transversal, no para ser izquierda de alguna izquierda.

Si quiere ser fiel a esa idea original que le permitió alzar cabeza, la única línea que puede servir a Podemos ahora es la doble negación de las anteriores al mismo tiempo: ni pataleta ni convidado de piedra, reformular y potenciar su perfil gobernante hoy más que nunca. Debe refrescar su habilidad para introducir desde la sensatez debates clave (pocos y bien elegidos) y fijar en ellos posturas claras, documentadas, sólidas y estables. Ideas realizables a ojos de la mayoría social. Debe ejercer como garante de un rumbo realista y sensato al tiempo que profundamente comprometido con el cambio progresista no sólo en el plano simbólico y de los derechos civiles, también en lo estructural-económico. Debe reforzar y conducir a este Gobierno hasta allí donde se visibilicen sus límites en vez de anticiparlos a voces, y aprovechar cuando llegue el tiempo de las decepciones para emerger como única posibilidad cabal y realista para la superación histórica de esos límites.

Llegado ese punto deberá poder detallar de forma creíble los logros alcanzados gracias a su apoyo responsable, y los que se podrían haber logrado si hubiera tenido más peso, los que sin duda se lograrán cuando lo reciba. No debe apostar su suerte al advenimiento de una nueva crisis desenmascaradora, porque la crisis podría llegar –no sería la primera vez– en favor de quienes desde siempre y con más convicción venden orden antes que justicia. Deberá verse, más que reivindicarse, como una herramienta útil para conservar lo que hay de bueno en ese crisol de identidades que es España, pero dejar por fin atrás la corrupción sistémica, la erosión de derechos, la precariedad vital, las fracturas sociales, todo cuanto España al unísono desea superar. Para ello, hoy, ni regañar a quien celebra, ni esconder la capacidad política acumulada. Nada de perfil bajo, debe buscar el momento en que retomar la iniciativa sin perder de vista la estrella polar de la reputación y la fiabilidad.

Esto, a grandes rasgos, lo podrán suscribir todas las perspectivas que conviven en Unidos Podemos. El escollo para ello es que las palabras "posturas claras, sólidas y realizables" significan cosas diferentes para las distintas sensibilidades. Y esas diferencias sólo pueden gestionarse constructivamente desambiguando sus sentidos en debates fraternos e intelectualmente honestos, sin los aspavientos mediatizados de las primarias. Autoobligándose al trabajo técnico competente y especializado, haciendo números, traduciendo consignas a procesos concretos materializables, buscando avales cualificados y referentes comparables, porque el papel lo aguanta todo, pero luego no todo el mundo aguanta todos los papeles.

Por el momento hemos visto destellos claros de esta línea que invitan a la esperanza, a la vez que coqueteos con la tentación de salto al abismo. Las próximas semanas serán decisivas y delimitarán el margen de operaciones de esta formación para el bienio electoral que se acerca. Los próximos telediarios son de Sánchez, no es el momento de disputarle atención. Mucho menos para la enésima disputa interna. No caben arrebatos sanguíneos, pero es buen momento para aplicarse a la reflexión y al debate plural, del que Podemos debe salir con un protocolo de acción unitaria para la nueva etapa. En menos de un año, se juega la posibilidad que la masa electoral del PSOE sea funcional a una expansión de los ayuntamientos del cambio hacia el nivel autonómico o bien a una posible restauración del bipartidismo. La competencia virtuosa no será un duelo de retórica (o no sólo), sino la escenificación de la responsabilidad y las aptitudes de gobierno de cada cual, y aquí Podemos, aún con el viento mediático en contra, tiene ya mucho que poner sobre la mesa.

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