¡España se acaba! (por enésima vez)

De la misma forma que cuando se acercan unas elecciones automáticamente crecen las menciones a ETA y al independentismo, siempre que se acerca una sesión de investidura en la que los partidos de izquierdas pueden lograr el gobierno crecen las menciones al catastrófico fin de España. Y lo cierto es que esta retórica tan épica y alarmista de la destrucción de la patria podría sorprender, e incluso funcionar, si fuese nueva. Pero la realidad es que esta estrategia lleva usándose desde hace décadas y, con especial ahínco, desde que la moción de censura de 2018 desplazó del Gobierno de España al Partido Popular. Y ya empieza a ser evidente que está dejando de funcionar por agotamiento.

El problema de la estrategia de la alarma es que dura exactamente lo mismo que le duró al protagonista de la fábula de 'Pedro y el lobo'. A la enésima vez que los españoles escuchan decir que España se acaba y viene el lobo, nadie les cree

Cuando las urnas hablan y democráticamente se decide apartar del poder a una derecha que entiende el Estado como patrimonio personal, se activa como un resorte el sempiterno mecanismo deslegitimador y agorero que promete que la patria está en peligro y que la desintegración del país está a la vuelta de la esquina. Entonces comienzan a desarrollar todo un elaborado e hipócrita argumentario según el cual cuando la derecha pacta con las fuerzas nacionalistas catalanas como hizo Aznar en 1996 con Pujol es un acuerdo beneficioso para el país, pero cuando lo hacen las fuerzas progresistas rápidamente se convierte en una amenaza a la nación española y se le achacan los más diversos motes del estilo “gobierno frankenstein” y los resultados más dolorosos como el fin de España.

El problema de la estrategia de la alarma es que dura exactamente lo mismo que le duró al protagonista de la fábula de Pedro y el lobo. A la enésima vez que los españoles escuchan decir que España se acaba y viene el lobo, nadie les cree. Durante la última legislatura en la que la derecha se empleó bien a fondo en poner el grito en el cielo por el apoyo puntual de fuerzas independentistas ninguno de los pronósticos apocalípticos se cumplió. De hecho, si hay que medirlo en términos numéricos, es una evidencia que mientras con el Gobierno de Mariano Rajoy se produjeron los dos únicos referéndums de independencia en Cataluña, con el Gobierno de coalición progresista lo que ha ocurrido es que los partidos independentistas han perdido 700.000 votos. Había dos vías: la de la confrontación y los piolines en el puerto de Barcelona o la del diálogo y los indultos de estos últimos años. Y los resultados no son una opinión, son un hecho.

Precisamente por eso y ante la grave ausencia de ideas nuevas, la total falta de capacidad para proponer una idea amplia de España y la inercia histórica del argumentario conservador que llevan repitiendo desde los años 30 del siglo pasado, las derechas están volviendo a hacer lo de siempre: gritar que España se acaba. Esta vez sí. Esta vez de verdad. Que a nadie le quepa duda. Y el problema es que esa idea tan repetida y difundida ha dejado de ser un eslogan efectivo y temido para convertirse en parte del paisaje habitual. El sol sale por la mañana, la luna por la noche y la derecha dice que se acaba España. Se han convertido en el pastor que por sistema miente con el lobo y que, cuando de verdad España está en riesgo por cuestiones climáticas o de soberanía energética o económica, su silencio es atronador. La conclusión es, una vez más, que lo que se acaba no es España sino su desgastado y manoseado argumentario catastrofista.

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