Las iglesias no eran blancas Lucila Rodríguez-Alarcón
El Homo sapiens no exterminó al neandertal. Los romanos no eran blancos. Las iglesias no eran de color piedra. Estas son algunas de las falsedades históricas que construyen imaginarios tóxicos al servicio del control social. Un pasado homogéneo, violento y jerárquico hace que el presente homogéneo, violento y jerárquico parezca inevitable. Y lo que parece inevitable no se cuestiona.
Sin embargo, la evidencia apunta a otra cosa: somos una especie cooperativa, diversa y profundamente social. Y vivimos mejor en sociedades inclusivas, igualitarias y justas. Ese es el modelo al que merece la pena aspirar.
Estoy haciendo una gira de presentación de mi libro por pueblos de nuestra geografía. Hace unos días este precioso periplo me llevó hasta La Rioja y Álava. Iba en coche por una carretera nacional que llega a Logroño cuando paré porque me llamó la atención una iglesia que domina elevada el paisaje de viñedos de Briones. Aparqué en la parte baja del pueblo y trepé por unas angostas escaleras hasta llegar a una plaza preciosa en la que se encontraba, con las puertas abiertas de par en par, la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Entré curiosa y me quedé sin aliento.
Se trata de una construcción gótica isabelina de tres naves, con órgano, retablos, alfombras y, lo que más me impresionó, frescos originales en las paredes. Muchos parecían cuadros y tuve que acercarme para comprobar que eran pinturas directamente sobre la piedra. Simulaban ventanas, puertas, alfombras, cortinas. De repente me imaginé toda la iglesia pintada así y se me antojó mucho más acogedora.
Las iglesias románicas y góticas eran sitios de encuentro, cubiertas en su mayoría de frescos vibrantes y narrativos que ocupaban toda la superficie, desde el suelo hasta la bóveda. Contaban pasajes de la Biblia para que los fieles pudieran "leer" la fe a través de las imágenes. Durante el Renacimiento y el Barroco, muchas de esas pinturas se consideraron bastas o pasadas de moda y se cubrieron con nuevas capas de pintura o cal. Las iglesias pasaron de ser un espacio hogareño y popular a convertirse en un lugar frío y constreñido. La fe dejó de acompañar una espiritualidad colorida y cercana para volverse más gris, más impersonal, más elitista.
No es un fenómeno aislado. El mismo mecanismo —borrar la complejidad del pasado para simplificar el presente— aparece en otros ámbitos de la historia del arte y de la ciencia.
Hace unos años descubrí el trabajo de la doctora Sarah Bond. Esta profesora de la Universidad de Iowa explica que la forma en que se presenta el arte romano desde el neoclasicismo hasta hoy está marcadamente condicionada por una mirada eurocentrista y racista. Uno de los errores más extendidos consiste en creer que las esculturas romanas de mármol eran blancas, y que ese blanco simbolizaba pureza y limpieza. En realidad, los romanos usaban el mármol blanco como base para decorarlo con intensas policromías. Las estatuas eran una explosión de color y las pieles de las figuras tenían enormes matices. Con el tiempo, las pinturas de las piezas más expuestas fueron desapareciendo y hoy solo se conservan unas pocas policromías. Cuando, siglos después, se recuperaron los estilos del arte romano, se hizo aplicando los prismas racistas de cada época. Para los romanos, que clasificaban a las personas según su origen cultural, el "prejuicio del color" sencillamente no existía.
Corregir ese relato resultaba políticamente incómodo para quienes necesitan un pasado homogéneo y blanco que justifique un presente homogéneo y blanco
Bond publicó un artículo detallado sobre este tema que se viralizó. Lo que vino después no fue un debate académico sino una campaña de acoso organizado: amenazas, insultos, presión sobre su universidad para que la despidiera. No porque sus argumentos fueran erróneos —no lo eran— sino porque corregir ese relato resultaba políticamente incómodo para quienes necesitan un pasado homogéneo y blanco que justifique un presente homogéneo y blanco. El odio no apareció a pesar de la evidencia, sino precisamente porque era sólida.
Y lo mismo ocurre con la forma en que contamos nuestros propios orígenes como especie. Durante décadas nos han repetido que los humanos modernos exterminaron a los neandertales, como si la violencia fuera nuestro destino inevitable. Sin embargo, las investigaciones más recientes cuentan otra historia. El genetista Svante Pääbo, premio Nobel de Medicina y uno de los padres de la paleogenética, ha demostrado que los neandertales no desaparecieron en una gran catástrofe ni fueron simplemente eliminados: se mezclaron con el Homo sapiens. Fueron, en gran medida, asimilados. Hoy sabemos que las poblaciones no africanas conservan aproximadamente un 2% de ADN neandertal. No somos el resultado de una destrucción, sino de una mezcla.
Construir la imagen de un ser humano agresivo y destructivo por naturaleza justifica la necesidad de orden y control, legitima la desigualdad y hace que la falta de cooperación parezca inevitable.
Salí de aquella iglesia pensando que no solo habíamos borrado los colores de las paredes, sino también los matices de nuestra propia historia. Hemos heredado un relato en blanco y negro: estatuas blancas, templos austeros, humanos violentos. Un relato que simplifica, empobrece y, sobre todo, justifica. Esa simplificación es una herramienta. Cuando se corrige, cuando alguien como Bond demuestra con datos que el pasado era más complejo, más mezclado, más colorido, hay intereses que se rebelan contra la evidencia. El problema es que no se trata de la historia, sino del presente. Un pasado homogéneo legitima una política de homogeneización. Un origen violento justifica el autoritarismo. Una antigüedad blanca sostiene jerarquías raciales que de otro modo tendrían que defenderse solas, sin coartada.
Por eso el odio aparece cuando se tocan estas narrativas. Es una respuesta funcional destinada a proteger un relato que trabaja a favor de un sistema.
La historia, cuando se mira de cerca, está llena de mezclas, de cooperación, de color. Está llena de vida. Quizá el problema no es cómo éramos, sino cómo nos han enseñado a recordarnos. Y tal vez recuperar esos colores —en las iglesias, en las estatuas, en nuestra memoria— sea también una forma de imaginar un futuro distinto.
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Lucila Rodríguez-Alarcón es cofundadora y directora de la Fundación porCausa.
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