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Presunciones

La vida anticipa las consecuencias con presunciones para que todo encaje dentro del orden decidido.

Contar con una ley que garantice el consentimiento de las mujeres a la hora de mantener una relación sexual, para una parte de la sociedad supone "presumir la culpabilidad de los hombres". Es lo que se ha dicho en algunos medios de comunicación cuando hablan de que la ley "convierte al hombre en presunto culpable", reflejando a la perfección el machismo de una sociedad patriarcal negada por las mismas voces que intentan impedir cualquier avance para erradicarla.

Lo que dice el anteproyecto de la Ley Orgánica de Garantía integral de la libertad sexual en su "Disposición quinta", que modifica el Código Penal, es que cometerá el delito de agresión sexual quien actúe contra la libertad sexual de otra persona "sin su consentimiento". Y continúa, "se entenderá que no existe consentimiento cuando la víctima no haya manifestado libremente por actos exteriores, concluyentes e inequívocos conforme a las circunstancias concurrentes, su voluntad expresa de participar en el acto".

Es decir, para esa parte de la sociedad, mantener una relación sexual sin que la mujer haya expresado libremente, de forma objetiva e inequívoca su consentimiento es aceptable, y lo es porque de ese modo se mantienen los criterios tradicionales y quien define el consentimiento es el hombre.

Lo que hace la ley es cambiar la referencia sobre el significado de los hechos. Antes la tenían los hombres y su sociedad androcéntrica para interpretar la conducta y la decisión de las mujeres, hasta el punto de llegar a dar por válido que "las mujeres dicen no cuando quieren decir sí". Una referencia que llega hasta los tribunales de justicia como vimos en la sentencia del caso de La Manada cuando, a pesar de todas las circunstancias y la violencia generada por la agresión de cinco hombres sobre una mujer en un espacio reducido de 1,63 x 2,73 metros, la Audiencia Provincial de Navarra consideró que se trataba de un abuso sexual, es decir, que no hubo fuerza ni intimidación contra la mujer, y uno de sus miembros emitió un voto particular para concluir que ni siquiera hubo abuso, es decir, que la mujer consintió libremente en mantener esas relaciones sexuales. En cambio, la misma administración de justicia, en el caso de la agresión múltiple de Manresa (octubre 2019), consideró que el hombre que se masturbaba en un descampado y a cierta distancia, mientras otros cinco hombres agredían sexualmente a una mujer, sí estaba intimidado y no podía pedir ayuda por miedo a la reacción de esos hombres.

El problema, como se puede ver, no son los hechos, sino el significado que se da a los mismos, un significado que hasta ahora estaba basado en la mirada androcéntrica de los hombres, y que ahora se intenta cambiar de referencia. Y digo que se "intenta cambiar" porque al final también será una cuestión de prueba para entender si los hechos concretos reflejan o no el consentimiento "libre, inequívoco y concluyente" de la víctima.

La reacción del machismo social, institucional y mediático ante el avance de la sociedad, y su plasmación en una nueva ley que garantice la libertad de las mujeres y los Derechos Humanos es muy significativa, y se fundamenta en uno de sus mitos originales, el de la maldad y perversidad de las mujeres, lo cual se manifiesta en dos hechos esenciales:

  1. Las críticas a la ley no dicen que un hombre pueda denunciar falsamente a una mujer, cuando la llamada "ley del sí es sí" también puede aplicarse contra una mujer e incluye a los hombres como sujetos pasivos del delito.
  2. Todo se presenta como un ataque de las mujeres contra los hombres, pues tampoco argumentan que las mujeres "con su maldad y perversidad" vayan a denunciar a otras mujeres, sino que la "presunción de culpabilidad" se entiende sólo sobre los hombres que ven perdida su "presunción de inocencia", como vienen diciendo años atrás respecto a la ley integral contra la violencia de género.

Los que defienden a los hombres de ese modo en realidad dan una imagen bastante pobre de ellos, pues los presentan como unos seres incapaces de identificar si una relación sexual es consentida o no, lo cual es presumir que son muy brutos o muy tontos.

Esta reacción no es nueva, también se produjo cuando los delitos por violencia sexual pasaron de ser considerados como "delitos contra la honestidad", en los que se protegía el honor basado más en las consecuencias para la familia y sus hombres (padre y marido), que en los efectos sobre la propia víctima, a considerarse "delitos contra la libertad sexual", y se ampliaron las formas de cometerse la agresión a la penetración anal y bucal, no sólo vaginal, y a la introducción de los dedos y objetos por las dos primeras vías. Todo ello se vio como una amenaza para los hombres, sobre todo en las relaciones de pareja, pues hasta entonces no se admitía de forma general la "violación intramatrimonial", puesto que no había consecuencias sobre el honor cuando un marido forzaba a "su mujer" a mantener relaciones sexuales. Esta situación se traducía en impunidad para los hombres que violaban dentro de las relaciones de pareja, una situación más frecuente que las agresiones en sociedad, tal y como recoge el estudio de la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE, que reveló que el porcentaje de mujeres que sufre violencia sexual en la pareja es del 7%, mientras que fuera de ella es del 6% (FRA, 2014).

Con la reforma de entonces no se acabó el mundo ni los hombres fueron extinguidos bajo la maldad de las mujeres; todo lo contrario, ganamos en justicia y libertad.

Hoy nos encontramos en una situación similar. Quienes han aprovechado la normalidad androcéntrica para mantener sus privilegios y la violencia contra las mujeres, responsabilizándolas a ellas al decir "estos no son sitios para una mujer" o "estas no son horas para una mujer", o cuando manifiestan que las mujeres "provocan", argumento defendido por el 72,2%, o que son ellas las que tienen la culpa, justificación defendida por el 8,5%, tal y como recoge el Barómetro del CIS de julio de 2017, ahora ven amenazada su posición al poner el acento en la palabra de las mujeres.

Pero los hombres no son presuntamente culpables ni las mujeres presuntamente malvadas.

Presentar todos los avances democráticos en Igualdad como un ataque al orden y una amenaza contra los hombres no es una presunción, es la asunción de un machismo que no quiere perder sus privilegios

Lo que los hombres tienen que entender es que los hombres debemos ser presuntamente responsables para no violar en grupo, para que no tenga que haber puntos violetas en las fiestas y ferias de ciudades y pueblos con el objeto de evitar que agredan sexualmente a las mujeres que se divierten como ellos, para que las mujeres puedan caminar tranquilamente por la calle y no andar con miedo a que un hombre las pueda violar, para que no impongamos nuestro deseo sobre su voluntad en las relaciones de pareja y fuera de ellas. De todo eso tenemos que ser responsables los hombres para actuar en consecuencia, y para no dejar que otros hombres actúen con violencia en nuestro nombre al mantener el machismo que nos define.

Presentar todos los avances democráticos en Igualdad como un ataque al orden y una amenaza contra los hombres no es una presunción, es la asunción de un machismo que no quiere perder sus privilegios, y que en lugar de poner la mirada sobre el hecho de que la mayoría de los agresores en violencia sexual son hombres, lo hace sobre las mujeres que la sufren para victimizarlas aún más.

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Miguel Lorente Acosta es médico y profesor en la Universidad de Granada y fue Delegado del Gobierno para la Violencia de Género.

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