Lo realmente importante

Cuando observamos que avanzan las posiciones reaccionarias, no solo electoralmente, sino sobre todo en términos culturales —lo cual significa que las razones que definen el sentido común se asemejan, en parte, a las razones que abanderan los reaccionarios—, se presentan dos opciones para afrontarlo.

La primera es la más fácil y es reconfortante: la culpa es de quien no te apoya y no te sigue, porque son incapaces de ver la realidad tal y como es, es decir, tal y como yo la veo. Lo último que debe hacerse ante el avance del otro es replegarse y cerrarse en uno mismo. Esto te lleva a pensar que la gente es imbécil, que tú eres muy listo y que se vota mal. Ahí es donde florece el resentimiento y eso te incapacita para hacer política. Esto tiene otro problema añadido: es complicado pensar que tu proyecto sea el de la emancipación humana si se considera que la gente es borrega. ¿Cómo puede emanciparse una humanidad de borregos? Alguno responderá que se logra elevando su conciencia, lo que, en realidad, significa “haciéndome caso”, porque yo tengo acceso a un conocimiento que el resto carece y no vivo sometido, como los demás, a la servidumbre de las pasiones. 

La segunda opción es más complicada, pero es la única que tiene sentido: comprender —que no significa compartir— por qué ocurre lo que ocurre para actuar en consecuencia; cuál es la racionalidad que opera para que, por ejemplo, un trabajador vote a un proyecto oligárquico, y hacerlo sin caer en insultos, caricaturas y respuestas autocomplacientes; y, al revés, comprender por qué quien te votaba ahora se queda en casa, haciéndolo desde su mirada, con sus motivos y no con los tuyos.

La defensa de la democracia requiere de una mayoría transversal y popular que, sin tener que estar de acuerdo en todo, coincida en lo fundamental

No debemos obsesionarnos con las fórmulas electorales ni con las coaliciones de partidos: eso le importa mucho a muy poca gente. La forma en la que se concurre no determina el resultado electoral. Esto no es ni un alegato en contra ni a favor; es simplemente la constatación de un hecho. Por eso, tenemos que centrarnos en lo más importante y en lo que sí determina el resultado, a saber, en cómo volver a conseguir que nuestras razones, las del proyecto de la igualdad y la libertad, se conviertan de nuevo en las razones del cambio político y social para una gran mayoría; en cómo interpelar a la sociedad con una hipótesis renovada capaz de resonar en el sentir del pueblo español. Eso pasa, en parte, por determinar quién logra describir o enmarcar qué sucede, a qué se debe y cómo se soluciona: convertir tus valores y tu proyecto en el sentido común y las aspiraciones de una mayoría que, por definición, incluye a gente muy diferente. Y, al revés, que tus valores y tu proyecto se empapen de sentido común para evitar quedarse imbuidos en una burbuja enajenada. Eso es lo que toca disputar políticamente.

La defensa de la democracia requiere de una mayoría transversal y popular que, sin tener que estar de acuerdo en todo, coincida en lo fundamental. Para devolverle la juventud y vitalidad a la democracia, es necesario ir más allá de la defensa de lo ya existente y volver a conquistar el deseo y la épica por la emancipación. La izquierda tiene que volver a tomar el pulso de la sociedad y ser una izquierda habitable: sin sectarismos, sin etiquetar, sin esencialismos, ofreciendo más soluciones y exigiendo menos requisitos.

Lo que te hace más fuerte no es frenarles a ellos ni colocarles en la centralidad, sino que tú crezcas. Y tú creces porque tienes un proyecto que integra, plantea horizontes y consigue eclipsar al suyo. Lo importante es que lo tuyo sea mejor: no pretender ser bueno porque el otro sea malo; al revés, que el otro sea el malo porque yo soy el bueno. Eso es una izquierda eficaz que se afirma a sí misma. España es una sociedad plural y diversa, y eso hay que conjugarlo con la igualdad para que todo el mundo pueda reivindicar su identidad y expresar su forma de ser sin tener que pedir permiso a nadie. Un proyecto que sea capaz de hablar e interpelar a gente muy diversa es, por definición, un proyecto que le habla a una gran mayoría. Una izquierda habitable para la inmensa mayoría es también una izquierda que va más allá de sus propios límites, que trasciende a la propia izquierda. Esto, que puede parecer lógico, luego, en la práctica, no siempre es fácil. Por eso, es fundamental saber integrar lo diferente y saber vivir con las contradicciones: ser habitable para una auténtica diversidad que solo excluya a quienes les sobra la diversidad.

Hagamos nuestro y aspiremos a lo que decía el lema de una de las primeras organizaciones obreras, el de la Sociedad de Correspondencia de Londres en 1792:

“Que el número de nuestros miembros sea ilimitado”.

La derecha troyana necesita envenenar con la idea de derrumbe, decadencia y hundimiento porque necesita que se extiendan el miedo, el caos, la desorientación y el fanatismo para que pueda crecer su monstruo. Ese caldo de cultivo acaba reclamando que alguien fuerte venga e imponga su orden, su moral y su dictadura.

Detectan malestares legítimos, pero, en lugar de ir a las causas que los producen, se dedican a buscar chivos expiatorios para conseguir su objetivo: enfrentar a pobres contra pobres y, así, proteger los intereses de los poderosos. El fascismo solo surge debilitando a los pueblos y acabando con la libertad: lo que ofrece es la posibilidad de disfrutar del sufrimiento de otros, como cuando la gente le tiraba de todo a quien conducían a la horca.

Nosotros tenemos que encarnar otro estado de ánimo: el suyo es el miedo a caerte y a que se derrumbe tu mundo; el nuestro tiene que ser el deseo de mejorar y construir un mundo mejor. El suyo se centra en donde no te quieres ver; el nuestro, en dónde te quieres ver. El suyo es el resentimiento; el nuestro, la vitalidad. El suyo es la desconfianza; el nuestro, la alegría compartida. El suyo es el sentimiento de dolor; el nuestro, el sentimiento de placer. 

El suyo es la envidia; el nuestro, la emulación. Su instinto busca aislarnos y asustarnos; el nuestro busca la alianza, la simpatía y afrontar juntos los retos que padecemos y soñamos en común. Soñar, sí, pero no porque seamos ingenuos, sino precisamente porque somos pragmáticos y realistas. Soñamos, pero con la condición de creer en nuestros sueños y realizarlos. Antes que cualquier programa, antes que las fórmulas electorales, antes que otra cosa va esto: recuperar el instinto de la esperanza, el amor propio y la autoestima.

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Jorge Moruno es sociólogo por la UCM, diputado de Más Madrid y portavoz de Vivienda.

Cuando observamos que avanzan las posiciones reaccionarias, no solo electoralmente, sino sobre todo en términos culturales —lo cual significa que las razones que definen el sentido común se asemejan, en parte, a las razones que abanderan los reaccionarios—, se presentan dos opciones para afrontarlo.

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