Una bandera para Greenpeace

Teresa Peyrí Cortés

Por el puerto de Barcelona, algo no encaja.

Una calma que no es del todo calma. Como si debajo hubiera movimiento, pero aún no tocara enseñarlo.

Entonces lo ve.

A cierta distancia, uno de los barcos insignia de Greenpeace. Enorme, pero discreto. Casi escondido. Como si supiera que todavía no le toca estar.

Se acerca. Es una mujer. Está viendo, en tamaño real, una parte de su propia vida. Treinta años de una ayuda pequeña, casi invisible, de pronto materializada en acero y mástiles.

Piensa: ellos ponen el green. Y también el peace. Y eso no es poca cosa.

Más tarde, alguien le dice:

—Ahora vamos a zarpar con la parte peace.

No le explica mucho más. Tampoco hace falta.

Hay una escalera con un cordón y un cartel: “solo para miembros de Greenpeace”.

Se queda un segundo quieta. Luego piensa: treinta años pagando cuotas... igual algo de esto también es mío.

Y cruza.

Arriba la recibe un chico japonés, sonrisa impecable, inglés justito.

—Pasa, pasa.

La deja en un despacho. Se hace la ilusión de que es el del capitán. Fotos de mares, de hielo, de animales. Todo lo que ese barco intenta proteger, colgado en las paredes.

Se queda en silencio un momento. Le gusta. Ese silencio que dice bastante de lo que admira de todo esto, sin necesidad de explicarlo.

Entra el responsable:

—Hola. ¿Qué necesitas?

A la timidez la supera su afán por saber. Quiere información sobre la próxima misión. Y sobre la flotilla que está a punto de salir.

El responsable le dice que van a acompañar a la flotilla desde fuera, dando apoyo y preparados por si hiciera falta.

Ella le dice que es socia desde hace casi treinta años. Él se lo agradece. Como si fuera importante.

Se queda pensando en ese gesto. Gente que dedica su vida a algo enorme... y aun así te dan las gracias a ti.

—Mañana hacemos puertas abiertas —le dice—. Si quieres venir.

Y viene.

Hoy ya no hay silencio. Hay gente. Curiosos, sensibles, despistados. Y gente de la organización que se mueve con eficacia tranquila.

Le preguntan el nombre. Comprueban que es socia. Le dan una pegatina especial. Pequeños rituales que te hacen sentir útil, y un poco menos minúsculo ante lo que representan.

Entonces pregunta:

—¿Por qué no tenéis la bandera palestina en los mástiles?

Dicen que no saben. Que creen que no tienen.

—Yo tengo una —dice—. Y no es de Amazon. Está hecha por palestinos.

Eso cambia algo. Se nota.

Llaman al responsable.

Vuelve a aparecer, el mismo del día anterior, con una sonrisa aún más amplia. Le explican que quiere donar la bandera. Él escucha, asiente.

Explica que probablemente la llevarán, pero no en un mástil. Mejor no provocar más de la cuenta.

—Piensa que es lo que más les cabrea.

Entonces, sin pensarlo demasiado, suelta:

—No pasará nada. Esa bandera tiene un escudo protector.

Lo dice así. Como si fuera lo más normal del mundo.

El responsable no se ríe. No lo cuestiona.

—Entonces nos la llevamos.

Cuando baja por la escalera, tres mujeres la están esperando.

Una le dice a otra:

—Cuéntale lo de la bandera, la que lleva el escudo protector.

Repite la historia, reconfirmando algo que ni sabe de dónde le salió. Tal cual.

La otra escucha, seria. Como si tomara nota.

—Tráela mañana. La recibirá nuestra directora.

Entiende que ha calado. La importancia de la bandera. Y de su escudo.

Al día siguiente vuelve.

No hay misterio ya. Ni silencio. Solo gente trabajando, preparándose para la misión. Con la emoción de lo que representa y la incertidumbre de lo que pueda ocurrir.

La directora sale a recibir la bandera. Transmite esa seguridad serena de quien tiene claro su lugar

y su motivo. Sin gesto heroico, sin necesidad de imponerse.

La miran, como queriendo creerlo, comprobando que sí, que es esa. La del escudo.

Alguien saca un rotulador. No estaba previsto, pero de pronto parece lógico. La firman. Como una manera de dejar constancia. De decir: esta es la bandera, la que vale.

Queda el acuerdo de que la recogerá a la vuelta. Será señal de que han regresado y de que todo ha salido bien.

En realidad nunca dependió de ella. Ni de su escudo, ni de sus teorías improvisadas. Ahora se impone la cruda realidad.

Solo queda seguirle. Como si fuera una especie de corresponsal silenciosa.

Sufrir con esperanza y desear que todos —ellos, el buque de Greenpeace y la flotilla— lleguen a buen puerto.

—Así empiezan algunas historias —piensa—, una leyenda.

De las buenas, con un final feliz.

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Teresa Peyrí Cortés es fotógrafa y gestora de proyectos culturales y audiovisuales.

Teresa Peyrí Cortés

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