La cara oculta de lo humano

La Luna es un astro fascinante que ha irrumpido siempre en las actitudes de los seres humanos. La antropología ha analizado los recursos que las lunas han venido dejando, marcando las fiestas, los duelos, los acontecimientos de la siembra, el ritmo de la vida.

La Luna no es un astro que ampare formas de conquista, colonizaciones para hacer de su superficie un espacio habitable, sino que se ha instalado en nosotros como un recurso profundamente literario capaz de activar nuestra sensibilidad y de modificar nuestros comportamientos.

Los viajes a la Luna descritos por Julio Verne o por Cyrano de Bergerac han dejado en los ojos de generaciones un compromiso con esa trayectoria para marcar tiempos de activación de lo creativo, literaturas para acompañar a la imaginación a mundos soñados, nuevas tierras de jauja que se describen como imponentes paraísos inimaginables.

Cyrano hablaba de seres de doce pies que caminaban al revés, de un diálogo con la ambivalencia de la guerra y la paz, con un recorrido moral de las costumbres enfrentadas entre los lunáticos y los terrestres. La Luna era un planeta para reflexionar sobre los males de la tierra: La ambición, el dolor, la culpa; en definitiva, la condición humana.

El viaje de Cyrano no era otra cosa que el enfoque, desde otra manera de mirar, de las costumbres de la sociedad de su época, criticando, con el viaje de por medio, las formas de vida en las que su tiempo (1619- 1655) estaba viviendo.

Ahora un viaje lunar significa una carrera de conquista, una lucha de temperamentos nacionalistas que ponen de manifiesto la capacidad y la fuerza de Estados Unidos ante los movimientos de acercamiento de China. Ya la literatura y su estructura imaginativa se ha ido perdiendo a favor de una guerra tecnológica que refuerza la idea de colonización para ocupar territorios inexplorados y hacerlos nuestros, rotundamente nuestros.

La literatura de la Luna se ha ido perdiendo a favor de una guerra tecnológica que refuerza la idea de colonización para ocupar territorios inexplorados y hacerlos nuestros

La Luna es una posibilidad habitacional donde ir construyendo nuevas estructuras sociales, donde ir fomentando nuevos mundos para el desarrollo de élites que puedan elegir el planeta satélite como espacio para apartarse del caos y la furia de la humanidad terrestre. ¿Estamos en trance de utilizar la superficie lunar para acometer una tarea de destrucción a largo plazo? 

Porque el ser humano, en su condición operante, siempre ha estado activando el botón del deterioro de la naturaleza para beneficio propio, ¿puede ser este un eslabón más para la larga cadena de conquistas?

Si así fuera, parece entonces curioso que la misión lunar de Estados Unidos se denomine Artemis, diosa de la luz y poseedora de atributos que castigaban a quienes dañaban la naturaleza.

Pero desde la literatura siempre nos quedará la sensación de lo misterioso, la reflexión ante lo inexplorado y la visión lejana de un astro que nos faculta para plantar las cosechas, nos invita a celebrar los cambios, nos avisa del tiempo de la fiesta y pone sobre nuestras cabezas el amor, la pasión, la fuerza de un diálogo eterno cuando alzamos la vista para mirar.

Pensemos ahora que la cara oculta de la Luna –también desde el álbum de Pink Floyd– no es tanto un desconcertante territorio oculto al ojo humano, sino también un proceso de identificación del pensamiento con la conciencia interior, con un recorrido desde fuera hacia dentro, con la introspección como forma de conocimiento. Nuestra cara oculta se ilumina con nuestra necesidad de explorarnos (permítanme el reflexivo) para saber más de nosotros. Y en esta exploración no puede haber conquista, sino descubrimiento puro.

El viaje es antropología, literatura, imaginación y pasión. Porque todo lo demás está llamado a ser colonización, toma de posesión y guerra tecnológica. La Luna está ahí arriba para gozarla.

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Javier Lorenzo Candel es poeta.

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