La Tertulia fue mi Granada. Un obituario

Hay una Granada que contesta a los turistas, que se enmarca en la cultura y refuerza las murallas de La Alhambra para dejarse caer por calles y bares abiertos de par en par al recuerdo. Una Granada atenta a la época del tabaco y las largas conversaciones, a los cantares desde el Albaicín y la poesía que se escapaba por los recovecos de san Juan de Dios. Hay una Granada que despide y que se entrega a lo vivido, que describe y que fomenta la literatura, que afirma su compromiso con el verso, con la pintura, con el flamenco. Esa Granada que ahora acierto a recordar estaba contenida dentro de las paredes de La Tertulia.

Y ahora cierra. Acaba sus días de revolución cultural regentada por Tato Rébora, el argentino promotor, entre otras cosas, del Festival del Tango de Granada, uno de esos acontecimientos que sirve de puente entre dos orillas y que, por su calidad y prestigio, hacía que la ciudad andaluza oliera a las aguas del Río de la Plata, al arrabal y al llanto.

Tato era hombre noble, y su local ponía todo para que llegara la intelectualidad granadina. Álvaro Salvador, Javier Egea, Luis García Montero, esa tripleta que forjó un nuevo lenguaje poético y que imantaba razones de futuro en La Tertulia; pero también Joaquín Sabina, Ángel González o la personalidad de Almudena Grandes o de Juan Diego, dando espacios de afirmación de lo artístico entre las sillas y mesas del local.  

Recuerdo también las fichas de dominó movidas por las manos huesudas de Juan Habichuela, buscando refugio después de kilómetros de trabajo, o la fuerza de una nueva forma de entender el flamenco, de lo ortodoxo a la heterodoxia de Enrique Morente con aquella potentísima apuesta con Lagartija Nick.

Todo era razón de equilibrio en La Tertulia porque todo equilibrio era razón de vida

Las tardes y las noches de La Tertulia eran propuestas para seguir caminando en el tortuoso sendero de la literatura, en la dimensión onírica que, en ocasiones, representaba el arte en estado puro, donde un grupo de jóvenes: Javier Benítez, por entonces camarero del local, Alfonso Salazar, Luis Muñoz, Ernesto Pérez Zúñiga y yo mismo, íbamos pergeñando cielos azules y tierras de un ocre intenso, con Mariano Maresca como tutor en una encarnizada lucha por saber más.

Todo era razón de equilibrio en La Tertulia porque todo equilibrio era razón de vida, un cuerpo que atisba el espacio del abismo pero que se agarra con firmeza a la amistad y al sueño de la literatura para seguir, sin miedo a las alturas, sin razón para el arrastre.

Aquel local fue cúspide porque fue universal; infinito porque nunca pensamos que acabara; poesía, porque era en esa verdad donde existíamos.

Quedará, si es que queda, un espacio para el recuerdo, un eslabón de la cadena de una Granada que lucha, que concibe el hecho cultural como un maremoto para tomar la costa, como una propuesta desde la utopía para regentar el espacio común del paraíso.

La Tertulia fue, para mí, todo eso. Y ahora cierra.

La educación literaria de muchos de nosotros se proyectó en el ambiente dulce de un local amparado por la creatividad. Pero fue mucho más: la búsqueda y el hallazgo de los felices, también de los atribulados, de las largas conversaciones y los proyectos a corto plazo, de la belleza y nuestra verdad.

Un tango suena allá a lo lejos, y he vuelto a recordarlo todo.

___________

Javier Lorenzo Candel es poeta.

Más sobre este tema
stats