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Una Constituyente que no soluciona los problemas de Venezuela

Javier Bernabé

Se avecina una Venezuela incierta, con una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) que ha protagonizado una votación en la que, según el Consejo Nacional Electoral del país, han participado más personas que las que le dieron su voto a Hugo Chávez en la última elección que ganó en 2012, sin duda un milagro que alguien debería explicar desde las ciencias sociales. ¿Cómo es posible que participen más de ocho millones de votantes en el peor momento de Maduro? Ninguna observación electoral internacional para dar fe de ello, ni de las cifras que menciona la oposición, unos tres millones de votos. Oscuridad ante tan dispares datos. Una oscuridad sospechosa, ya que sí se ha podido realizar una elección en tiempo récord, en mucho menos del que había para celebrar el referéndum revocatorio, solicitado por la oposición en el primer cuatrimestre de 2016 que precisamente no se celebró por eso, porque se requerían más de 300 días para organizarlo, pero 60 días sí han sido suficientes en esta ocasión, otro milagro, sin duda.

Se avecina una Venezuela con un chavismo roto, en el que una de sus partes no defiende ni con contundencia ni con unanimidad a Maduro, y enarbolando las palabras y los principios de Hugo Chávez no reconoce una Constituyente que no haya tenido un referéndum previo, como marca la ley. Algunas personas que dieron su apoyo al anterior presidente, a su proyecto para el país, a su manera de hacer política, protagonizan el principio de un enfrentamiento desde la izquierda contra Maduro. La fiscal general Luisa Ortega Díaz, ahora inmersa en un proceso para su destitución acusada de traición por el Gobierno por su posición contraria a la ANC, junto a otros exministros de Chávez como Héctor Navarro y Ana Elisa Osorio, son solo un ejemplo de lo que podríamos llamar un chavismo ideológico, no servil, no cautivo, no comprado, que ve cómo las cifras que Chávez logró mejorar (reducción de la pobreza, incremento del acceso a la salud y la educación) se han reducido hasta llegar casi a los tristes extremos en los que se encontraban en los gobiernos anteriores a Chávez. La fractura del chavismo podría ir a más a causa de la propia Constituyente, porque su propuesta ha generado un alto rechazo (algunos analistas como el politólogo John Magdaleno lo sitúa en el 80%) también dentro del chavismo y las fuerzas armadas.

El clientelismo es una herramienta fundamental para Maduro, pero en este momento ni ese clientelismo —en la cuerda floja debido a los bajos precios del petróleo— le aseguraría su permanencia en el poder en unas elecciones libres, como las siguientes presidenciales que debería celebrar a finales de 2018; el mismo Maduro aseguró en el pasado mayo que se celebrarían con total rotundidad. Las dudas respecto a su posible victoria son más que razonables, y la posible modificación de la Constitución respecto a la manera en la que se vota ahora para la Presidencia del país es una sospecha que la oposición ha denunciado públicamente. Si la situación política permite a Maduro seguir en el poder hasta finales de 2018, el modo en el que se realicen esas elecciones es crucial, y la oposición podría ganarlas, aún sin tener un candidato claro en estos momentos.

Se avecina una Venezuela con una comunidad internacional en contra, que al no reconocer de manera mayoritaria a esta Asamblea Constituyente, no va a reconocer la nueva Constitución. Así lo han anunciado ya México, Colombia, Brasil, Panamá, Canadá, Estados Unidos, Noruega y la Unión Europea, entre otros. Eso puede llevar a la retirada de embajadores, al cierre de relaciones diplomáticas, y a la imposición de sanciones tanto por parte de algunos países —seis lo han confirmado entre ayer y hoy— como por parte de organismos internacionales. Esto no ayudará a frenar la violencia creciente, ni la ausencia de voluntad política de perseguir la paz y la reconciliación en el país, sino a acrecentar la brecha y la violencia por parte del gobierno y de la oposición, que seguirá su levantamiento político y social.

Pero Venezuela no puede vivir en la autarquía en el momento actual, no produce lo suficiente, ese ha sido el problema definitivo que no le permitió aguantar la caída de los precios del petróleo. Los países que más la han apoyado no podrían sostener las necesidades de subsistencia del pueblo venezolano, hecho que se ha demostrado en los últimos dos años. Sin la potencialidad para ser autárquica y sin efectivo para comprar fuera los productos de primera necesidad, Venezuela necesita un genio en la gestión económica, pero ni ha llegado, ni se le espera.

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El futuro de Venezuela pasa indefectiblemente por defender y respetar su soberanía como Estado y, por lo tanto, la soberanía de su pueblo. Esta soberanía mantiene el derecho a modificar la Constitución del país, en este caso según las normas establecidas para ello por el anterior presidente de la República, Hugo Chávez Frías. Eso no ha ocurrido el domingo 30 de julio de 2017. No es agradable para Maduro bregar con una oposición tan incómoda como la que tiene, que de prácticamente no existir en las instituciones obtuvo la mayoría parlamentaria. Pero a Chávez no le hizo falta utilizar trucos, retrasos en convocatorias de revocatorios, o posposición de elecciones para ganar en las urnas.

Algunos analistas afirman que las únicas salidas para el país en esta coyuntura son o la guerra civil o un golpe de Estado; creo que ni lo uno ni lo otro tienen posibilidad de triunfar en estos momentos. Ni la población civil, ni las Fuerzas Armadas responden a bandos con la posibilidad real de poner en marcha una guerra civil; y por otro lado no hay altos oficiales con mando de tropa en unidades estratégicamente claves para dar un golpe de Estado contra Maduro dispuestos a hacerlo, o con garantía de éxito para hacerlo. Pero la situación social cotidiana empeora cada semana que pasa, y llegará a ser insostenible antes de las elecciones de 2018, con una violencia en aumento, tanto por la represión como por la reacción ante ella. En esa situación a Maduro solo le quedaría negociar bajo la presión de algunos sectores del chavismo, o aguantar —no sé bien cómo— a las elecciones de 2018. _________________________________________

Javier Bernabé es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid

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