Plaza Pública

Defender la filosofía como espacio de resistencia

Laura García Portela

El día 21 de noviembre tiene lugar el Día Mundial de la Filosofía. Es una buena noticia que, desde 2002, la ONU haya reservado un día para el reconocimiento del valor y la relevancia de esta disciplina. Debe ser, además, un orgullo para aquellos que nos dedicamos a la filosofía, pero también debe ser un día para reflexionar cómo hacer de la filosofía una herramienta útil para nuestras sociedades. Con ese espíritu espero que se comprenda la reflexión que sigue.

Hace no demasiado, el Gobierno del Partido Socialista recuperó la filosofía como asignatura obligatoria en Segundo de Bachillerato, una circunstancia que jamás debería haber cambiado. Sin embargo, no debemos bajar la guardia. Hoy, en el Día Mundial de la Filosofía, tenemos que reflexionar cómo debe ser nuestra lucha y nuestra resistencia en un mundo en el que las humanidades y, en particular, la filosofía, tendrán que verse enfrentadas, una y otra vez, a los intentos de reducir nuestra presencia en la sociedad. Con este afán de pensar cómo resistir y defender nuestra necesaria labor, aquí van unas ideas.

Hemos destacado una y otra vez, con razón, el valor de la filosofía en lo que respecta al conocimiento de las diferentes tradiciones de pensamiento, a su metodología argumental o a su contribución al pensamiento crítico. No obstante, nos hace falta un ejercicio profundo de autocrítica para hacer que nuestra propia actividad se corresponda con aquello que decimos valorar. O, dicho de otra manera, debemos aplicar ese mismo método filosófico que reclamamos como valioso a nuestra propia labor y a la forma en que trabajamos como filósofos, especialmente desde las universidades y centros de investigación. De otra forma, corremos el riesgo de sacar a relucir la bandera del pensamiento crítico al mismo tiempo que prescindimos de él.

Creo que no me equivoco si digo que todas compartimos el deseo de hacer de la filosofía una herramienta valiosa para nuestra sociedad. La pregunta relevante es, por tanto, si estamos realmente trabajando para que la filosofía cumpla ese papel. Mi impresión es que no, fundamentalmente porque hemos dejado que muchos de nuestros debates filosóficos se conviertan en una discusión hermenéutica acerca de lo que dijo este o aquel filósofo, del sentido que quería otorgarle a sus palabras y de cómo su pensamiento se relacionaba con otros próximos, o no, a su época. ¿Son, de verdad, estos los debates que necesitamos para afrontar el presente y contribuir al progreso de nuestra sociedad?

En mi opinión, el marcado y sobredimensionado carácter hermenéutico de una gran parte de las facultades de filosofía en España hace un flaco favor a nuestra disciplina, a su labor social y, por supuesto, a cómo se nos ve desde fuera. Deberíamos impulsar una profunda reflexión colectiva acerca del papel que la filosofía que estamos haciendo puede tener en un mundo cada vez más complejo, donde la reflexión debe llegar a lugares a los que la denominada historia de la filosofía, tal y como se ha venido desarrollando en nuestras facultades, no alcanza. No se me malinterprete: esto no quiere decir que la historia de la filosofía no sea valiosa y necesaria. Lo es. Sin embargo, no podemos, de hecho, no debemos quedarnos ahí. Aunque a muchos les duela, la pura exégesis histórico-filosófica que impregna las universidades no solo tiene un alcance muy limitado, sino que hace un profundo daño a la visión pública de nuestra tarea.

Defender la filosofía no debería ser una tarea de trinchera, sino una labor cotidiana. Para reclamar la necesidad de la filosofía no es suficiente con salir fuera de ella e instituir nuevos espacios de lucha. Mucho menos, hacerlo solo una vez al año, en su día. O dos, cuando el Ministerio de Educación viene con recortes. Deberíamos hacer de nuestra propia actividad un espacio de resistencia que siga confrontando reflexivamente la realidad. Si la filosofía quiere poder reivindicar de forma justificada el sentido de su existencia y su importancia social debería hacer su labor merecedora de ser reclamada. Si los filósofos seguimos dedicados, en nuestra torre de marfil, a una pura erudita tarea arqueológica, no haremos sino justificar a quienes quieren desterrar la filosofía de nuestros planes de estudio. Deberíamos protegernos no solo frente a los enemigos que hay ahí fuera, que los hay, sino también contra nosotros mismos.

Tenemos la responsabilidad, nada desdeñable, de armar un aparato conceptual que sirva para resolver los desajustes que el presente acelerado nos impone. Solo si demostramos, con honestidad y humildad, que ese es nuestro verdadero sentido y propósito, quizá mañana no estemos solos defendiendo algo tan importante como es nuestra labor.

_________Laura García Portela es investigadora en filosofía y cambio climático. Karl-Franzens-Universität Graz, Austria

 

Nace la Plataforma en Defensa de la Filosofía, una organización para reivindicar la importancia de la Filosofía en la ESO

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