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La derecha contra la democracia

Juan Manuel Aragüés Estragués

Es cierto que los conceptos de izquierda y derecha aparecen en el vocabulario político a finales del siglo XVIII. Pero ello no quiere decir, en modo alguno, que dichas posiciones ideológicas no hayan estado presentes a todo lo largo de la historia de la humanidad. Y en esa historia, la derecha ha acaparado el poder de modo abrumador, lo que ha acostumbrado a esas clases dirigentes al ejercicio del poder y les ha llevado, incluso, a considerarlo un ejercicio natural. Que el poder, bien sea por cuestiones de estirpe, bien sea en razón del poder económico, bien de ambas, les pertenece es algo que esos sectores sociales han acabado entendiendo como un hecho innegable. De ahí que, cuando se les disputa el poder, y ya nada digamos cuando se les arrebata, su reacción sea airada, violenta.

Pero hay derechas y derechas. La derecha de algunos países, Francia, Alemania, Escandinavia, tuvo que batirse, duramente, contra una derecha extrema exterior, el nazismo, que amenazó sus países, en ocasiones con la connivencia de la extrema derecha interior. El caso del gobierno de Vichy en Francia, con el reaccionario mariscal Pétain como títere de Berlín, es un ejemplo muy claro de esta connivencia. Esa confrontación con la extrema derecha, externa e interna, le sirvió a la derecha de esos países para establecer una férrea defensa de los ideales democráticos amenazados por el fascismo y el nazismo. Las convicciones democráticas de esa derecha pesaban más que ciertas coincidencias ideológicas y programáticas con la extrema derecha. Alemania e Italia, por su parte, vivieron en sus carnes el horror del nazismo y el fascismo respectivamente y, tras su derrota, la derecha abrazó sin sombra de dudas un credo democrático y abjuró de los delirios totalitarios. Tras la II Guerra Mundial, la derecha de estos países se esforzó por construirse un imaginario democrático del que el fascismo aparecía como antagonista.

El caso de España es muy diferente. La derecha española, para la que el poder resultaba patrimonio propio indiscutible, solo tardó un año, con el intento de golpe de Sanjurjo en 1932, en cuestionar la naciente democracia. Una democracia republicana que la derecha consideraba, evidentemente, un peligro para sus ancestrales privilegios. Por ello, tras su derrota electoral del 36, esa derecha dijo basta y transformó la acción parlamentaria en nuevo golpe de Estado y este, en Guerra Civil. Así, mientras la derecha de buena parte de Europa se forja en la lucha contra el fascismo y el nazismo, la derecha española es, por el contrario, su caldo de cultivo, su origen y su apoyo más entusiasta. 

Mientras la derecha de buena parte de Europa se forja en la lucha contra el fascismo y el nazismo, la derecha española es, por el contrario, su caldo de cultivo, su origen y su apoyo más entusiasta

Esa genética de la derecha española explica sus gestos y acciones. Para nuestra derecha, condenar el franquismo se convierte en un ejercicio autolesivo, en una agresión dirigida contra sus propios orígenes y razón de ser. De ahí su imposibilidad de homenajear a las víctimas del terrorismo franquista pues, en el fondo, se sienten herederos de un modo de entender España en el que la lógica del sometimiento de quien amenaza su poder no les resulta extraña. Sus nulas convicciones democráticas le llevan, por ello, a bloquear, sin problema alguno, las instituciones democráticas, como venimos viendo en el caso del Consejo General del Poder Judicial, con una actitud de la que se desprende un evidente tufo golpista. Sabe que controlar el poder judicial es controlar buena parte de la vida política del país. Y para eso no le hacen falta las urnas, con cinismo y demagogia les basta.

Por desgracia, el modelo de derecha que se está imponiendo a escala mundial se acerca más a la española que a la europea. Esta derecha antidemocrática, cada vez que las urnas no le resultan favorables, impugna los resultados, habla de fraude e intenta desestabilizar el país. Lo hemos visto en EE.UU., con Trump y el asalto al Capitolio, en Bolivia, en Perú. Lo vemos ahora en Brasil, donde masas fanatizadas se apropian de los símbolos del país, que hacen suyo, exclusivamente suyo, y alientan a los militares a levantarse en armas.

Se impone una derecha excluyente, que se apropia de la nación y de sus símbolos, sectaria y cínica, que hace de la mentira su arma política fundamental. Por ello, la principal tarea en el presente de la izquierda y de los sectores democráticos radica en tejer amplias alianzas políticas y sociales, electorales y ciudadanas, que permitan cerrar el paso a la reacción antidemocrática. De ahí que, cuando lo que nos estamos jugando es la democracia, las divisiones y protagonismos que vemos reaparecer, por enésima vez, en la izquierda no pueden sino provocar un enorme desasosiego y un tremendo hartazgo ante la irresponsabilidad de quienes se muestran incapaces de posponer personalismos e intereses particulares frente a los evidentes objetivos compartidos.  El porvenir se aventura aciago. Pero sería dramático que la izquierda, con infantil irresponsabilidad, se hiciera cómplice de los intereses de quienes desprecian la democracia.

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Juan Manuel Aragüés Estragués es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza y autor de 'Deseo de multitud. Diferencia, antagonismo y política materialista'.

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