El club de los depravados Pilar Portero
España aprobará en pocos días la séptima regularización extraordinaria de personas migrantes en situación irregular. Antes de seguir, toca reconocer la histórica movilización liderada por el tejido migrante y antirracista que desplegó alianzas desde los territorios para conseguir 700.000 firmas de personas con DNI (es decir, que ninguna persona en situación irregular pudo firmar la Iniciativa Legislativa Popular, tampoco migrantes con permiso de trabajo o residencia) para apoyar una iniciativa justa y necesaria.
La regularización extraordinaria es una buena noticia porque repara una injusticia sistémica que genera la Ley de Extranjería, la cual obliga a la exclusión social a cientos de miles de personas, simplemente por su condición administrativa. El verdadero fallo democrático es la Ley de Extranjería y las políticas migratorias que cancelan derechos.
Sin embargo, desde que se anunció el acuerdo para su aprobación, se ha desatado una oleada de bulos promovida por la extrema derecha. Pero este no es un texto para desmontar bulos. Tampoco un texto con razones para apoyar la regularización: ya han hecho suficiente pedagogía política las compañeras de la campaña Regularización YA en distintos foros, debates, actos políticos y públicos. Escribo esto como persona de origen migrante que conoce de cerca la realidad de exclusión y vulneración de derechos que provoca un sistema económico perverso.
Las migraciones han existido a lo largo de toda la historia de la humanidad; las migraciones son más antiguas que las fronteras. El mundo que hoy conocemos no sería el mismo sin la historia de movilidad humana, desde nuestros antepasados más antiguos que se desplazaban en busca de alimentos en la etapa más primitiva, a la migración económica provocada por un capitalismo racial salvaje que depreda recursos naturales del sur global para sostener modelos de vida del norte global y, al mismo tiempo, genera grandes movimientos de seres humanos que buscan en otras latitudes las oportunidades que se les ha robado en su propia tierra. Nadie, absolutamente nadie, se jugaría la vida en procesos migratorios durísimos si no fuese por una acuciante necesidad. Ninguna persona es ilegal, independientemente de su condición administrativa.
La regularización extraordinaria es una buena noticia porque repara una injusticia sistémica que genera la Ley de Extranjería, la cual obliga a la exclusión social a cientos de miles de personas, simplemente por su condición administrativa
También es tan antigua como la historia de la humanidad la instrumentalización del odio y del miedo al diferente para enfrentar a los pobres contra los más pobres que se ha empleado, y se emplea, para evitar el señalamiento de quienes acaparan el poder. Hace pocos meses, cuándo comparecí en el Congreso de los Diputados, pregunté a sus señorías si consideraban que España era más machista o más racista y la respuesta de Vox confirmó efectivamente su racismo rampante.
Pero no es la única fuerza política racista. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en respuesta a Vox, defendió que “alguien tendrá que limpiar en sus casas, alguien tendrá que recoger sus cosechas”. Son dos caras del mismo fenómeno: quienes parasitan las instituciones para salvar los negocios y privilegios de unos pocos solo ven en las personas migrantes mano de obra a la que explotar. Para todos ellos, efectivamente, la regularización es una afrenta, porque sus amigos explotadores tendrán más dificultades para esclavizar a las personas más desprotegidas del sistema. Pero las personas migrantes son mucho más que mano de obra, tienen rostro e historias, resiliencia, penas, alegrías… y también derechos.
Estos días también vemos a los mismos que hacen regalos fiscales a los ricos “preocupados por los servicios públicos”. Unos servicios públicos que la propia Ayuso recorta para asegurarle el negocio a Quirón mientras desmantela la sanidad pública y mantiene asfixiada a la universidad de todos y de todas.
Por eso, demócratas, las personas progresistas y la gente decente en general tenemos que apoyar la regularización, y, por supuesto, la universalidad de derechos. El derecho a tener derechos. Allí nos encontramos, como en cada manifestación en defensa de la sanidad pública, de la educación, por Gaza o por la vivienda. Que esta victoria ciudadana nos recuerde la potencia política de la organización colectiva, que nos aliente a seguir disputando la conquista de derechos para todos y todas. En torno a su defensa, construyamos alianzas, tal y como el movimiento Regularización YA nos muestra, tejiendo desde abajo, superando las pequeñas diferencias para centrarnos en lo que nos une.
Solo así podremos escapar de la barbarie. Pongamos nuestra energía en el lado correcto de la historia, mientras Trump y la internacional reaccionaria atacan a los y las migrantes para que no señalemos su obsceno acaparamiento de riqueza, sacudamos la rabia y organicemos la esperanza, reivindicando –como Benito* en los Grammys–, que no somos salvajes, somos humanos.
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Margarita Guerrero es directora general del Instituto de Juventud .
*Nota de la Redacción de infoLibre: Benito es Bud Bunny.
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