Plaza Pública

Elogio de la política

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, hace balance del año tras la última reunión del Consejo de Ministros de 2020 y presenta un informe sobre el cumplimiento de los compromisos adquiridos en su investidura este martes en el Palacio de l

Reconozco que hacerlo no es fácil, después de un año en que la pandemia de zafiedad y agresividad mediática sin ton ni son ha penetrado en nuestra vida diaria, al alimón con la que nos ha causado más de 50.000 fallecimientos. Pero voy a intentarlo, movido por dos estímulos: la publicación del documento Cumpliendo parte del Gobierno, que lamento que quizá se haya tomado como un discurso más en medio de la vorágine de fin de año, y la lectura del regalo familiar de Nochebuena, las memorias de Barack Obama Una tierra prometida (Editorial Debate. Barcelona, 2020), que en su página 51 nos dice: “La política no tiene por qué ser lo que la gente cree que es. Puede ser algo más”. Y yo enmendaría: es algo más.

La iniciativa del Gobierno, que en nuestros lares suena a chino, la considero de gran transcendencia, más allá de su contenido concreto, por el simple hecho de haberse creado un precedente, que incluso cualquier otro futuro gobierno tendrá dificultades para echar atrás. Marca claramente los tres espacios de entendimiento ciudadano: El gobierno (político), los técnicos en diversas materias (expertos), y la ciudadanía para la que se ha hecho tal esfuerzo de clarificación.

Los habituales rendimientos de cuentas en las Cortes llegan poco a la gente, o lo hacen mediatizados por informaciones a menudo sesgadas. En cambio, Cumpliendo queda ahí, ya inamovible durante un año, a disposición de quien lo quiera analizar, no solo la oposición, que lo destripará con su habitual inquina, sino también colectivos sociales, partidos afines y ciudadanos interesados en temas concretos. No solo se explica someramente en sus 41 páginas y sus dos anexos, sino que se ofrece una hoja Excel, con el análisis de más de 1200 entradas/compromisos. Un mero ejemplo: Entre ellos figuran 290 ya “cumplidos”, por 105 “no iniciados”. À vous de jouer.

Se podrá estar de acuerdo, o no, en lo que allí se afirma, pero ahí está y puede servir de debate más allá de las habituales peleas barriobajeras. Es un instrumento elaborado por expertos independientes, que espero y deseo se repita anualmente. Un verdadero homenaje a la política, como ámbito imprescindible para que los pueblos se entiendan y encaren el futuro sabiendo dónde ponen los pies. Esta es una de las facetas del documento: poner de manifiesto que la mayoría de los políticos están ahí para algo que sin ellos sería inviable, salvo si prescindimos de la democracia. Con mayor o menor habilidad, con perfil más o menos empático, con sus pros y contras, muchos, la gran mayoría, hacen lo que pueden. ¿Nos pondríamos nosotros en su lugar?. Porque la tarea está ahí, y alguien debe hacerla.

Pienso en los políticos de base, concejales honestos en pueblos corroídos por el clientelismo, trabajando por una escuela, una rotonda o una ayuda; en parlamentarios autonómicos quemándose las cejas y batallando sin cuartel para que alguna ley o algún decreto avance entre un bosque de sables en esgrima de postureo; en ministros que ven sus proyectos denostados por los que, teniendo la misma opinión, se ven forzados a boicotearla a la búsqueda demagógica de un voto emocional. Políticos, en suma, que ven su labor entorpecida constantemente por razones ajenas al tema del que se ocupan. La política cortoplacista comiéndose a la política tout court, a la política en mayúsculas.tout court,

En esta lucha basada en el “al enemigo, ni agua”, quien sale perdiendo es la ciudadanía, claro, que ve cómo dos tipologías dañinas impiden avanzar en temas primordiales que el pueblo tiene a flor de piel (educación, sanidad) y en otros también cruciales aunque menos cercanos y por lo tanto con menos conocimiento popular (justicia, Constitución). Veámoslas:

Por un lado, los negacionistas: el no a todo, salvo que sea lo que digo yo. No se debe confundir con la defensa acérrima de los propios principios, no tiene nada que ver. El único objetivo es degradar la imagen del oponente, haga lo que haga. Dijo Winston Churchill, un gran político de derechas: “La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás”. En todo argumento, y en especial en temas complejos como la gran mayoría de los que se debaten a todos los niveles, hay infinidad de matices, ¿ninguno sirve de enganche para el acuerdo?. ¿Se hace el esfuerzo para encontrarlos y potenciarlos, en búsqueda de un consenso que ayude a encontrar una solución? Desde luego, los empecinados en el rechazo a todo, no. Incluso en temas en los que la ley apremia a encontrarlo, como el de la renovación del Tribunal Constitucional, se prefiere degradar la imagen de esta instancia, de funcionamiento imprescindible, que sentarse a escuchar a las partes. Esta categoría podrá estar formada por políticos y políticas de oficio, pero no de ejercicio, al menos democrático. Es muy fácil desactivar o retrasar iniciativas, el morbo que ello implica tiene predicamento mediático. Quizá debería incluirse en los próximos Cumpliendo referencias a la labor de zapa, sin ninguna intención de aportar la más mínima idea, que ha afectado a los diversos proyectos. La crítica sistemática es el caldo de cultivo ideal para la radicalización xenófoba.

Por otra parte, están los tóxicos. Si bien la labor de los primeros daña gravemente el tejido social, dividiéndolo y radicalizándolo, se puede mencionar este segundo grupo de efecto igual o más pernicioso, aunque a su favor cabe decir que es frecuente que lo avisen previamente: ¿Recordamos las palabras de la diputada Montserrat Bassa anunciando en enero que “le importaba un comino la gobernabilidad de España”, en pleno Congreso, el ente a cargo de gestionarla? ¿Alguna empresa contrataría a un empleado que anunciara que la evolución de esta, y sus cometidos, le importan un rábano?. ¿Cobra la señora diputada su sueldo de la Cámara sin ningún escrúpulo ni rubor?

Desgraciadamente, en Cataluña abundan los ejemplos, llegando incluso al caso del propio presidente (de cargo, que no de eficacia) azuzando a quienes desobedecían las leyes que él mismo tenía la obligación de hacer cumplir: “Apreteu, apreteu”, o el expresidente llamando a la cruzada liderada por su “confrontación inteligente” (es un decir): confrontación tous azimuts; sea cual sea el tema, la respuesta será la que más propicie la destrucción desde dentro del propio sistema. Ya no es solo negar, se trata de embarrar.

Ello no sería grave si el sistema democrático fuera capaz de depurar tales intoxicaciones, de excretarlas periódicamente, teóricamente, las elecciones son para ello. Pero no es así, lo que hace recomendable que, al menos, quedara claro en el documento de análisis de cumplimiento de proyectos, quién construye, o lo intenta, sea con la ideología que sea, y quién socava los cimientos.

Si la democracia se basa en el pueblo, y dado que el engranaje no es capaz de hacerlo, ¿podría aquel ir puliendo aristas, eliminando rémoras y parásitos? Desgraciadamente parece que no. La imparable tendencia a la simplificación, propulsada por las redes sociales y utilizada alevosamente por las demagogias populistas, premia precisamente a los políticos negativos y tóxicos. A ello hay que añadir la falsa sensación de “empoderamiento” que se está transmitiendo. Dicho palabro, junto con “transversal”, parece que deban aparecer en todo discurso que se precie. ¿Pero es realmente así? De la opinión a la aseveración hay un largo trecho. Todo el mundo es libre de pensar lo que desee sobre, por ejemplo, el Brexit. ¿He dicho pensar? Deberíamos distinguir entre la reflexión sobre temas en los que se posea un mínimo de conocimiento, y para los cuales la aportación ciudadana consciente será siempre de gran ayuda, y la asunción en crudo de titulares y frases ocurrentes en las redes como principios inamovibles, orquestadas por verdaderos manipuladores de la emoción.

Ahí entra la función del político, clase de animal racional que ha estado sudando tinta hasta conseguir imprimir las 2000 páginas del acuerdo alcanzado entre el Reino Unido y la Unión Europea o, a todos los niveles, está intentando mantener el rumbo marcado en Cumpliendo a pesar de los intentos de hacer zozobrar la nave. Un aplauso a los innumerables personajes que a todos los niveles, desde el barrio a Bruselas, se han sentado horas y horas, junto con expertos y teniendo presentes las necesidades de la población, hasta alcanzar un acuerdo. En democracia, las líneas rojas no debieran existir. Un veterano político dijo a Obama: "Asegúrate de saber (expertos) lo que se necesita (el pueblo), y deja para mí la política" (P. 27). En el triángulo que Cumpliendo delimita: Políticos, expertos, ciudadanía, todos tienen su papel; sería oportuno que en las próximas presentaciones de dicho documento anual estuvieran presentes los tres vértices y no solo el presidente de turno, y no solo para decir “hemos hecho…”, sino para detallar también “pensábamos hacer; hemos llegado a un logro parcial, y las dificultades para no completarlo han sido….”.

La ciudadanía, al menos con ocasión de las elecciones (y en Cataluña faltan menos de dos meses), debiera usar la misma filosofía que el documento comentado: Pensar en lo que se ha hecho, lo que está por hacer, y quién puede llevarlo a cabo con mayores garantías. Optar por votar a arquitectos, o dejar las riendas a líderes del derribo y desguace.

Antoni Cisteró es sociólogo y escritor. También es miembro de la Sociedad de Amigos de infoLibre

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