PLAZA PÚBLICA

Estados Unidos en Venezuela: una clave económico-financiera y algo más

Carles Manera y Jorge Fabra Utray

Estados Unidos sobre Venezuela: ni la recuperación de la democracia, ni la estabilidad geopolítica, ni el estrangulamiento del narcotráfico, ni la persecución del terrorismo. El objetivo central es económico y, probablemente, financiero. Esto se va confirmando a medida que los dirigentes estadounidenses hacen declaraciones. Y radica en una causa central: el acceso más directo a los enormes recursos petroleros del país sudamericano. En efecto, según el Energy Institute, Venezuela posee 41,4 mil millones de toneladas de reservas de petróleo (casi el 20% de las reservas mundiales). La segunda potencia es Arabia Saudita, con poco más de 40 mil millones. A partir de esta constatación, se presentan las siguientes consideraciones.

En primer lugar, la economía venezolana tiene problemas serios en relación con la producción de petróleo, no en cuanto a sus reservas. La producción es pequeña, en el contexto internacional: el 1%, cifra raquítica explicable por la falta de inversión extranjera y por la degradación del capital físico, teniendo en cuenta que el tipo de petróleo de Venezuela es más pesado y costoso para extraer y refinar, de forma que necesita tecnología actualizada. Convertir esto en poder económico supone cuatro condiciones, expuestas por el ingeniero –y el mayor experto mundial en energía– Vaclav Smil (2050. Por qué un mundo sin emisiones es casi imposible, Arpa, Madrid, 2024): estabilidad, tecnología, capital y tiempo. En un escenario en el que las energías renovables aparecen como el más eficaz instrumento para controlar las emisiones de gases con efecto invernadero, urge tener en cuenta que todavía el 80% de la energía planetaria procede de combustibles fósiles. Las transiciones energéticas no son rápidas, a pesar de que las renovables van avanzando de manera decidida (sobre esto, distintos ejemplos referidos a la economía estadounidense en Ezra Klein-Derek Thompson, Abundancia, Capitán Swing, Madrid, 2025). Lo cual explica el enorme interés por el petróleo, máxime desde un gobierno, el de Estados Unidos, que está negando las consecuencias del cambio climático y que tiene una apuesta agresiva por mantener las explotaciones fósiles, con empresas relacionadas de forma directa con Trump al ser –junto a los tecnomagnates– primordiales financiadoras de sus campañas.

En segundo término, podríamos apuntar, a título de hipótesis –y sin otorgarles un factor causal de la invasión de Estados Unidos, pero sí como elemento de reflexión– factores de carácter financiero y monetario. Venezuela ha aceptado desde hace unos años –2018– la compra de su petróleo en moneda diferente al dólar. Los yuans chinos constituyen, en tal sentido, una referencia clave, y abundante. Además, otras divisas de apoyo han sido el euro y el rublo. Hay precedentes en todo esto. A comienzos del siglo XXI, Sadam Hussein ya fijó la venta de petróleo iraquí en monedas diferentes al dólar; este hecho pudo acelerar la invasión en 2003 –sin hallarse armas de destrucción masiva, el alegato para justificar esa acción– y el cambio de régimen, que de nuevo “dolarizó” las exportaciones petrolíferas del país. Algo similar aconteció en Libia, con el proyecto del dinar de oro. El líder libio estuvo abogando durante meses por la introducción de esta moneda para todas las naciones musulmanas. Muamar el Gadafi pretendía vender petróleo únicamente a cambio de dinares de oro y rivalizar con el dólar y el euro. En 2011, el régimen fue depuesto por fuerzas de la OTAN. En ambos escenarios, el derrumbe de esos regímenes tiene explicaciones multicausales –en las que no entraremos por razones de espacio–; pero el aspecto de la desdolarización no es desdeñable, sin que deba ser entendido como central.

No puede omitirse que los acuerdos alcanzados entre Estados Unidos y Arabia Saudí, a raíz de la crisis energética de 1973, confirmaban que las remesas de petróleo que eran adquiridas debían ser sufragadas en dólares, y no en monedas nacionales. Es decir, el billete verde se convirtió así en la gran referencia, en el potente patrón monetario con el que adquirir un renglón perentorio para el desempeño de las economías: los combustibles fósiles y, en particular, el petróleo. Arabia vende el petróleo exclusivamente en dólares e invierte en bonos del Tesoro de Estados Unidos, mientras este país le garantiza seguridad militar y apoyo político. Son los petrodólares. Sin respaldo metálico alguno, y tras el abandono del patrón oro –y del sistema de Bretton Woods, que suponía la relación del dólar con el oro: un enorme poder (véase Benn Steil, La batalla de Bretton Woods, Deusto, Barcelona, 2016)–, Estados Unidos ha tenido entonces la capacidad de imprimir dólares de manera masiva, toda vez que su adquisición era fundamental para, a su vez, pagar el petróleo que las naciones necesitaban. Al mismo tiempo, Estados Unidos puede financiar sus déficits con la emisión de deuda pública que adquieren otros países.

Este planteamiento que describimos no obedece necesariamente a la acción del ataque a Venezuela; pero aporta algunas reflexiones sobre la desdolarización que provienen de la economía académica.

Desde esta óptica, economistas como Barry Eichengreen –siempre en las listas de candidato al Nobel, y tal vez el economista con mayor predicamento en economía financiera– ha expuesto hace tiempo que, históricamente, las monedas que conforman una hegemonía en determinadas fases van declinando de forma gradual. En tal sentido, Eichengreen defiende una paulatina desdolarización (véase, de manera especial: Exorbitant Privilege: the rise and fall of the Dollar, Oxford University Press, Nueva York, 2011; con una perspectiva económica más amplia en: Hall of Mirrors. The Great Depression, the Great Recession, and the Uses –and Misuses– of History (Oxford University Press, Nueva York, 2015). Un escenario más probable que un abandono masivo del dólar es que su papel se reduzca a medida que sus competidores internacionales ganen fuerza. El contexto preferido por Eichengreen es un mundo con múltiples divisas internacionales, con una erosión gradual de la hegemonía del dólar a lo largo del tiempo. Esto puede estar preocupando a Estados Unidos, por el factor equilibrador de las remesas de dólares –por adquisiciones de deuda pública– para la balanza por cuenta corriente. Lo cual, a su vez, comporta contradicciones, que chocan con las tesis de economistas trumpistas como Stephen Miran, que abogan por rebajas en los tipos de interés y la devaluación del dólar. Por otra parte, economistas de perfil más heterodoxo como Yanis Varoufakis y Michel Husson, plantean una visión más radical que la expuesta por Eichengreen; pero siempre en la esfera de la posibilidad real de la desdolarización (véase la tesis de Varoufakis sobre los “déficits gemelos”, que se equilibran con los dólares, en El Minotauro global, Capitán Swing, Madrid, 2012; un trabajo sintético de las tesis de Husson, en El capitalismo en diez lecciones, La Oveja Roja, Madrid, 2013).

Un tercer aspecto se refiere al desmarque venezolano, con su intento de entrar en el grupo de los BRICS –vetado por Brasil en 2024, a raíz precisamente de las elecciones venezolanas y sus irregularidades–, una pretensión que ha sido reiterada por el gobierno de Nicolás Maduro en diferentes encuentros con los miembros de aquella entidad. La aceptación posible de Venezuela en el club de los BRICS (que ven con buenos ojos desdolarizar transacciones trascendentales) supondría un factor más para buscar otras vías de pago –que también están explorando Irán, Arabia y Rusia–. Acceder a los recursos petrolíferos por parte de Estados Unidos y detentar así su explotación y venta –manteniendo la referencia al dólar– podría constituir desde la obsesión contradictoria, de quienes rodean a Trump, por cimentar y expandir la hegemonía de Estados Unidos en el mundo, un objetivo de la invasión. Pruebas recientes las tenemos en las revelaciones de Marcos Rubio, Secretario de Estado, incapaz de justificar ante los medios de su propio país cómo se puede cambiar un régimen de forma violenta vulnerando el derecho internacional, y deslizando que la pretensión de la administración Trump es el control estricto de Estados Unidos sobre el petróleo y los recursos energéticos y minerales de Venezuela. Una línea argumental que subraya igualmente el ya citado Stephen Miran, gurú económico de Trump y arquitecto de su plan económico.

Sin embargo, consideramos excesivo pensar en la sustitución del dólar, de manera generalizada y a corto y medio plazo, por otras monedas, habida cuenta de que más del 80% de las transacciones del petróleo se realizan en dólares. Aunque sí pueda estar constituyendo una advertencia para Estados Unidos que, si detenta el petróleo venezolano y desarrolla fuertes inversiones tecnológicas, podría controlar enormes stocks con los que especular en el mercado petrolífero. Y China, entremedias, que es sentida como una amenaza por su creciente presencia en Latinoamérica. Su capacidad tecnológica y financiera pudiera estar ofreciéndose como una alternativa, como un remplazo a las indisimuladas e históricas pretensiones coloniales de Estados Unidos.

Esa advertencia se suma a otros problemas previos, acuciados por la política económica de Trump: los aranceles, la inflación y la creación de empleo, tres elementos que, de forma gradual, pueden ir minando la confianza en la administración republicana en un escenario de elecciones en noviembre de 2026.

Lo más preocupante, desde nuestro punto de vista, es la confirmación de la ruptura de las relaciones internacionales basadas en reglas que sí podría conducir a la economía mundial y a las economías más avanzadas a la desestabilización

Ahora bien, la relevancia económica de Venezuela en el comercio internacional del petróleo es, como hemos dicho, modesta. La prueba: los futuros de los precios del petróleo –con independencia de la volatilidad estructural que los caracteriza– no han experimentado movimientos relevantes tras la intervención militar de Estados Unidos. El mercado del crudo es excedentario, está oligopolizado y dispone de grandes márgenes de autorregulación para mantener los precios donde más interese a los productores. Es, por consiguiente, un mercado con una nada despreciable capacidad para absorber los impactos geopolíticos que se puedan producir. De hecho, con la administración Biden, Venezuela, a pesar del régimen de sanciones a las que estaba sometida, siguió exportando crudo pesado para ser refinado en las refinerías del Golfo de México (Texas y Luisiana) construidas específicamente para procesar crudo pesado. Estas exportaciones fueron canalizadas por la multinacional petrolera estadounidense Chevron autorizada por una licencia ad hoc emitida por Washington que permitía dejar intactas las sanciones. Los beneficios de este comercio eran, además, limitados para Venezuela y constituían, básicamente, un modo de compensación de Venezuela a Estados Unidos como pago de deudas e inversiones previas.

En fin, a pesar de una retórica que no disimula las poco democráticas intenciones de la administración Trump respecto a Venezuela, las cosas poco parece que vayan a cambiar en la dirección que promete el imaginario trumpista, que además parece querer ignorar –si no ocultar– las dificultades de explotación del crudo pesado de la “faja del Orinoco”. Volvemos en este punto a citar otra vez a Vaclav Smil: estabilidad, tecnología, capital y tiempo. Sí, tiempo, el tiempo que se prolongará más allá de las promesas de Trump. Pareciera que esa retórica sólo tuviera por destino el consumo interno MAGA y la distracción sobre las debilidades de la economía estadounidense. Todavía es pronto para saber el rumbo que van a tomar las cosas. Pero no olvidemos esto: el poder, a secas, la ambición desmedida por exhibir la fuerza de Estados Unidos y de su presidente, jaleada por un entorno de asesores de dudosa solvencia que, además, no se atreven a decirle al rey que está desnudo–en un contexto que es de decadencia económica– sigue siendo el principal impulso patológico que está llevando a la administración Trump a mantener comportamientos agresivos con el resto del mundo. Pensemos en Groenlandia, en Canadá, en Colombia, en Cuba, en Panamá, en México, en su entendimiento con Rusia respecto a Ucrania, en las condiciones económicas que ha impuesto a sus socios en la OTAN, en su agresiva política arancelaria.

Lo más preocupante, desde nuestro punto de vista, es la confirmación de la ruptura de las relaciones internacionales basadas en reglas que sí podría conducir a la economía mundial y a las economías más avanzadas a la desestabilización, con consecuencias todavía imprevisibles.

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Carles Manera, catedrático de Economía e Historia Económica, y Jorge Fabra, economista y Doctor en Derecho, presidente de Economistas Frente a la Crisis.

Carles Manera y Jorge Fabra Utray

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