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Democracia pixelada

Sexto aniversario de la indignación: efecto 'shock' e indefensión aprendida

Ayer anduve destramando corrupciones mediáticas, y llegamos a la conclusión que quizá no era esa la tarea más urgente. Veamos por qué.

La periodista Naomi Klein explicó en su Doctrina del shock el efecto aterrador y paralizante que sobre una población puede tener la percepción de una situación de crisis generalizada e inabarcable. Salvando la distancia con aquellas terapias de choque diseñadas por Milton Friedman para abrir mercados en Latinoamérica, el relato de la corrupción infinita en España guarda ciertas similitudes, pudiendo ocasionar el mismo efecto: la indefensión aprendida, la depresión colectiva y la asunción de la impotencia. Veamos cómo.

La primera reacción ante la percepción de corrupción generalizada es la indignación. Pero si la energía liberada en ese cabreo no logra canalizarse y desbloquear situaciones en un plazo abarcable, si no genera ilusión y pone a la vista esperanzas de mejora real, la evolución natural de esa indignación será hacia la resignación y la pasividad. Esta forma de aceptar e incluso normalizar lo intolerable no es necesariamente cinismo ni es alienación, es una respuesta psicosocial adaptativa ante algo que se percibe como inmutable. Es una manera de seguir adelante con la vida limitándose a un ámbito reducido, centrándose en mejorar al menos aquello que nos rodea y en cuidar a nuestros seres queridos.

Sin embargo, los efectos políticos de la indefensión aprendida son demoledores. Todo el mundo cree que la política está podrida, sí, pero también piensa que no hay forma de cambiar eso (“el ansia de poder corrompe”, “todos son iguales”, etc.). La novedad no es descubrir que una trama corrupta nos gobierna, novedad sería sentir que hay otro horizonte posible al alcance de la mano. “La Humanidad no se plantea sino los problemas que está en condiciones de resolver”, dice el prefacio a la Crítica de la Economía Política.

El problema no es generar indignación. El problema es que la indignación ya llenó las plazas, hace seis años. Y fue amainando conforme estas se vaciaban sin articular un horizonte común. Este lunes es el sexto aniversario del 15M, y no se prevé ninguna movilización a la altura de las de 2011, pero tampoco a la altura de las exigencias de la situación actual. Las plazas se vaciaron solas por agotamiento, no las vació nadie. Aprendamos esa lección.

Con la rebelión en Venezuela, con la dictadura en Turquía

Una esperanza de cambio llegó con la irrupción de nuevos partidos en escena, con el proyecto de conquista institucional a partir del municipalismo, el sí se puede, las confluencias, la #Remontada, toda la revolución del tablero político de los últimos tres años. Seguíamos sabiendo que no había manzanas aisladas sino un árbol muy podrido, pero, al menos, también una ilusión y un plan a los que agarrarse para no caer en la resignación.

Hoy la subtrama mediática trabaja para tumbar esa esperanza, para enterrarla cuanto antes bajo la máquina del fango que dispara para recordarnos que todos son iguales, que el ansia de poder corrompe, que no hay escapatoria, que asimilemos la indefensión y nuestro destino trágico. Por eso estoy convencido de que la clave del momento no está en seguir señalando lo enorme y podrido que es el árbol. Sus raíces son fuertes y no caerá por su propio peso. Ya toda España sabe de esa podredumbre, el votante del PP no tiene mayor problema en reconocerlo. Si el momento es delicado es porque nos lo jugamos todo en la posibilidad de conservar y expandir esa otra emoción: la ilusión y la confianza en un cambio real posible, la visualización de la victoria, desde sectores muy diversos de la población, de un proyecto de país diferente, sano, democrático, solidario, eficiente, sin chantajes, sin miedo.

La tarea hoy no es señalar más subtramas como hice en mi anterior columna, tampoco anticipar confrontaciones con la mafia en la esperanza de que sirva para acumular fuerzas. La tarea es lograr que se conozcan los logros históricos de las fuerzas progresistas a nivel municipal. La tarea es contrarrestar el shock y vencer la indefensión aprendida con una identidad basada en un proyecto de país tangible y deseable para una inmensa mayoría de la población. La tarea es que todo el mundo tenga en mente dos o tres ideas-fuerza de ese nuevo proyecto y pueda responder sin incertidumbres a la pregunta: ¿En qué consiste la propuesta de un nuevo país? ¿Qué es lo primero que harán, si ganan, quienes la defienden?

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