Crisis del coronavirus

Ciudad rica, ciudad pobre: la gestión de la pandemia agita el conflicto social por la desigualdad entre barrios

Ciudad rica, ciudad pobre: la gestión de la pandemia agita el conflicto social por la desigualdad entre barrios

La pandemia enseña las costuras de nuestras ciudades, que en situación de normalidad –o de lo que, desde la era covid-19, ahora recordamos como normalidad– ya se vivía sobre un equilibrio frágil. Madrid, espejo con aumento de la mayoría de conflictos urbanos, la ciudad más golpeada por la pandemia y sus consecuencias sociales, exterioriza ya un vivo malestar en su zona sur, donde resuena la palabra “clasismo”, un “ismo” poco mencionado en el debate público español. “No es confinamiento, es lucha de clases”, gritan manifestantes de Usera. Un grito ideológico, desde luego. Pero no exento de base. Los espacios urbanos en España, especial pero no exclusivamente los de las mayores ciudades, se han desarrollado sobre un modelo segregador, es decir, con cada vez más separación entre barrios según renta. La gestión de la pandemia echa sal en esa herida.

“Igual que hay una desigualdad en la salud de base, también hay una desigualdad sociourbana de base. Si en Madrid el impacto de la pandemia está siendo tan diferente en función de los barrios, es porque Madrid es una ciudad muy segregada. Eso no es la norma entre las grandes ciudades europeas. Madrid es un caso atípico”, explica Daniel Sorando, profesor de Sociología de la Complutense. “En otras ciudades menos segregadas, como Amsterdam o Viena, estas diferencias no se ven de manera tan extrema”, añade. La sola idea de que haya “confinamientos selectivos” en Madrid es por sí misma elocuente de una segregación por barrios ya existente como punto de partida, explica. “Hay un eco de fondo de la palabra gueto, aunque en España no hay guetos como tales. Lo que sí hay es una gestión típica del neoliberalismo que abandona lo público y se centra en los síntomas, no en sus causas sociales. Lo diferente ahora es que hay una respuesta de control y estigma, cargada de violencia simbólica contra los barrios con más contagios, a cuyos habitantes se culpabiliza de la situación”.

Las desigualdades siempre han estado ahí, ancladas al terreno. Uno no puede engañar a la cuna en la que nace ni al suelo que pisa. Lo expresa con crudeza el periodista y escritor Jorge Dioni, que investiga las intersecciones entre desarrollo urbano y desigualdad: “El urbanismo es material. Es decir, todos los discursos que tratan de disimular la desigualdad con la meritocracia, el emprendimiento, la autoayuda o la diversidad desaparecen en la realidad: vives donde vives, no donde te imaginas que vives o donde sientes que vives”. Y añade: “En abril, todo el mundo descubrió que era libre de ser quien quisiera, pero vivía en su casa, con esas paredes, esas ventanas, ese espacio para toda esa gente. Y que había otros que vivían en otros lugares mejores, como los futbolistas que entrenaban en sus jardines de media hectárea”.

Brechas entre barrios

Hay datos pre-pandemia que ya indicaban una brecha entre barrios, que se sumaba a la existente entre ciudades y comunidades. Ahora la pandemia detona tensiones. Pero el problema estaba ahí antes. Vayamos a lo básico: la vida y la muerte. En Sevilla, que concentra cuatro de los diez barrios más pobres de España, la esperanza de vida al nacer es 8,8 años mayor en San Matías que en el Polígono Sur, según datos del Plan Local de Salud. En la Comunidad Valenciana la esperanza de vida se acorta hasta seis años en los barrios más pobres de las grandes ciudades, según el informe Desigualdades en Salud de la Generalitat. Este estudio toma como ejemplo un viaje de la línea 4 de Metrovalencia y refleja una diferencia en hombres de 5,8 años entre dos paradas: La Cadena, en el Distrito Marítimo, con 73,4 años, y Pont de Fusta, con 79,2 años. En Madrid, la esperanza de vida en Amposta (San Blas) es de 78,4 años, mientras El Goloso alcanza los 88,7.

Los datos del Ranking de Vulnerabilidad del Ayuntamiento de Madrid permiten seguir la correlación entre pobreza y deterioro de la salud, que es tan lógica como a menudo inadvertida. Son los datos oficiales los que van mostrando la existencia de dos madrides. En la parte más vulnerable aparecen San Diego y Entrevías (Puente de Vallecas) o San Cristóbal y San Andrés (Villaverde), mientras que en el otro extremo figuran barrios como El Plantío y Valdemarín (Moncloa-Aravaca), El Viso y Nueva España (Chamartín), Recoletos (Salamanca) o Jerónimos (Retiro).

Madrid no es sólo más golpeada por la pandemia por su número de casos, sino también por su estructura social y urbana. El informe de Fedea Renta personal de los municipios españoles y su distribución, años 2011 y 2014 indica que es la ciudad más desigual de España. La brecha en renta personal, según este informe, ha aumentado en las principales ciudades españolas excepto en Barcelona y Valencia, utilizando el índice de Gini, uno de los más usados para medir la desigualdad. El incremento más notable lo ha experimentado Sevilla (con un 4,6%), seguida de Madrid (4,1%) y Palma de Mallorca (3,9%). Son brechas que se abren dentro de las propias ciudades.

El ranking de desigualdad elaborado por Fedea deja a Madrid en cabeza seguida de Barcelona, Palma de Mallorca, Valencia y Murcia. La palabra segregación viene acompañando a Madrid en el análisis de múltiples indicadores. La Comunidad de Madrid es ya el segundo territorio de la OCDE, sólo superado por Chile, donde más se concentra al alumnado desfavorecido en las mismas escuelas, según el informe de Save the Children sobre el último PISA. Es lo que se llama segregación escolar. Madrid capital es señalada en el estudio paneuropeo Socio-Economic Segregation in European Capital Cities: Increasing Separation between Poor and Rich entre las más desiguales de las doce grandes ciudades estudiadas. Las ciudades más desiguales, Madrid y Tallin, capital de Estonia, presentan el doble de segregación que las que menos, Oslo y Praga.

Sobre ese terreno mojado llueven ahora los nombres de las primeras zonas en sufrir restricciones: Carabanchel, Usera, Villaverde, Puente de Vallecas, Villa de Vallecas y Ciudad Lineal... Y ahí es donde surgen los análisis en clave de “clase social”. Los elementos del análisis son conocidos. Barrios con menos renta. Viviendas más pequeñas, peor ventiladas. Mayor empleo en el sector servicios. Menos teletrabajo. Menos posibilidad de faltar al empleo. Mayor uso del transporte público. Y, por lo tanto, más incidencia del coronavirus. ¿Qué hace la Comunidad de Madrid ante esto? Establece mayores restricciones para esos barrios. Y lo hace además apoyándose, por voz de su presidenta, Isabel Díaz Ayuso (PP), en tópicos que atribuyen a las poblaciones residentes distintos comportamientos culturales que favorecen la extensión del virus, como si estos estuvieran desconectados de sus condicionantes sociourbanos. Un ejemplo de estos condicionantes: la población extranjera, a la que Ayuso aludió, se concentra sobre todo en los barrios del sur, donde las viviendas son más pequeñas y donde los trabajadores tienen menos opciones de teletrabajar [ver aquí información en detalle].

Centro, extrarradio, barrios

En ese contexto han empezado a saltar chispas. Sociales y políticas. Ha habido protestas por las cargas policiales en Vallecas, que no se produjeron en las caceroladas en el Barrio de Salamanca. “El Gobierno debe explicar el diferente trato a quien se concentra en Vallecas o en Núñez de Balboa”, ha escrito Íñigo Errejón en su cuenta de Twitter. Por su parte, el vicepresidente Pablo Iglesias (Unidas Podemos) ha acusado a Ayuso de “criminalizar la pobreza” con sus declaraciones y aplicar una “segregación” con sus medidas. El antropólogo José Mansilla, estudioso del fenómeno de la vivienda y especialmente del alquiler turístico, sigue con interés el debate público suscitado. Pero observa un déficit: una crítica a cómo las ciudades se han ido conformado al servicio de la desigualdad, mediante una segregación residencial cada vez mayor que ahora da la cara dramáticamente con la pandemia y las medidas adoptadas para afrontarla.

“A menudo hablamos de la desigualdad como un efecto colateral del capitalismo en España. No es así. Es la base sobre la que se construye nuestro modelo. Hace falta mucha gente tirada para que esto funcione. La inestabilidad y la precariedad no son un subproducto, sino el modelo en sí”, explica Mansilla. Este modelo ha quedado expuesto con la pandemia, añade. Por ejemplo, dice, faltan médicos porque el sistema basado en la precariedad no los retiene [ver aquí y aquí informaciones en detalle]. “El sesgo de clase se hace ahora muy evidente, con las medidas más duras para las poblaciones más precarias de la zona sur, la más pobre, a la que llegaron los inmigrantes con la maleta de cartón. Pero ese sesgo siempre ha estado ahí, es parte fundamental del modelo de ciudad. Son zonas en las que se ha invertido menos, porque no son prioritarias y porque –Mansilla insiste en esto– es necesario tenerlas en peor situación para mantener en funcionamiento la maquinaria”.

Jorge Dioni tiende su mirada sobre el desarrollo urbanístico en Madrid, donde no se ha construido “con una función social, sino para dar alojamiento a la mano de obra y, posteriormente, crear propietarios”. Así lo explica: “En el plan de 1985, los ensanches, como la zona de Valdebernardo, seguían un modelo austero: urbanización paulatina, barrios pequeños conectados a la ciudad, zonas arboladas y comercio de proximidad. El plan de los 90 cambia el modelo a la fiesta del 'todo urbanizable', nada de ir poco a poco, y define grandes actuaciones periféricas y desconectadas: los Planes de Actuación Urbanística (PAU), que copian el resto de zonas porque provocan un gran movimiento de dinero. Son islas rodeadas por carreteras, grandes avenidas o vías ferroviarias. Las juntas de propietarios realizaron una distribución del espacio basada en la zonificación, con un sitio para cada cosa: residencial, comercial, servicios, ocio, naturaleza. Bosques urbanos en lugar de parques o centros comerciales en lugar de tiendas, un diseño que necesita coche. La zona residencial se divide siguiendo el criterio mercadista: un producto para cada comprador, que tiene que ajustarse a la oferta: pareja profesional de clase media, ya que la inversión no es accesible para una persona sola ni para personas de ingresos irregulares ni para personas sin red familiar”.

Así ha ido creciendo y creciendo la ciudad hacia afuera, extendiéndose, perdiendo el carácter compacto típico del modelo mediterráneo, obligando a llevar la prestación de servicios públicos cada vez más lejos, con el consiguiente coste para las arcas públicas. No es un fenómeno exclusivo de Madrid. En paralelo a esta colonización del extrarradio por la clase media, apunta Mansilla, también los sectores adinerados han ido sustituyendo a la población original de los barrios céntricos, en un proceso de “gentrificación” y “tematización” de los centros urbanos. “El centro de Sevilla era antes una zona muy popular, ahora con la turistización ya no lo es”, ejemplifica Mansilla. Fuera de la ecuación quedan una serie de barrios obreros, con habitantes sin rentas suficientes para pagar las casitas a las afueras en urbanizaciones cerradas ni los pisos céntricos de las áreas gentrificadas. Esos son los barrios que ahora están en el punto de mira en Madrid. Más contagiados, más reprimidos.

Moverse para trabajar

Mansilla, que está a la espera de la publicación de su ensayo La pandemia de la desigualdad. Una antropología desde el confinamiento (Bellaterra), observa cómo toda esa mano de obra que vive en los peores barrios es señalada con el dedo acusador, pero sin que se le ofrezcan soluciones y sin que se prescinda de ella como sostén del modelo. De ahí –analiza– la solución adoptada en la Comunidad de Madrid, que se resume en “muévete lo justo para trabajar”. Mansilla ilustra su explicación con un informe de la Universidad Politécnica de Madrid, titulado ¿Dónde trabaja la población de las 37 zonas “confinadas” de Madrid? “La orden [aprobada por la Comunidad de Madrid] supone la limitación de la movilidad por motivos personales para la población de estas zonas, pero excluye expresamente de cualquier restricción a la movilidad laboral. Así, la población residente en estas 37 zonas debe seguir yendo diariamente a trabajar, aunque tenga restringida la movilidad por el resto de motivos. Esta medida señala ineludiblemente uno de los problemas históricos del área urbana de Madrid: el desequilibrio social, económico y funcional entre el norte y el sur”, apunta el informe, que es al mismo tiempo preocupante en lo sanitario y elocuente en lo social.

El estudio recalca cómo las actividades económicas se han concentrado en el centro y el noroeste del área urbana, mientras la población que trabaja en las mismas reside en el sureste. “Cientos de miles de personas tienen que desplazarse cada día para cruzar la 'diagonal de la desigualdad' del área urbana de Madrid. En este contexto, ¿tiene sentido 'confinar' partes del área urbana manteniendo la movilidad laboral? ¿Pueden establecerse medidas parciales en un territorio en que todas las partes dependen funcionalmente de otras?”, se preguntan los autores.

Con datos de 2018, cada día se registran 222.347 viajes con motivo laboral de lunes a viernes en el área urbana, con origen en viviendas situadas en las zonas de transporte afectadas por las restricciones y destino en el lugar de trabajo. La inmensa mayoría de la población que vive en las 37 áreas afectadas trabaja fuera de las mismas en zonas libres. De los 222.347 viajes laborales diarios con origen en estas zonas, solo 30.065 tienen como destino alguna de las mismas. Es decir, un 86,5% de las personas trabajadoras “confinadas” tiene que ir a zonas “no confinadas”. Los confinados son la “población trabajadora que sostiene buena parte del funcionamiento económico de la región y trabaja en áreas generalmente alejadas de su lugar de residencia”, señala el informe. El 45,33% de sus desplazamientos de casa al trabajo se realiza en transporte público, mientras que en el conjunto de la comunidad el porcentaje es del 33,22%.

Daniel Sorando, profesor de la Complutense e integrante del Grupo de Investigación en Medio Ambiente, Sociedad y Territorio (Gismat), observa esa tensión entre las medidas de restricción de la movilidad y la evidencia de que la ciudad está diseñada para que los habitantes de esos barrios peregrinen cada día en transporte público a otras zonas de la ciudad para trabajar. Este investigador recuerda que Madrid es “un caso atípico entre las grandes capitales europeas” por la escasez de políticas sociales, entre ellas de vivienda. España, no sólo Madrid, se caracteriza por un elevado grado de mercantilización de la vivienda, ahora acelerada por el boom turístico [ver aquí y aquí informaciones en detalle]. Sólo el 1,6% del parque de vivienda está destinado a alquileres asequibles. Son 290.000 viviendas de más de 10 millones, un dato raquítico frente al 16,8% de Francia o el 30% de Países Bajos. Algunas administraciones han tomado nota del problema de segregación que implica la ausencia de alquiler asequible. El Ayuntamiento de Barcelona aprobó en 2018 un plan en el que se obliga a cualquier nueva promoción inmobiliaria a incluir un 30% de viviendas asequibles. La idea está clara: mezclar. Mansilla reflexiona: “Por lo general no es que en España haya malas políticas de vivienda, es que no hay políticas de vivienda”. Ha sido el mercado, añade, "el que ha ido ordenando o desordenando las ciudades”. Eso provoca que unas y otras zonas se den la espalda.

Cerramiento y miedo

Son múltiples ya los estudios que acreditan que, en contra el discurso que se abrió paso al principio de la pandemia, el virus sí entiende de clases [ver aquí información en profundidad]. Los pronósticos académicos alertan de un agravamiento de problemas existentes antes de la pandemia como falta de oportunidades de la juventud, segregación educativa, brecha social en las guarderías, desigualdad de género... Todas esas desigualdades se plasman en un reparto del territorio que ahora chirría más que nunca. En Sevilla, por ejemplo, ha habido un solo barrio citado oficialmente como candidato a un posible confinamiento en la segunda ola: el Polígono Sur, el barrio más pobre de España. "Si en 15 días no se controla el covid, habrá que tomar medidas como volver a fase 1", afirmó Jaime Bretón, comisionado de Polígono Sur, si bien luego tal decisión no ha sido adoptada. Bretón no ofreció datos para justificar su posición.

La capital andaluza no es ajena al fenómeno de progresivo aislamiento de unos barrios con respecto a otros. Sevilla y Valencia son las dos urbes elegidas para Ciudad segregada en España, un estudio de la lógica subyacente a las urbanizaciones cerradas, que utiliza como base la aplicación Street View. “La cohesión entre individuos y ámbitos urbanos se ve comprometida, acentuándose la segregación social y la fragmentación física y territorial. Manteniendo alejado al otro, estos sectores sociales acaban por alejarse de la idea misma de ciudad”, apuntan los autores. Y añaden: “Uno de los ingredientes que motiva la segregación es el miedo. Se trata de un fenómeno psicológico y sociológico entendido como rechazo ante las amenazas que provienen de lo extraño, lo desconocido, lo distinto, lo casual o lo espontáneo, circunstancias constitutivas de la condición urbana clásica”. Jorge Dioni apunta: “De momento, en España no hemos llegado al nivel de América, donde las comunidades cerradas o planificadas son habituales, pero todo es cuestión de tiempo. Si no se hace nada, es un modelo posible”.

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