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Santiago Calatrava

Correos entre Spottorno y Blesa ilustran el derroche en el obelisco de Calatrava

Ibon Uría

Se anunció el 21 de octubre de 2004, pero la idea venía de muy atrás. En 2002, el entonces presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, pensó en celebrar el tercer centenario de la entidad madrileña e ideó algo por todo lo alto: un regalo a la capital en forma de monumento. Su deseo se materializó por obra del polémico Santiago Calatrava en una columna móvil de acero y bronce de 120 metros de altura. Y aunque el alcalde Alberto Ruiz-Gallardón aseguró que el proyecto cerraba la herida de la ciudad por no contar con una obra del arquitecto valenciano, el obelisco de Calatrava se convirtió más bien en un regalo envenenado que abrió una brecha inasumible en las arcas públicas.

Tres días antes de esa fecha, el 18 de octubre de 2004, el Patronato de la Fundación Caja Madrid había aprobado una primera aportación para el proyecto: 6,5 millones de euros. Pero esa cantidad iba a quedarse muy corta para las aspiraciones de Calatrava. Según consta en un correo electrónico remitido a Blesa por Rafael Spottorno, actual jefe de la Casa del Rey y director de la Fundación Caja Madrid entre 2002 y 2011, cuando el arquitecto entregó a finales de julio de 2005 los planos de su proyecto un estudio de ingeniería calculó que la obra saldría por no menos de 22 millones. Los problemas comenzaban a acumularse.

La correspondencia entre la presidencia de la caja y la dirección de la fundación revela que los mandatarios de la entidad madrileña se enfrentaban a varias cuestiones peliagudas. La primera, conseguir que Calatrava rehiciera un proyecto cuyo coste se había disparado. La segunda, que el obelisco, llamado a ser un símbolo, estuviera acabado a tiempo: “Me preocupa el retraso en el proyecto de Calatrava. Al alcalde ni te cuento”, escribió Blesa a Spottorno en 2005. Y la tercera: el encaje de una columna de cientos de toneladas y 120 metros (luego se rebajó a poco más de 90) sobre una plaza que el propio Spottorno definió como “un queso de gruyère”.

Negociar con el artista

Esos mismos correos reflejan que el tira y afloja con Calatrava supuso un verdadero quebradero de cabeza para los impulsores del proyecto. A los retrasos en la entrega de bocetos hay que añadir, según los documentos, su negativa a asumir responsabilidades más allá del diseño. “Calatrava no es persona fácil, créeme. Llevo meses discutiendo con él los términos del encargo y cada vez lo lía más—escribió Spottorno a Blesa en marzo de 2005—“. El director de la fundación se quejaba en esa misiva del arquitecto valenciano: “No se hace cargo ni del proyecto ni de la obra de todo lo que está bajo cota cero”, afirmaba.

Así las cosas, Spottorno troceó el encargo para acelerar el proceso: contrató a Calatrava para realizar el obelisco, la fuente y la iluminación, y aplazó las cuestiones de obra civil. El problema, de nuevo, fue el precio: el arquitecto impuso un incremento de sus honorarios. Cobraría 1.250.000 euros más el 4,5% del coste total de la obra en concepto de “supervisión arquitectónica y artística”. El primer contrato y los seis borradores siguientes que el valenciano y el director de la fundación se intercambiaron recogían condiciones menos lucrativas de acuerdo con la versión de Spottorno: un millón de euros y el 4% eran las cifras iniciales.

Poco después, Caja Madrid habría dado el visto bueno a las condiciones de Calatrava. El 11 de abril de 2005 Spottorno propuso a Blesa “firmar cuanto antes el contrato”. “Creo que, si queremos que haya obelisco, habrá que aceptar sus honorarios”, le comunicó al número uno de la entidad. El arquitecto se puso entonces manos a la obra y en julio entregó los primeros bocetos. El coste total se estimó en más de 30 millones de euros. En octubre, la comisión de propuestas de la Fundación Caja Madrid instó a Spottorno a animar a Calatrava a “adaptar” el proyecto. Tras negarse durante meses, este aceptó reducir sus pretensiones de gasto en enero de 2006.

El regalo lo paga el ciudadano

El proyecto rebajado de Calatrava llegó a la mesa de la Fundación Caja Madrid en marzo de 2006. El precio total se calculó entonces en 14,5 millones de euros. Faltaban, por tanto, ocho millones de euros que sumar a los 6,5 que la fundación dirigida por Spottorno había decidido desembolsar dos años atrás. ¿De dónde salieron? Según los correos de Blesa, la fundación aportó otros tres millones y el Ayuntamiento puso cinco. ¿Cómo, si en teoría el obelisco era un regalo de la entidad a la ciudad? Aceptando una rebaja en la aportación anual de la fundación al consistorio. El contribuyente pasó así a sufragar un tercio del regalo de Blesa a la administración de Gallardón.

Con la cuestión económica solventada, la preocupación de Spottorno, Blesa y el hoy ministro de Justicia se centró en inaugurar cuanto antes, pero los tiempos se dilataron. En 2005, Spottorno dijo a Blesa que todo podría estar terminado antes de finales de 2006. “En todo caso, a principios de 2007, es decir, en tiempo hábil para el edil madrileño”, añadió. Sin embargo, no fue hasta el 8 de octubre de 2007 cuando se adjudicó el proyecto de ejecución de la obra a la constructora Acciona, con un plazo de realización de 18 meses. Durante ese periodo hubo que probar que la columna resistiría un temporal, y por razones de seguridad perdió un cuarto de su altura: pasó de 120 a 93 metros.

El obelisco se inauguró el 23 de diciembre de 2009. Blesa y Gallardón fueron los anfitriones de un acto largamente esperado. Más de cinco años después de la primera presentación, el presidente de Caja Madrid y el alcalde recibieron al rey, que accionó por primera vez los motores eléctricos que hacen oscilar las barras metálicas de la estructura. Blesa dijo que el monumento era un “regalo simbólico”. Gallardón destacó que el obelisco era un “testimonio” de los “lazos históricos” entre la caja y Madrid. Calatrava afirmó que su obra cabalgaba “entre la arquitectura, la escultura y la ingeniería”. Y todos guardaron silencio sobre cuánto había costado la columna dorada.

Un obsequio envenenado

La puesta de largo no puso fin a los problemas. Cuando Caja Madrid dio por terminado el monumento lo entregó con solemnidad al Ayuntamiento, que desde entonces es responsable de su mantenimiento. Esas operaciones, y también los mecanismos que provocaban el movimiento del obelisco, escondían una nueva sorpresa. Apenas tres años después de la inauguración, cuando la crisis arreció, el vicealcalde Miguel Ángel Villanueva admitió que el mantenimiento era “más caro de lo pensado”. Según sus cálculos, ascendía a más de 150.000 euros al año. “Creemos honestamente que no lo podemos asumir”, zanjó.

Los motores eléctricos del interior de la obra plantean el mismo problema. Son demasiado caros de accionar. En sus dos primeros años (2010 y 2011) sólo funcionaron 82 y 45 días respectivamente. Desde entonces, sólo están enchufados en días señalados, como Año Nuevo o Nochevieja. El resto del tiempo permanecen apagados, y lo mismo ocurre con los cañones de luz instalados alrededor, esos que Calatrava definió como “un elemento fundamental para el correcto acabado del obelisco” en la memoria preliminar de apenas dos páginas que remitió a Spottorno informando de cómo remataría su obra maestra en la capital.

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