Crisis del coronavirus

España se acerca a la normalidad real con el fin de la mascarilla al aire libre tras un año con la imposición más dura de Europa

Dos mujeres caminan con mascarilla por una céntrica calle de Ourense, este viernes.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha hecho un anuncio este jueves largamente esperado para la mayoría de españoles: a partir del 26 de junio, sábado, no será obligatoria la mascarilla en exteriores. El líder del Ejecutivo no ha aclarado si se vuelve a la situación de principios de verano de 2020, cuando solo era obligatoria cuando no se pudiera respetar la distancia interpersonal, o si se elimina en cualquier circunstancia. En todo caso, el paso cuenta con una importante fuerza simbólica, de fin de la pandemia tras meses de frustración y dolor. Desde el punto de vista técnico, la decisión es asumida como lógica por buena parte de los especialistas en Salud Pública, que han criticado durante meses el exceso de celo sobre esta herramienta mientras se descuidaban otras circunstancias que aceleraban la transmisión. Se generó, consideran, un desequilibrio: España era uno de los países de Europa con un uso más estricto del tapabocas y uno de los más rápidos en desescalar cuando las olas se mitigaban parcialmente. 

El Gobierno central se ha apuntado el tanto de un símbolo tan poderoso como el de desmascarillarse. En realidad, la competencia no es suya: previsiblemente, eliminará el decreto de marzo que la hacía obligatoria en todo el territorio nacional, pero la decisión final siempre ha sido autonómica. Las comunidades, pese a que algunas como Andalucía se oponían por el momento, acatarán. Aunque tanto la Junta como los Gobiernos de Castilla y León, Murcia y Cataluña han criticado la falta de consenso y la decisión de anunciar a bombo y platillo la medida prescindiendo del acuerdo en el Consejo Interterritorial. El gesto es coherente con un Ejecutivo de Sánchez abonado a la buena noticia como capital político para contrarrestar su desgaste por la pandemia. No hay comparecencia en la que Sánchez no recuerde el buen ritmo de vacunación, los ilusionantes fondos europeos y, ahora, el fin de la mascarilla al aire libre como principio del fin de la crisis sanitaria. 

En verano, las comunidades autónomas comenzaron una extraña competición para endurecer el uso de la mascarilla aun cuando hubiera distancia social. Fue entendido, en parte, como una manera de vender "que se tomaban en serio los rebrotes", considera el epidemiólogo Pedro Gullón: pero también tenía sentido para evitar las dudas sobre cuándo se consideraba necesaria y cuándo no. Los límites de la aglomeración son difusos, y así se evitaban posibles conflictos. Se quedó así hasta la actualidad a diferencia de varios países de nuestro entorno, como Alemania, Reino Unido y Portugal, que no la pusieron obligatoria siempre que corriera el aire entre personas no convivientes. En toda Europa, salvo Italia (que permite quitársela siempre que esté garantizada la absoluta soledad en la vía pública) y Grecia, no hace falta portar el tapabocas en exteriores, dada la mejora generalizada de los datos epidemiológicos. 

En marzo, con la tercera ola en descenso, el Gobierno publicó un decreto ley que, con el objetivo de armonizar las medidas que ya habían tomado las autonomías, obligaba a la mascarilla en cualquier circunstancia, aunque posteriormente rectificó. "Era una ley probablemente excesiva que en su día fue muy criticada, porque era un abuso del principio de precaución", considera el epidemiólogo y portavoz de la Asociación Madrileña de Salud Pública Fernando García. "Se quita una limitación que probablemente era exagerada. Pero no es luz verde para olvidarse de todas las medidas de seguridad, sobre todo para los que no están vacunados", considera. 

El especialista afirma que aún hay que esperar a ver la letra pequeña y cómo se ejecuta esta liberación. Probablemente, considera, se vuelva a la situación del fin de la desescalada, durante justo hace un año, cuando la mascarilla era obligatoria solo en casos de aglomeración. Aún es pronto para desprendernos de ella del todo y, sobre todo, aún se debe seguir utilizando en interiores, con especial celo en los lugares mal ventilados. La evidencia es muy contundente: la transmisión, ya sea en forma de gotitas de saliva o de aerosoles que expelemos al hablar, es mucho más probable cuando el aire no circula bien. Es muy difícil contagiarse tras cruzarse con una persona por la calle, al igual que tocando una superficie presuntamente contaminada, a pesar de lo que creíamos en marzo de 2020. 

Los epidemiólogos consideran que hay un riesgo en que el fin de la mascarilla al aire libre provoque una relajación de su uso en esos escenarios, donde sí que es útil. Es más fácil entrar a un comercio sin cubrirnos la boca si no la llevábamos puesta, ya sea porque se nos ha olvidado en casa o por la posible excusa de "solo va a ser un minuto", explica Gullón. Habrá que estar alerta, reforzar los mensajes desde la administración pública y dotar de mascarillas gratuitas en la entrada de estos espacios inseguros. El especialista en Salud Pública asegura que "es posible que provoque situaciones de más riesgo que pueden significar algunos casos más", pero, en todo caso, llama a la cautela: no será una medida neutra en términos de transmisión, pero tampoco se prevé un "apocalipsis" como determinadas voces auguraban tras el fin del estado de alarma. 

Coincide García. "Es más difícil de aplicar la norma y es más fácil que la gente se la salte. Es importante transmitir la información, que sea transparente, que las razones se expliquen bien y apelar a la conciencia de cada uno. Pero somos adultos y no nos tienen que decir lo que hay que hacer. Un exceso de paternalismo no es bueno". Una vez más: la Salud Pública ya no quiere ser el pepito grillo de la pandemia

¿El fin de las mascarillas hasta la próxima pandemia?

En los últimos meses, varios expertos se han manifestado a favor de mantener el uso de las mascarillas, no como obligación pero sí como recomendación, en los escenarios más peligrosos. Su uso puntual implica poco coste personal y un beneficio claro: nos podría librar de varias enfermedades de transmisión respiratoria comunes, como los resfriados o las gripes. Sin embargo, los especialistas consultados, aun reconociendo las bondades de esta particular prenda, no tienen claro que una tendencia así se pueda imponer. 

"Culturalmente no estamos en ese punto. Aunque llevemos más de un año con la mascarilla puesta, somos países distintos a los asiáticos", asegura García, que apunta a que, psicológicamente, será difícil mantener en el tiempo una medida asociada indisolublemente a una época de shock. "Asociamos estas medidas higiénicas a momentos malos y se tiende a olvidar lo malo". Coincide Gullón, que recuerda que hay otra lección aún más valiosa y útil que todos debemos aprender para cuando termine la pandemia. No se acude al puesto de trabajo cuando se sufre un constipado, mucho menos una gripe, y hay que evitar en la medida de lo posible salir de casa.

Durante mucho tiempo hemos vivido con la ilusión de que ninguna enfermedad es transmisible por el aire. Y no es verdad. La mascarilla, admite, sí puede tener sentido en esta circunstancia concreta: para evitar la dispersión de gotitas cuando tenemos que hacer un desplazamiento inevitable y ya sufrimos síntomas. Pero para cumplir esta recomendación no solo basta con la intención individual. Hay que evitar las imposiciones, contrarias a la ley en muchas ocasiones, de jefes que obligan a sus empleados a trabajar enfermos. Incluso con covid. 

En definitiva, los especialistas celebran la "alegría social" de un fin de una restricción que no implica irresponsabilidad, sino que está marcando el fin de la pandemia y un horizonte hacia el que transitar. Llaman a mantener las precauciones, sí, pero también a evitar la postura "súper cómoda –apunta Gullón– de decir que todo va a salir mal y si sale bien, ah, es que lo decía por si acaso. La gente tiene que continuar con su vida. Creo que es lo adecuado".

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