La portada de mañana
Ver
La tormenta perfecta del extremismo en Europa descoloca a la derecha tradicional a las puertas del 9J

Plaza Pública

España o el riesgo del virus de las vanidades

Pau Solanilla

El escritor estadounidense Tom Wolfe publicaba en 1987 la novela La hoguera de las vanidadesLa hoguera de las vanidades (The Bonfire of the Vanities, en inglés). Una novela que presenta un cuadro de sátira sobre las costumbres de la sociedad de Nueva York en la década de 1980. El texto caracteriza el universo de los adinerados ejecutivos de finanzas y sus interacciones con el resto de la sociedad. La obra se inspiraba a su vez en la Hoguera de las vanidades, evento histórico ocurrido en Florencia a fines del siglo XV (Falò delle vanità). En aquellos sucesos, los seguidores del monje Girolamo Savonarola quemaron en público miles de objetos durante la fiesta del Martes de Carnaval por considerarlos pecaminosos. Savornarola estaba obsesionado por el uso de objetos que consideraba vanidosos como espejos, maquillajes, vestidos refinados, instrumentos musicales, manuscritos y libros que consideraba inmorales, o pinturas sobre temas mitológicos clásicos realizados por el afamado pintor Botticelli.

La novela de Wolfe de los años 80 por su parte, explica cómo el dinero y la fama resultan inútiles para salvar a un individuo cuando se reúnen en su contra situaciones y circunstancias muy desfavorables y la hipocresía del juego de apariencias con convenciones sociales que cambian según las conveniencias del momento. Es una buena metáfora sobre el momento en que vivimos para cuestionarnos cómo vamos a afrontar la salida de esta crisis sanitaria y económica. Cuando apenas nos recuperábamos de los devastadores efectos de la crisis financiera global de 2008, el COVID-19 y la crisis sanitaria han venido a implosionar nuestras sociedades poniéndonos de nuevo a prueba como país y como sociedad.

La prioridad está centrada en atender la crisis sanitaria y adoptar medidas de choche para evitar el colapso económico y el shock social. Pero una vez superada la fase crítica, deberemos reflexionar serenamente qué tipo de sociedad queremos reconstruir aprendiendo de las lecciones del pasado. En ese sentido, habría que replantearse algunas de las recetas tradicionales para salir de la recesión que se avecina aprendiendo de los errores de hace una década recordando quienes fueron los principales damnificados.

La vanidad es uno de los pecados capitales de la política y de la economía de los últimos tiempos, representada por el dominio del ultraliberalismo económico que se ha mostrado como un “vicio maestro”. Un tipo de arrogancia y soberbia que ha sido la característica mayoritaria de las élites políticas y económicas a lo largo de las últimas décadas y que ha costado mucho sufrimiento a millones de personas. Una vanidad que corremos el riesgo de repetir. Los otrora mesías de la austeridad y del libre mercado, claman hoy por medidas contundentes de rescate para las empresas y estímulos económicos para evitar el colapso de la economía. Es evidente que hay que hacerlo, existe un amplio consenso sobre ello y el Gobierno ha respondido con un contundente plan de movilización de doscientos mil millones de euros. Un plan de choque del 20% del PIB de España de los cuales más de la mitad corresponden a recursos públicos. Hay que atender la emergencia sanitaria y social y en especial proteger a los grupos y colectivos más vulnerables de nuestra sociedad.

¿Pero que pasará una vez dejemos atrás la emergencia social?. Transcurridos unos meses y recuperada una cierta normalidad, volveremos a escuchar a los profetas de la austeridad y del libre mercado mínimamente regulado, exigir la retirada del Estado de la economía. Demandarán medidas contundentes y recortes para volver a la consolidación fiscal por la vía rápida. La paradoja a la que nos enfrentaremos es, que aquellos que están cuidando hoy de nosotros y garantizando los servicios básicos y luchando en la primera línea de combate contra el virus, pueden ser los principales damnificados de los futuros recortes. Salimos todos a los balcones de forma unánime para aplaudir a los trabajadores del sector sanitario, un reconocimiento igualmente extensible a limpiadores, personal de mantenimiento, cajeras de supermercados, reponedores, transportistas, policías o militares. Unos colectivos de trabajadores de clase media y media-baja que se caracterizan por tener salarios no especialmente altos.

Es por ello, que hay que levantar la voz desde hoy, y además de reconocer su sacrificio, comprometernos a que mañana seremos los demás los que los protegeremos a ellos con políticas públicas inclusivas y solidarias. Será el momento de demostrar la generosidad de la sociedad en su conjunto y en especial de las rentas más altas para que hagan igualmente esfuerzos por proteger y cuidar de los que hoy se la juegan por nosotros. De la misma manera que proclamamos que la manera de vencer al virus es todos juntos, debemos comprometernos a que nos recuperaremos económicamente y nos protegeremos todos juntos. Las élites y las clases con rentas más altas o rentas medias-altas, estamos refugiados en casa mientras otros corren riesgos por nosotros. Es algo que no debemos olvidar. Igual que en la novela de Wolfe, la crisis del coronavirus nos muestra que el dinero y la fama resultan inútiles para salvar a un individuo de la infección del coronavirus. Estos días pedimos responsabilidad individual y colectiva haciendo buena la legendaria frase atribuida a Alejandro Magno "de la conducta de cada uno depende el destino de todos". No permitamos que venzamos al virus del COVID-19 pero quedemos irremediablemente contagiados de otro virus igualmente letal: el virus de las vanidades.

_________Pau Solanilla es consultor internacional  y asociado sénior en Red2Red

Pau Solanilla

Más sobre este tema
stats