Talento a la fuga

“En España la única salida para un científico es cruzar la frontera”

Lara Bossini, doctora en Genética.

Mientras otros niños aún aprendían a ensamblar sencillos mecanos juntando bloques de plástico, Lara Bossini ya soñaba con cortar, enlazar y secuenciar largas cadenas de ADN. Tenía apenas cinco años cuando, acompañada de su padre, visionaba el clásico de la ciencia ficción Blade Runner. Quedó impactada con la escena en la que el “replicante” Nexus, interpretado por Rutger Hauer, se enfrenta al hombre que afirma haber creado sus ojos. “Vi a un científico jugando con una cubeta en la que bailaban ojos que parecían salidos de la nada. Yo pregunté a mi padre: ¿Qué es ese hombre, papá? Y me contestó: “Un genetista”. Le pregunté que qué tenía que estudiar para hacer eso y cuando dijo 'biología'”, ya tuve claro que era eso lo que yo quería ser de mayor”.

Aquella película marcó definitivamente el destino profesional de esta almeriense de 29 años. Doctora en genética, ahora continúa su carrera profesional en el prestigioso Instituto Sanger de Cambridge, una de las instituciones dedicada a la investigación genómica y genética más prestigiosas del mundo.

Se marchó a Cambridge hace apenas cuatro meses. Trabajadora del CSIC durante más de cuatro años, Lara no pudo rechazar la oferta laboral que le llegaba de uno de los centros más importantes del mundo en su especialidad. Con la promesa de encontrar la estabilidad profesional que difícilmente hubiese hallado en España, emprendió su viaje a Inglaterra. “Me fui porque aunque me hubiera podido quedar en mi laboratorio, las opciones que se me presentaban una vez concluido mi contrato eran muy pocas”, afirma a infoLibre mientras apura los últimos días de Navidad rodeada de su familia y amigos.

“Tras cada contrato, era un salto al vacío: “¿Me renovarán, no me renovarán?”, afirma ilustrando la incertidumbre a la que está expuesto el personal investigador de la institución pública científica más importante de España. Una institución, que denuncia, en los últimos años se ha convertido en un “moridero” de investigadores que no repone sus plantillas. “Basta observar la edad media de los científicos titulares del CSIC, contar a cuántos doctorandos forma, y cuántos se contrata. Da la sensación de que el planteamiento es dejar que se extinga”.

Convencida de que “no se ha aprendido nada de la crisis”, Lara denuncia el estancamiento en un modelo productivo que condena a España a ser un país de servicios para el resto de Europa. “No existe conciencia de la evolución como país. Desde las instituciones políticas se nos trata como una cantera de gente a la que se forma con dinero e inversión pública y de la que luego se aprovechan en Europa”, protesta, al tiempo que reclama la concreción de las numerosas promesas que en campaña han emitido los principales líderes políticos en favor de la ciencia. “No me basta que algunos se envuelvan en la bandera y prometan que traerán a tres mil científicos de vuelta. Quiero que me expliquen en qué condiciones y a quienes se van a traer. Quiero saber cuál es su plan”, exige con la misma con la misma convicción en la que cree en las posibilidades de cambio del país que acaba de abandonar. “Creo que estamos en un momento de nueva transición”, asegura. Un proceso en el que solo pudo participar a través de la campaña “rescata mi voto”, la iniciativa con la que Marea Granate invitaba a los abstencionistas a ceder su papeleta electoral a aquellos emigrantes a los que la telaraña burocrática del voto rogado impidió participar en los comicios del 20 de diciembre.

Pero Lara no dirige sus críticas únicamente a la esfera política, sino que también a la propia comunidad científica a la que pertenece. Un segmento profesional que, según afirma, ha visto pasar la crisis económica delante de sus ojos sin que la indignación por los recortes haya trascendido más allá de las charlas de café entre colegas. “A los investigadores nos falta realidad, por eso no se ha producido ninguna marea de científicos durante estos años capaz de arrastrar el interés de la sociedad”, afirma apuntando a una supuesta ausencia de conciencia colectiva en su sector. “No hemos sido capaces de comunicarnos con la sociedad, y por ello hay una escasa conciencia de lo que representa nuestra labor”. Una actitud que ha allanado el camino a unos recortes que apenas han suscitado la masiva indignación ciudadana de aquellos emprendidos en sectores como la sanidad o la educación. Sin ninguna marea a la que acogerse, pide un esfuerzo de solidaridad a sus colegas. “No hay apoyo de los científicos establecidos. Echo de menos que algunos de esos funcionarios que tienen su plaza asegurada, hagan algo, aunque sea simbólico, por esa gente que viene detrás”.

Tras apenas cuatro meses en Cambridge, esta andaluza ha descubierto que otra forma de hacer ciencia es posible. Como doctora especializada en el estudio de las enfermedades autoinmunes, Lara se ha encontrado con una sociedad volcada en el apoyo de sus investigadores. “Trabajo en una institución sin ánimo de lucro cuya vía de financiación es mayoritariamente pública. Para los ingleses su ciencia es una cuestión de orgullo nacional”, una circunstancia que la ha empujado a sumar a sus conocimientos técnicas de comunicación que en España jamás le habrían requerido. “Igual que se exige que no haya un gasto superfluo, se exige que se dé difusión a lo que se investiga. Nos enseñan a comunicar qué es lo que hacemos, el impacto que tiene en la sociedad y por qué es tan importante”.

¿Volver? “Solo a un precio de dignidad”, responde con rotundidad. “No voy a regresar por tres años de contrato mileurista sin además saber lo que pasará mañana. No quiero volver y ver cómo el asesor científico de tal político, que no ha pisado un laboratorio en su vida, cobra mucho más que un científico de renombre”. Aún así confiesa que estaría dispuesta a renunciar a parte del nivel de vida alcanzado en Cambridge si algún día se encontrara con un Gobierno capaz de ofrecerle la seguridad y continuidad laboral que ahora niega a un sector al que los recortes y la crisis han precipitado al abismo del precariado. “En España la única salida para un científico es la frontera”, concluye.

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