Talento a la fuga

Precariedad o exilio: Las dos caras de una generación

Precariedad o exilio: Las dos caras de una generación

Ni Elisa Martínez ni Miriam Justicia eligieron un destino habitual entre los expatriados. Diplomada en magisterio y graduada en Periodismo respectivamente, estas dos españolas de 25 años se decantaron por Saffron Walden para vivir una experiencia au pair en el seno de la misma familia británica. Situado a medio camino entre la prestigiosa ciudad universitaria de Cambridge y la capital del país que las acoge, este pequeño y apacible pueblo inglés es el espacio donde se han cruzado sus vidas y las de una reducida comunidad de españoles. Desde allí, ambas atienden a infoLibre por videoconferencia.

Elisa es ahora profesora de apoyo en un instituto cerca de Saffron Walden. Sin embargo, su escalada profesional en el mercado laboral le ha costado dos años y medio de estancia en Gran Bretaña. Hasta allí llegó desde Reinosa (Santander) a través del programa au pair sin más intención que la de mejorar su inglés y regresar a España. Tres años después, sus perspectivas han dado tal vuelco, que el retorno a su país se dibuja cada vez más improbable: “¿Por qué volver a España?”, se pregunta. “La respuesta tiene que ser por una razón de peso. Aquí está todo lo que me gusta. Y, aunque he dejado atrás a familia y amigos, me digo a mí misma que tengo un trabajo para el que me formé que en España no podría tener ni en sueños”.

Los planes de Miriam son bien distintos. Esta graduada en Periodismo, que reconoce no tener claro hacia dónde enfocará su carrera profesional, sí se ha propuesto intentar poner en valor su experiencia internacional en su país natal. Alojada en la casa de la misma familia a la que un día Elisa atendió como au pair, apura sus últimos meses en Inglaterra para obtener un título que certifique su nivel de inglés. “Hasta que no consiga un B2 o C1, no me voy. Y calculo que será en navidades”, asegura.

“Yo fui la primera que llegó hasta la casa donde ahora está Miriam. Tuve mucha suerte, porque me trataron muy bien”, explica Elisa consciente de que se adhirió a un programa internacional desregulado, que deja un amplio margen para el abuso laboral. “Como sabrás, se producen situaciones muy duras”, expone. “Recuerdo que quedábamos varias chicas y algunas contaban que estaban viviendo casos de explotación. A una le tiraron las cosas por la ventana”. Un escenario que ambas han logrado esquivar. “Esta es una experiencia que depende exclusivamente del talante de la familia con la que te encuentres”, concluye Elisa.

Elisa Martínez se fotografía delante del Palacio de Westminster en Londres.

El buen tino de Elisa al elegir familia en Saffron Walden permitió a Miriam, meses después, sortear el azaroso y costoso paso intermedio de las empresas de selección de personal. “Al principio busqué por páginas web de au pairs donde te pedían que indicaras tu edad y mandaras una foto. Tú no sabías quién había detrás. Parecía trata de blancas”, recuerda Miriam. “Al final”, explica, “contacté con mi prima, que había estado en esta casa antes que Elisa y me ahorre los costes de las agencias. Y por eso nos conocemos”, concluye. Ahora, asegura, disfruta de unas condiciones difícilmente alcanzables por las chicas que eligen esta opción para marchar al extranjero. “Me lo pagan todo: la manutención, la academia de inglés, 140 libras semanales para mis gastos y el teléfono. Además me tratan muy bien”, expone.

Y, aunque el recorrido de ambas tiene marcadas diferencias, a las dos les une su origen y la experiencia de marchar al extranjero. Una situación que propicia encuentros habituales entre los españoles que han elegido el mismo destino que ellas. “Acabas buscando el contacto con españoles. Empatizas con ellos, te das cuenta que tienen los mismso problemas que tú, los compartes en tu lengua materna y te sientes comprendido. Eso es algo que difícilmente podrás compartir con un inglés”, explica Elisa, que tras tres años de estancia en Inglaterra, y a pesar de tener un novio inglés y estar plenamente integrada en su sociedad, sigue buscando el calor de sus compatriotas. Miriam, que avanza cada vez con más soltura en el aprendizaje del inglés, se expresa en el mismo sentido: “Yo no habría podido estar tan bien si no me relacionase con españoles. Saber que están ahí y que te pueden ofrecer su ayuda o una casa si pasa algo, aporta cierta sensación de seguridad”, afirma.

Mientras Miriam proyecta su regreso en unos meses, Elisa se incorpora al sistema educativo británico. En poco más de medio año, esta diplomada en magisterio y graduada en educación especial se ha hecho con una oportunidad laboral inusitada en España. A Elisa le bastó una entrevista de trabajo y ocho meses de experiencia para firmar un contrato permanente en el instituto para el que trabaja. Una favorable circunstancia que, sin duda, frena su interés por volver a su país natal. “¿Pudiendo trabajar aquí en algo para lo que me formé y me gusta, por qué me voy a ir a trabajar a España en algo que no es lo mío?”, se pregunta a sí misma. “Con la edad que tengo ya quiero una estabilidad económica sin depender de mis padres. En Inglaterra no tengo ese miedo tan común a que se te acaba el contrato. Aquí hay trabajos de sobra. El paro no es una opción”, concluye.

Por su parte, Miriam se prepara para enfrentarse al saturado mercado laboral español. “Me gusta el periodismo escrito”, confiesa, pero la precariedad a la que se ha visto sometida la profesión, ha terminado por desanimarla a explorar esta vía profesional. “No quiero acabar de becaria trabajando 12 horas al día por 500 euros”, rechaza. Sumida en la incertidumbre propia de la generación a la que pertenece, deja en el aire la posibilidad de presentarse a unas oposiciones que le garanticen la tan difícilmente alcanzable estabilidad económica.

Miriam y Elisa dibujan ahora trayectorias profesionales distintas. Dos caminos que sin embargo, convergen en el punto en el que se encuentra toda una generación de españoles. Una generación que se debate ahora entre la precariedad laboral española o el exilio.

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