Cataluña

¿Por qué se quieren largar los catalanes?

¿Por qué los catalanes se quieren largar?

Sergi Picazo

La guerra de banderas es el más visible, simbólico y quizá superficial terreno de reivindicación nacional –de unos y de otros– en esta, según poesía de Salvador Espriu, “pobre, sucia, triste, desgraciada” Cataluña de hoy. Esteladas, señeras o rojigualdas adornan los balcones como no se había visto antes. Los acontecimientos políticos se han atropellado en los últimos cinco años. El choque de placas tectónicas iba a ser tan profundo y ruidoso que pocos lo vieron venir. Desde el fracaso del Estatut de Autonomía hasta la manifestación del millón de catalanes del 11 de Septiembre, el seny (sentido común) catalán ha dado paso a la rauxa (furia). ¿Durará? ¿Llegará hasta el final? Terremoto de 10 grados, escala de Richter. La Transición se acaba aquí. Ahora comienza la Historia.

Yo me crié en uno de esos barrios del extrarradio de la Barcelona de los años ochenta: el Carmelo. Aquella montaña era un laberinto de callejuelas empinadas, geranios obreros en las ventanas y muchas ganas de salir de ahí. Nunca oí hablar en el barrio sobre independencia. Todos daban apoyo a la selección española de fútbol –incluso cuando no pasaba de los cuartos de final–, hablaban castellano y solían votar a socialistas o comunistas. Sin embargo, nadie tenía ninguna duda de que sus hijos fueran del Barça, tuvieran que aprender catalán y los bocadillos de la merienda se hicieran con pà amb tomaquet. Ahora mi barrio, a medio camino de Serrat y Sabina, del pulpo gallego y de la escudella barrejada, vislumbra con escepticismo e ilusiones el innegable proceso soberanista catalán. De algunos de los pequeños balcones del barrio cuelgan banderas españolas, pero también alguna, aunque menos, catalanas.

Casi todos los veranos pasaba unos días en casa de mis tíos en la Costa Brava. En aquel pueblecito de L'Empordà, los niños jugaban al fútbol en catalán y se peleaban en catalán. Hoy allí el independentismo es mayoritario. Mi tío, que había nacido murciano y tan obrero como el que más, habla un catalán con indiscutible acento gironí, se siente más catalán que español y es lo más parecido a uno de esos viejos pescadores de L'Empordà de los que hablaba Josep Pla.

Sal de mar en las heridas, atardecer mediterráneo, tramontana golpeando las ideas. La Costa Brava, a medio camino de Llach y la rumba, que lloró al ver partir a Machado al destierro de Collioure, que acoge turistas suecas o de Calatayud, vislumbra con escepticismo e ilusiones el innegable proceso soberanista catalán. Hoy en las viejas masías se ven señeras y esteladas y, de vez en cuando, alguna rojigualda.

Se acabó el blanco y negro. Dejen los prejuicios en la papelera de reciclaje.

La política

Todo comenzó el 16 de noviembre de 2003. Hace 10 añitos ya. Aquel día las izquierdas catalanistas ganaban las elecciones por primera vez desde la Segunda República y ponían fin a la era pujolista. El intento federalista lanzado por aquel gobierno de Pasqual Maragall era una nueva oportunidad para la Iberia imaginada por Pi i Margall, la CNT, Francesc Macià, Lluís Companys, los luchadores antifranquistas del PSUC o del que fuera nombrado “Español del Año” por el diario ABC, Jordi Pujol... Pero la cosa topó con el mal humor del Tribunal Constitucional, la agresividad del PP y la desidia del PSOE. Después de ser aprobado por mayoría en el Parlament, en el Congreso y en las urnas, los jueces, a petición del PP, pusieron el freno de mano. Cataluña, según los 881 folios de la sentencia del TC, no es una nación (sino una nacionalidad), está integrada en la “indisoluble unidad de la nación española”, no puede hacer referendos, no tiene derecho a un sistema judicial propio y la lengua catalana no puede ser preferente en la Administración o la escuela. Aquello precipitó las portadas de los diarios y las protestas en las calles.

El PSOE y el PP, los dos partidos mayoritarios en España, habían señalado el fin de la autovía autonómica: el PP, campaña de recogida de firmas mediante, no aceptaba ni siquiera el Estatut “cepillado” salido de la comisión presidida por Alfonso Guerra; y el PSOE, pese a que Zapatero prometió “apoyaré el Estatut que salga del Parlament”, no consiguió imponer su tesis de un sistema federal.

¿Y los intelectuales progresistas españoles? ¿Protestaron en los Goya los actores? Silencio. No es nuestro problema. En 2005, en pleno debate estatutario, Òmnium Cultural, la entidad cívica con más socios de Cataluña, montó un acto de apoyo al Estatut en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Pocos, muy pocos políticos o intelectuales no catalanes apoyaron la iniciativa, salvo Santiago Carrillo, Gaspar Llamazares o los profesores Javier Sádaba y Carlos Taibo.

La España plural de Zapatero mostraba sus límites. Hasta aquí se puede llegar. Ni un centímetro más. El portazo fue ensordecedor. El sueño federal –quizá solo soñado por los catalanes– se hizo trizas. Zapatero, igual que negaba la crisis, negó la bomba de relojería catalana. El entonces presidente catalán, José Montilla, nacido en Iznájar (Córdoba), poco sospechoso de independentismo, avisó una y otra vez de lo que se venía a sus camaradas del Comité Federal. “José Luis, te queremos mucho, pero queremos más a Cataluña”, le dijo a ZP en un mitin.

Sepharad confiaba en que las aguas volvieran a su cauce por arte de magia. Sucedió justo lo contrario. El independentismo hoy, según todas las encuestas publicadas el último año, ya es la primera opción de los catalanes. Si abrimos el foco, se ve mejor. Las encuestas del CEO (las más amplias que se hacen en Cataluña) preguntan qué modelo de relación con España prefieren los catalanes: Estado independiente, federal, autonómico o centralista. Primera foto: la independencia recogía en 2005 un exiguo 13% mientras que hoy ronda el 45%. Segunda foto: la opción federal siempre fue la favorita y, si se sumaba a la autonómica, rebasó durante la última década el 60% de apoyo. Tercera foto: el terremoto se deja sentir la primavera de 2012 cuando por primera vez la independencia superó al federalismo: 34% a 28%. Desde entonces la opción de largarse se ha disparado.

Las últimas elecciones catalanas, convocadas por un Artur Mas al filo del precipicio después de pactar con el PP los mayores recortes sociales, cambiaron el panorama. Por primera vez, los dos partidos nacionalistas, CiU –con un cada vez menos ambiguo soberanismo– y ERC –apostando por el independentismo exprés– fueron primero y segundo y han unido fuerzas para convocar una consulta sobre la independencia. En el Parlament están de acuerdo en ejercer el derecho democrático a decidir 107 de los 135 diputados: en contra, PP y Ciutadans. Según una encuesta del Gabinete de Estudios Sociales y Opinión Pública, el 70% de los catalanes desea votar en una consulta el futuro estatus catalán.

El eje izquierda-derecha se está viendo desplazado, sobre todo en los medios de comunicación, por el eje nacional España-Cataluña. El independentismo se ha convertido en lo más parecido a un movimiento de masas: está en la calle (manifestaciones), realiza actos simbólicos y populares (este 11 de septiembre se hará una cadena humana de norte a sur, unos 460 kilómetros, emulando la Via Báltica de 1989 impulsada por los independentistas de los países bálticos), crea organizaciones nuevas (Asamblea Nacional Catalana) y tiene el apoyo de Convergència, la familia Pujol, ERC, las CUP, Òmnium, artistas como Dyango o Lluís Llach, exdirigentes socialistas como Antoni Castells o Ernest Maragall, referentes del 15-M como Arcadi Oliveres o la monja benedictina Teresa Forcades. El historiador y articulista Joaquim Coll, contrario al independentismo, admite el éxito del reclamo: “Ponen paradas los fines de semana en los mercados, cuelgan estelades gigantes o encienden miles de velas en las plazas de los pueblos. Eso ofrece una imagen romántica de un momento que ellos ven como histórico”.

El analista Josep Ramoneda, que tampoco es independentista, escribió en el diario El País que el éxito del independentismo ha sido proponer algo que hoy escasea: “Un proyecto político”,“la construcción de un futuro distinto”. “Derecha e izquierda”, según Ramoneda, “se escudan en el día a día para evitar el verdadero debate político. Solo el independentismo ha roto este pacto implícito. La ciudadanía quiere sentirse partícipe de proyectos que ilusionen y no solo carne de cañón de la impotencia de la política frente al dinero”.

El dinero

La crisis crispó aún más el debate. Cataluña, la antigua locomotora de la Península, se hundía. Ya no inventaba nada, ya no lideraba nada. La industria, desde el textil que hizo nacer la burguesía hasta la automovilística Seat, se deslocalizaba. Cataluña quiso participar en la fabricación del Eurofighter, y se lo dieron a Albacete. Cataluña tuvo AVE después de Ciudad Real y Toledo. El sistema de cajas de ahorros catalán se hundió en solo dos años.

¿Y la industria editorial que publicó a García Márquez, Vargas Llosa, Vila-Matas o Quim Monzó? Ciudad de los prodigios en declive. Sólo resiste el turismo, algo de exportación (vinos, cava, tecnología) y el Barça. Todo se decide en Madrid, alegan muchos catalanes de perfiles muy distintos. Incluso el cabreo de los empresarios, siempre apostando por el seny, el famoso sentido común catalán, comienza a ser llamativo.

La puntilla es el déficit fiscal de la Generalitat respecto al Estado de los últimos 30 años. CiU, ERC e incluso PSC, ICV-EUiA y el PP están de acuerdo en que los recursos que aporta la Generalitat a las arcas de Hacienda y que luego no vuelven en forma de inversiones y gasto social en territorio catalán deberían reducirse. Cataluña, según las balanzas fiscales publicadas por el Ministerio de Economía en 2010, aportaba como la segunda autonomía –por detrás de Baleares– y en cambio recibía por debajo de la media. Cada catalán aporta al Estado unos 2.000 euros anuales más de los que recibe.

Esta reivindicación ha provocado que desde algunos puntos de España se tildara a los catalanes de insolidarios y egoístas. No se discute, sin embargo, el concierto foral del País Vasco y Navarra. El argumento lo usó el presidente Artur Mas para intentar conseguir un “nuevo pacto fiscal en la línea del concierto” durante el año 2012. El Gobierno de Mariano Rajoy le dio un enésimo portazo. No se sabe si Mas quería realmente negociar; lo que es seguro es que Rajoy no tenía nada que ofrecer.

El problema fue que aquella no era una negociación normal en el antiguo esquema pujolista, el que había funcionado durante años con distintos gobiernos. Ahora las cosas eran diferentes porque, unos días antes del encuentro entre Mas y Rajoy, el 11 de septiembre de 2012 un millón de personas colapsó las calles de Barcelona en una histórica manifestación. Había sido la celebración más multitudinaria de la Diada Nacional de Cataluña. La marcha tenía un lema inequívoco: “Cataluña: nuevo Estado de Europa”. Estaba claro que el marco mental del catalanismo político había dado un salto cualitativo.

La identidad

El Gobierno del PP no cedió ni un milímetro y dio alas al argumentario independentista de que España “nos odia” y “nos maltrata”. La involución centralista, el déficit fiscal, el boicot a los productos catalanes (como el cava), la caída de las inversiones en infraestructuras, pagar peaje para ir a cualquier lado, las sentencias judiciales contra el modelo de inmersión lingüística en las escuelas, la Ley Wert de Educación y su “interés por españolizar a los niños catalanes”, la unidad de mercado… Tampoco ayudaban al entendimiento los exabruptos de algunos dirigentes políticos tanto del PP como del PSOE.

Las finanzas de la Generalitat tocaron fondo. La antigua locomotora no tenía ni para pagar las nóminas de los profesores, médicos y mossos d'esquadra. Nadie en el mundo le presta dinero a un interés tolerable. La comunidad autónoma recortó su gasto público antes que nadie y ha reducido el presupuesto de sanidad o educación en torno al 15% en los últimos dos años. El orgullo estaba tocado. Los que se creían invencibles mordían el polvo. Las cifras del hundimiento han afectado a las clases medias y, sobre todo, a los más débiles. Las cifras de pobreza extrema se han multiplicado por cinco desde 2008 y la tasa de riesgo de pobreza alcanza un 25% de la población. Sólo Cáritas atendió a cerca de 290.000 personas sin recursos en 2012, y 50.000 niños catalanes están en riesgo de malnutrición a causa de la crisis: si no van a la escuela, no comen.

El relato económico independentista, crítico con el despilfarro, la corrupción y la burbuja inmobiliaria, hace fortuna entre clases medias urbanas e incluso entre clases más bajas en la Cataluña de comarcas. “Piensan que la respuesta a la crisis es la independencia, la ven como una utopía activa”, opina Joaquim Coll. “Tiene un olor progresista y liberador, aunque en el fondo interese a los sectores más neoliberales”, asegura.

Cataluña no es una cuestión de comunidades étnicas enfrentadas. Para el nacionalismo importan, y mucho, la lengua, la cultura, una forma de ser y de entender el mundo, la bandera, Montserrat y el Barça. Pero el independentismo realmente existente se parece más a un caos difícil de entender porque la identidad ya no determina necesariamente el voto a favor o en contra en un hipotético referéndum. El mito del conflicto entre el burgués nacionalista de derechas y el obrero federalista de izquierdas pierde aguas. Si se cruzan los datos de las encuestas resulta que el 70% de los que votarían sí a la independencia se sitúan a la izquierda. En las últimas elecciones, los mejores resultados para el PP en Barcelona se produjeron en Pedralbes (el barrio más rico y burgués) y en Nou Barris (distrito obrero); los nacionalistas de CiU y de ERC arrasaban en comarcas rurales de Vic o Manresa y en barrios modernos y bohemios barceloneses como Gracia o Sants; Iniciativa, los antiguos comunistas, y el fenómeno de las CUP, de extrema izquierda independentista, suman más votos en barrios de clase media de Barcelona que en los antiguos feudos obreros.

En el Madrid de los ministerios y las embajadas no se quiso ver que una nueva generación de catalanes, sin los miedos del 18 de julio ni los tabús de la Transición, ha decidido pasar a pedir algo que en los años noventa era minoritario: la independencia. Lo explica Ramoneda: “Esa nueva generación ha sido formada en la escuela catalana, con unos referentes culturales distintos y ha asumido con naturalidad la condición de Cataluña como país. Los hijos de quienes llegaron a Cataluña en los años sesenta desde el resto de España nacieron aquí y tienen unos parámetros sentimentales distintos”.

El choque de placas tectónicas puede hacer daño. El nacionalismo español no se ha quedado esperando. Justamente, en las últimas elecciones catalanas, PP y Ciutadans crecieron. El PSC, que apuesta por el federalismo y que asumió la identidad de los charnegos, es hoy el paradigma de un partido en crisis. A un suspiro de romperse. En 2010 gobernaban la Generalitat, el Ayuntamiento de Barcelona, las diputaciones y tenían ministros en Madrid. Lo perdieron casi todo. Cataluña se convertirá en 2014 en un laboratorio político televisado, leído y tuiteado desde toda Europa. ¿Están ustedes preparados? Vuelven tiempos revueltos. La pena es que en los sesudos análisis de la prensa internacional no vaya a aparecer merodeando por el barrio del Carmelo ninguno de los personajes del novelón de Juan Marsé Últimas tardes con Teresa. ¿Sería hoy el Pijoaparte un independentista?

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