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La Valencia que deja en herencia Rita Barberá: una ciudad para mirar pero no tocar

La exalcaldesa de Valencia por el PP, Rita Barberá, atendiendo a los medios a su salida de la sede del Supremo tras declarar como investigada.

Sergi Tarín | Valencia

El 15 abril de 2007 Barberá coronó la cúspide del clímax, un lugar rimbombante y por supuesto muy alto, donde no existe la noción del suelo y se confunde lo etéreo con lo etílico. Valencia acababa de ser elegida sede de la 32 edición de la Copa del América y se celebró con una fiesta VIP en el Mercado Central. Fue una noche fresca alfombrada por la luz de los focos. Demi Moore, Agatha Ruiz de la Prada, Beatriz de Orleans… Y entre todas y por encima de todas, Rita Barberá, la más aplaudida por el pueblo raso tras el corsé de las vallas. Una muchedumbre feliz con derecho a mirar, pero sin tocar.

Y así fue la Valencia de Rita Barberá. Efímera, de atrezzos cambiantes y cara. Es decir, burguesa, muy burguesa. Una burguesía del Ensanche, profundamente española con alguna concesión al valenciano en el eructo de la sobremesa. Muy pía en fiestas de guardar. Franquista, pero democrática. Si Rita se llamó Rita es por la devoción de su padre, falangista irredento, por Santa Rita de Casia cuando trabajó de joven en Roma para El Siglo Futuro, órgano de la Unión Antimasónica Española.

Una ciudad para ser contemplada con prismáticos, aguas adentro los veleros de los ricos del mundo en competición. O el fulgor estridente de los bólidos en los premios de la Fórmula 1. De aquello apenas quedan los solares donde se alzaban las pirámides de gradas. Allí también se untó los morros la trama Gürtel Gürtel. Y el perímetro vacío de las sedes de los veleros, refugio durante años de colonias de gatos. Una Valencia para mirar, pura porcelana de Lladró frente al tresillo, junto al vestidor. Y pura piedra de Calatrava, ceramista a gran escala con sobrecostes del 300% en la Ciudad de las Artes y las Ciencias.

“Una ciudad para visitar y no para vivir”, criticó el actual alcalde Joan Ribó. Como París, la ciudad preferida de Barberá, adoradora del barón Haussmann y sus bulevares y líneas rectísimas. Un trazo obsesivo e inútil con el que la exalcaldesa quiso borrar El Cabanyal, antiguo barrio de pescadores de Valencia y Bien de Interés Cultural (BIC). El plan consistía en derruir 1600 viviendas de alto valor histórico para prolongar la avenida de Blasco Ibáñez hasta el mar. El lápiz burgués sobre el mapa: una vía rápida para los coches desde el centro. 17 años de acoso y degradación del barrio, de amenaza diaria. “Todo tipo de dolor humano es una noticia triste, pero no olvidamos todo el daño y sufrimiento que Rita Barberá ha causado a tantas personas del Cabanyal”, expresaba este miércoles un comunicado de la plataforma Salvem, contraria a los derribos. Y culminaba: “Muchas personas han muerto con el dolor de no saber si sus casas y, por tanto, su memoria, perdurarían en el tiempo o serían destruidas”.

Un Cabanyal que supo resistir tras la experiencia de La Punta, la primera gran actuación de Barberá a mediados de los noventa. Aquel fragmento de huerta fértil, último reducto de barracas cerca del mar, fue arrasado por una ampliación del puerto que aún sigue sin ejecutarse y que, a la postre, los tribunales han declarado ilegal. De hecho, a Barberá la huerta le provocaba un apetito voraz por la cartografía y el lápiz indomable. En 2008 recalificó un millón de hectáreas para convertir el verde en gris. Todo por Haussmann. Pero Valencia nunca fue París y sí un lugar de promisión para los promotores que se dejaron los pulmones hinchando la burbuja inmobiliaria. No pocos solares rodean la ciudad recordando la palabra mágica de los tiempos del delirio: PAI, Plan de Actuación Integrada.

Y Valencia creció, se ensanchó con poca finura y mucha prisa. Más que los políticos, la oposición a Bárbera se hizo desde la ciudadanía. Y le ganaron algunas batallas. La del Cabanyal y la del Botánico, en cuyas inmediaciones había otorgado licencia para edificar torres que habrían dejado sin sol, mortalmente, a numerosas especies únicas del jardín. Ahora todo será un parque. Y cuesta encontrar, si es que la hay, la firma de Rita Barberá sobre el mapa urbano tras 24 años como alcaldesa. El jardín del viejo cauce del Turia y la Ciudad de las Artes y las Ciencias son proyectos aprobados anteriormente, por el PSPV-PSOE. Y su gran plan de soterrar las vías y de Parque Central no consiguió remover un solo metro de tierra durante su mandato. Su círculo más cercano siempre destacó que ansiaba dejar su firma con la prolongación de Blasco Ibáñez, su trozo de Haussmann en la historia de la ciudad. Pero todo quedó en humo. Humo de bólido. Y espuma de velero.

Un partido sin esencia

El Ayuntamiento de Valencia saca a subasta por segunda vez los coches oficiales de Rita Barberá

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Barberá fue, en gran medida, la esencia de Partido Popular. Discípula de Fraga y carnet número 3 de Alianza Popular. Diputada en les Corts desde 1983 y alcaldesa desde 1991. Su expulsión con forma de baja voluntaria del partido fue el golpe más duro. El PP dejaba de ser el PP, una cáscara sin sustrato. Desde Valencia, Barberá lo había sido todo. En sus equipos de gobierno se forjaron los Camps, Olivas y Cotino. Toda una época crecida en el salón Pompeyano del Ayuntamiento y pisando el azulejo Nolla, su segundo apellido y el primero de su tatarabuelo, un industrial de Reus (Tarragona) que vistió con su ladrillo de gran calidad algunos de los principales palacios y monumentos de Europa.

Por otro lado, Barberá jamás accedió a ocupar cargo orgánico alguno. No era necesario. Era la Jefa y le gustaba que le llamaran la Jefa. Su único gran rival fue Eduardo Zaplana, con quien jamás simpatizó. Y los intentos regeneracionistas de Alberto Fabra le supusieron exabruptos y desplantes. Desmontar a Camps era desmontarla a ella. Barberá siempre estuvo detrás de todo y de todos. “Cuidado con lo que decís”, amenazó a Isabel Bonig, la actual líder del PP valenciano, cuando ésta empezó a solicitar públicamente que se apartara de la vida pública tras su implicación en el caso Taula.

La soledad ha sido el último traje, ya nada rojo, de la agonía de una Barberá escondida y acosada en su torre de marfil con cortinas demasiado breves para tapar el gran desastre. Una jaula imposible para quien sintió toda la ciudad como una dependencia más de su viejo piso burgués. Quizá un lugar ya demasiado ajeno, muy poco amable, para morir con un mínimo de paz.

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