Los varones jóvenes abrazan la identidad católica mientras las mujeres de su misma edad se alejan de ella

Algo ha cambiado en la relación de los jóvenes españoles con la religión, y los datos no apuntan en la dirección que cabría esperar. La secularización, que parecía avanzar de forma sostenida desde los años 80, ha encontrado un límite. Según el informe Laicidad en cifras 2026 y el estudio Jóvenes Españoles 2026 de la Fundación SM, la proporción de jóvenes de entre 18 y 24 años que se declara no religiosa bajó del 60,9% en 2021 al 55,4% en 2025.

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La caída no implica un retorno masivo a la misa del domingo. Lo que los sociólogos observan es más complejo y, en algunos tramos, contraintuitivo. La fe no ha desaparecido; se ha reformateado.

Durante décadas, la sociología religiosa española registró una constante: las mujeres eran más religiosas que los hombres. Los datos generales siguen confirmándolo. El 63,1% de las mujeres se declara religioso frente al 53,9% de los hombres. Pero en el tramo de 18 a 24 años la tendencia se ha invertido, y la velocidad del cambio ha sorprendido a los propios investigadores.

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Un análisis de microdatos del CIS elaborado por Funcas muestra que entre las mujeres de esa franja la identificación católica bajó del 36% en 2020 al 34% in 2025. En los varones del mismo grupo de edad, el movimiento fue en sentido contrario: del 33% al 41% en el mismo periodo. Ocho puntos porcentuales en cinco años.

Juan Carlos Rodríguez, investigador de Funcas, subraya que el fenómeno no se queda en la etiqueta identitaria. "También está creciendo el porcentaje de católicos de práctica frecuente", explica. "En 2020 eran, aproximadamente, el 4% de los varones de 18 a 24 años; en 2025 vienen a ser casi el 12%".

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Tres veces más en un lustro. Es el dato que más llama la atención de los especialistas.

Declararse creyente como acto de diferenciación

Rafael Ruiz Andrés, sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid, lleva años estudiando la identidad religiosa de los jóvenes españoles. Su diagnóstico apunta a un cambio cultural que va más allá de las estadísticas.

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Los jóvenes católicos, en su opinión, están saliendo del armario. En una sociedad donde el laicismo forma parte del sentido común de la clase media urbana, exhibir la propia fe tiene un efecto que antes no tenía: marca una diferencia.

“Hace tres décadas quizá un joven católico tenía reparos a expresarse como tal en la esfera pública, por los estereotipos”, precisa Ruiz Andrés en declaraciones recogidas por la Cadena SER. “A día de hoy no, no tiene ningún problema en manifestar sus creencias religiosas”.

La religión, en determinados contextos juveniles, ha adquirido un valor de distinción. No es la fe heredada del franquismo ni la devoción de los abuelos. Es una posición frente a algo más concreto: la inestabilidad de los vínculos, el individualismo sin red, la ausencia de marcos colectivos compartidos.

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La fragilidad como punto de entrada

La secularización no ha retrocedido, pero se ha topado con una generación que convive con niveles de incertidumbre económica y vital muy elevados.

Ruiz Andrés señala que la “acentuada percepción de fragilidad y de vulnerabilidad” es uno de los factores que conecta a los jóvenes actuales con preguntas de tipo religioso o espiritual. Las presiones laborales, la dificultad de acceso a la vivienda y la sensación de inestabilidad vital crean, según este análisis, una disposición más receptiva a los marcos de sentido que ofrece la religión.

Las redes sociales han actuado como amplificador. Según este experto, “los discursos religiosos se mueven bien por las redes sociales y alcanzan a jóvenes que a lo mejor no han tenido educación religiosa, pero que entran por primera vez en contacto con el catolicismo en las redes”. La comunidad digital sustituye, en parte, a la parroquia del barrio.

Nueva religiosidad cultural

El cambio no solo aparece en las encuestas. Ha producido fenómenos culturales con audiencias amplias. El movimiento juvenil Hakuna, surgido en Madrid y con ramificaciones en varios países, combina el culto carismático con la lógica de la comunidad digital: eventos multitudinarios, presencia activa en redes sociales y una estética deliberadamente contemporánea.

El último disco de Rosalía, Lux, incorpora referencias espirituales que han generado debate entre sus seguidores. Son indicios, no pruebas, pero los investigadores los señalan como síntomas de un estado de ánimo cultural que las encuestas empiezan a confirmar con números.

Aun así, la Iglesia Católica como institución sigue perdiendo peso. Los datos no ofrecen ambigüedad. En 1971, el 99,4% de los recién nacidos en España eran bautizados; en 2023 esa cifra se situó en el 47,5%. Los matrimonios religiosos representan hoy el 20% del total, frente al 77% de 1996. En Bachillerato, el 68,2% de los alumnos no cursa la asignatura de Religión.

La tensión entre esos dos movimientos —más identificación entre jóvenes varones, menos sacramentos en toda la población— es la clave para entender el momento. La socióloga británica Grace Davie acuñó hace décadas la expresión believing without belonging (creer sin pertenecer) para describir exactamente esta situación: personas que mantienen alguna forma de creencia o adscripción religiosa sin integrarse en la estructura institucional de ninguna iglesia.

En España, ese perfil se ha vuelto mayoritario entre los jóvenes. Más del 40% de los menores de 30 años se define como “espiritual pero no religioso” o como “no afiliado”. La búsqueda de sentido permanece; lo que se rechaza es la mediación institucional.

Lo que miden las cifras

El 31% o 34% de jóvenes de entre 18 y 29 años que todavía se declara católico es, en términos históricos, una fracción pequeña. Pero el cambio de tendencia en el tramo masculino —ocho puntos en cinco años— es lo suficientemente brusco como para que los sociólogos hayan dejado de considerarlo ruido estadístico.

El estudio Jóvenes Españoles 2026 señala que la dinámica no es lineal y que las oscilaciones a corto plazo dificultan las proyecciones. Lo que sí parece consolidado es el fin de la tesis de la secularización como proceso irreversible y uniforme. Las generaciones más jóvenes no son un bloque homogéneo. Dentro de ellas conviven trayectorias divergentes que las encuestas agregadas tienden a ocultar.

El porcentaje de jóvenes varones que asiste a misa con frecuencia regular —el 12% frente al 4% de hace cinco años— es la cifra que más incomoda a quienes creían tener el proceso bien calibrado.

Establecer a qué obedece este cambio es mucho más difícil que detectarlo. No obstante, a falta de estudios que profundicen en las causas, hay ya algunos trabajos que empiezan a encajar ese “giro masculino” de la religiosidad juvenil en un marco de socialización de género, búsqueda de identidad y reacción a cambios de valores.

El Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC) 2025, coordinado por el Observatorio de la Religión, confirmó que entre los 18 y 24 años las mujeres siguen declarando más “creencias religiosas” que los hombres (39% frente a 26%), pero, a la vez, se identifican menos con una religión (29%) que los varones de esa edad (42%).

Es decir, vuelve a aparecer la idea de una identidad religiosa formal más alta entre chicos, mientras ellas mantienen más bien creencias difusas o una espiritualidad sin fuerte anclaje institucional. El propio BREC sugiere que leer los datos solo en clave de “secularización lineal” se queda corto y que estamos ante un proceso de rupturas y recomposiciones donde coexisten la no-religión, la espiritualidad y formas nuevas de pertenencia.

En el plano más político-cultural, estudios llevados a cabo, entre otras entidades, por la fundación socialdemócrata alemana Friedrich Ebert Stiftung, documentan una creciente brecha de género entre jóvenes europeos en valores y orientación ideológica: los varones de 18 a 34 años tienden a situarse más a la derecha que sus coetáneas, incluso cuando se tienen en cuenta factores como la educación, la clase social o la  religiosidad.

Marcador identitario

Esta divergencia de valores de género y política ofrece un marco plausible para leer el caso español: la religiosidad católica puede estar operando para algunos jóvenes como un marcador identitario en un contexto donde el feminismo y los cambios en las normas de género se perciben como dominantes entre mujeres y sectores progresistas.

Sin establecer esa relación, pero en paralelo, el Centro de Estudios de Opinión de Cataluña (CEO) ha detectado dentro de la Generación Z una minoría masculina en crecimiento que se sitúa ideológicamente a la derecha y la extrema derecha, y que se caracteriza por su desinterés hacia las movilizaciones sociales, en especial el feminismo, el ecologismo o las protestas laborales y por la vivienda.

Según este trabajo, los chicos jóvenes expresan posiciones más conservadoras que las chicas de la misma edad en cuestiones como inmigración, derechos de las personas trans, aborto de las menores o prioridades entre crecimiento económico y protección ambiental, mientras que ellas se concentran en mayor medida en la izquierda y muestran una implicación mucho más activa en manifestaciones y causas progresistas.

Los autores interpretan esta derechización masculina como una reacción defensiva de parte de los varones ante un “discurso oficial” igualitario y ecologista que perciben como una amenaza a su masculinidad, en un contexto marcado por crisis encadenadas, malestar social y un ecosistema informativo saturado de noticias falsas donde la extrema derecha encuentra un caldo de cultivo favorable.

Aunque siguen siendo minoría, estos jóvenes conforman un grupo que crece al calor de discursos antifeministas y antiecológicos y que convive con otra franja, también masculina, mucho más preocupada por las relaciones de género y el futuro del planeta, lo que agudiza la polarización ideológica dentro de la propia Generación Z.

Los estudios del Injuve ya observaron hace años que los jóvenes más religiosos tienden a mantener posiciones más tradicionales en sexualidad y familia. El informe de la Fundación SM detecta un “preocupante refuerzo de los estereotipos de género y una corriente de desconfianza hacia el feminismo, especialmente entre los varones de clases bajas y afinidad conservadora”, con porcentajes muy altos de acuerdo con enunciados tipo “algunas mujeres buscan privilegios en nombre de la igualdad” o “las mujeres exageran el sexismo”.

Posiciones más conservadoras

Aunque el informe no siempre ofrece un cruce detallado entre religión y actitudes de género, sí permite inferir vínculos: quienes se ubican en posiciones más conservadoras en política y género coinciden, en buena medida, con quienes dan más importancia a la religión, y se observa que el repunte religioso convive con un descenso del compromiso declarado con la igualdad de género como valor central.

Hay trabajos académicos cualitativos que se meten de lleno en la intersección de “juventud religiosa e igualdad de género”. Uno de ellos es el estudio publicado en la Revista de Fomento Social sobre “la igualdad de género como vínculo de equilibrio valorado por jóvenes creyentes y no creyentes”, que, a partir de entrevistas, compara percepciones de igualdad entre jóvenes religiosos y no religiosos. 

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Ese trabajo muestra que muchos jóvenes creyentes integran el discurso de igualdad de género en su propia vivencia de la fe, pero que persisten tensiones alrededor de roles familiares y liderazgo eclesial, y que las chicas creyentes tienden a cuestionar más que los chicos la incoherencia entre el discurso de igualdad y las estructuras patriarcales de las instituciones religiosas.

Observados juntos, estos estudios ofrecen un andamiaje interpretativo que complementa bien el dato de Funcas: el repunte masculino de la identidad católica se produce en una cohorte donde, simultáneamente, se documenta un aumento de actitudes hostiles hacia el feminismo y un refuerzo de estereotipos de género, sobre todo entre varones y sectores conservadores. 

La literatura previa sugiere que religiosidad y visión tradicional de género tienden a ir de la mano en España, aunque con matices, y que las chicas jóvenes creyentes viven esa tensión de otra manera, combinando más una religiosidad difusa y una crítica feminista a la institución.

Algo ha cambiado en la relación de los jóvenes españoles con la religión, y los datos no apuntan en la dirección que cabría esperar. La secularización, que parecía avanzar de forma sostenida desde los años 80, ha encontrado un límite. Según el informe Laicidad en cifras 2026 y el estudio Jóvenes Españoles 2026 de la Fundación SM, la proporción de jóvenes de entre 18 y 24 años que se declara no religiosa bajó del 60,9% en 2021 al 55,4% en 2025.

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