La situación en el PP

Vox y Ayuso distraen la estrategia de Feijóo de centrar el debate público en la inflación y los impuestos

Isabel Díaz Ayuso y Alberto Núñez Feijóo conversan en el congreso del PP de Sevilla.

A Alberto Núñez Feijóo lo que le interesa es hablar de la inflación, la más elevada de los últimos 40 años, y de su receta para combatirla, una rebaja temporal y retroactiva del IRPF que todos los contribuyentes verían reflejada de inmediato en un recorte de sus retenciones. Él y su equipo creen que es lo que más le puede rentar en términos políticos en estos momentos. 

Pero la actualidad desdibuja su discurso. De un lado Vox, el pacto en Castilla y León que vuelve a estar en el centro de todas las miradas, en parte gracias a la preocupación que despierta la posibilidad de que Marine Le Pen, aliada de Abascal en Francia, se convierta en presidenta. Del otro, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, poco dispuesta a la discreción con Casado, menos aún con su sucesor.

Al nuevo líder de PP le está costando aterrizar en Génova 13. Es, en la práctica, el líder de la oposición desde que en la madrugada del 24 de febrero los barones del partido forzaron a Pablo Casado a echarse a un lado y le pusieron una alfombra roja para convertirse en presidente en una competición sin rivales. Desde el 2 abril lo es, además, con todas las de la ley, gracias al respaldo de la práctica totalidad de los compromisarios reunidos en el congreso extraordinario de Sevilla. Pero dos semanas después sigue sin estar al 100%. 

Su comité de dirección, el equipo en el que tiene que apoyarse para gobernar la maquinaria de Génova 13, está incompleto. Se anuncian nombramientos para las próximas semanas, pero no llegan. Los portavoces en el Congreso, en el Senado y en Estrasburgo, Cuca Gamarra, Javier Maroto y Dolors Montserrat siguen sin ser confirmados en sus puestos, a la espera de que Feijóo decida si cambia de caras o conserva las de Casado.

Y sigue, sobre todo, al frente del Gobierno de la Xunta. Sin revelar cuándo piensa poner en marcha el mecanismo de sucesión, que pasa inevitablemente por su dimisión como presidente. Él espera, según sus propias palabras, haber completado todo el proceso en el mes de mayo, pero el retraso ceba desde hace siete semanas las expectativas de los mejor situados para sucederle. El partido, un modelo de estabilidad durante años, se parece cada vez más a una olla a presión.

No haber roto del todo los lazos con Galicia, no haberse instalado definitivamente en Madrid, le obliga a dividir su atención. Un día toca hablar con el presidente del Gobierno y responder preguntas incómodas sobre su relación con Vox. Al día siguiente, hay que resolver el Plan de I+D de Galicia o someterse a sesión de control en el Parlamento gallego.

El resultado es que no está consiguiendo sostener en los titulares de prensa el debate sobre la situación económica, en especial en torno a los efectos de la inflación en las familias españolas y su propuesta de rebaja del IRPF. La presión de Vox, con el que a partir de la semana que viene compartirá tareas de gobierno en Castilla y León, y el marcaje de Ayuso, empeñada en difundir a los cuatro vientos sus discrepancias con el nuevo líder, se han impuesto en la agenda de los medios.

Vox quiere que Castilla y León sea el principio de una larga amistad que acabe por desalojar a la izquierda del Palacio de la Moncloa. Y ansía que Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal inicien una interlocución que normalice la relación entre ambas fuerzas políticas y visualice ante el electorado de la derecha —y ante sus medios afines— un compromiso mutuo para unir fuerzas y derrotar al PSOE de Pedro Sánchez. Algo que Pablo Casado se negó a hacer.

Feijoo busca su sitio

Feijóo no quiere participar de ese planteamiento. Su objetivo es conseguir que los electores crean de nuevo en el PP y en sus posibilidades de reunir bajo sus siglas a todo el electorado de centro derecha. Para ganar las elecciones a Sánchez y gobernar en solitario, si puede ser, con mayoría absoluta. 

Pero en las radios y las televisiones no dejan de preguntarle por esa entrevista con Abascal que no va a tener más remedio que conceder si no quiere que la presión siga en aumento, sobre todo a la vista de sus reticencias a protagonizar su particular foto de Colón y aparecer codo con codo celebrando la toma de posesión de Alfonso Fernández Mañueco gracias a una alianza con la ultraderecha que le ha obligado a asumir una parte muy significativa del discurso de Vox en materia de violencia machista, memoria democrática, control parental de la educación, transición energética o globalización.

Feijóo no tiene problemas ideológicos con Vox. Desde que asumió el liderazgo del PP ha dejado claro que lo considera un partido más, ha bendecido el acuerdo en Castilla y León y no ha rechazado que el pacto se pueda repetir en otras comunidades, en los ayuntamientos y en el Congreso de los Diputados. Pero no forma parte de su estrategia coordinar sus pasos con los de Abascal porque su prioridad, como le pasaba a Casado, sigue siendo hacerse con la mayoría del espacio político del centro derecha. De ahí las dificultades que está teniendo a la hora de plantear una hoja de ruta independiente de lo que haga Vox.

Por si la necesidad de gestionar su relación con Abascal no le estuviera desviando lo suficiente de su objetivo central —el combate de las políticas económicas del Gobierno— Feijóo está descubriendo en sus propias carnes la escasa disposición de Isabel Díaz Ayuso a la lealtad en el debate público. 

La presidenta madrileña no comparte la distancia, siquiera formal, de Feijóo a la hora de tratar con Vox. Ella no tiene inconveniente en hacerse ninguna foto con la extrema derecha y por eso fue también la primera en confirmar que el lunes estará en la toma de posesión de Mañueco en compañía de Abascal. En plena campaña electoral de Castilla y León llegó incluso a saltarse el guion de Casado apostando abiertamente por la coalición que finalmente ha salido adelante.

A Ayuso tampoco le gusta el tono constructivo que Feijóo quiso dar a su primera entrevista en Moncloa con el presidente Sánchez, ni mucho menos que el nuevo líder del PP se haya abierto a negociar asuntos como la renovación del Consejo General del Poder Judicial. Anticipándose a Feijóo, defiende que el PP vote ‘no’ al plan del Gobierno contra las consecuencias económicas y sociales de la invasión rusa de Ucrania: “Con la miseria no se pastelea”, aseguró a modo de advertencia.

A Feijóo le parece insuficiente el plan del Gobierno pero admite que está de acuerdo con algunas medidas, lo que abre la puerta a una posible abstención que, de paso, marque distancias con la etapa de intransigencia de Casado. Pero eso a Ayuso no le gusta, como tampoco que Feijóo, a través de la Xunta, haya decidido abandonar la estrategia judicial contra la distribución de fondos europeos en materia de promoción de empleo que el Gobierno se ha comprometido a modificar. Ella no quiere ceder y Madrid mantendrá la impugnación que presentó en el Tribunal Supremo.

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