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Convalecientes

Una persona mayor lleva su compra en una silla de ruedas.

Marta Sanz

Cuando esto acabe pienso que no habrá acabado del todo. Quedarán las células durmientes y el temor a que, con el viento del otoño, regrese lo mismo. Tampoco sé si habremos aprendido algo —no tengo tendencia al mindfulness— o solo perdurará lo peor de lo que nos parecía normal. Nos quedará por dentro el gusano preventivo de la enfermedad del miedo y volveremos a enfrentarnos a una pobreza que lacerará con filos más cortantes. Espero que la resignación no sea nuestra única brújula. Serán tiempos de posguerra, de contabilizar el verdadero número de muertos, los golpes, las secuelas que han quedado en cada casa. El organismo de la comunidad estará tan convaleciente como cada uno de sus miembros y necesitaremos del apoyo mutuo —gente apoyada en el brazo de otra gente— y cuidados estatales. Puede que Europa sea un horizonte distópico, una estrella, una luna habitada por humanos moradores de ventiladas burbujas que comen salchichas y patatas de bolsa. Puede que por aquí nos hayamos quedado a la intemperie y estemos aprendiendo a contar otra vez con los dedos. Compraremos estufas catalíticas, sacrificaremos a los animales domésticos y dispondremos de magníficas conexiones a Internet. Todo será más higiénico y nos sentiremos irremediablemente héroes y heroínas. Los ladrones habrán aprendido a aplaudir a las fuerzas de seguridad del Estado y solo en los cenáculos intelectuales y abiertamente frikis se le concederá cierta importancia al asunto del delgado límite que separa la delación de la denuncia cívica. La libertad de la seguridad. El individualismo de la conciencia colectiva. Habrá que reajustar las brújulas para no hacernos cómplices de la represión y la explotación. Intuyo que encontraremos gente mucho más buena que antes y también gente mucho más mala y, en la elección de los términos buena y mala, echo las cartas del tarot encima del tapete y barrunto un renacimiento del sentido moral. Serán imprescindibles esas palabras para defendernos de los acaparadores de mascarillas y de los especuladores: hoy, en un momento en el que la distopía aún no ha eclosionado en su esplendor como una flor de cactus, a mi marido le han cobrado el doble de lo habitual por un paquete de folios. Lo tenemos merecido por depredar las selvas amazónicas y por persistir en una naturaleza obtusa, cavernaria y analógica, que se merece la extinción. En la lucha adaptativa, vamos a morirnos como los apedreados murciélagos, los roedores, los dromedarios y las vacas responsables del ensanchamiento de un agujero de ozono que se ha quedado niquelado después de estos meses de inactividad y difuntos sobre las pistas de los palacios de hielo. Después de esta experiencia, que vuelve a corroborar la mortalidad de la carne y de todos sus peligros, después de este retorno al éter, la espiritualidad y el holograma, plastificaremos las estanterías, leeremos virtualmente, viajaremos a través de vídeos de realidad virtual que incorporarán el olor del mercado de especias de Estambul o el tacto de la lluvia tropical que empapa hasta la ropa interior en una calle de Santo Domingo. Definitivamente el papel dejará de producir alergia.

El ojo de mis brujas de Macbeth me vaticina este mal viento. Me siento apesadumbrada, pero tengo la tendencia a ser la cucaracha, patas arriba, que se empeña en recuperar su posición original. Me rebelaré —no resistiré, estoy harta de resistirme— para que no me pisen mientras sé que las cuatro paredes de mi casa no son la habitación amarilla de Gastón Leroux: no son el espacio donde hacer volar la imaginación para salir de una realidad que pocas veces se parece al enigma, el hilo en el laberinto, la llave secreta, la cuerda tensa, la chistera del prestidigitador. Esto es lo que es. Las habas contadas. Entre mis cuatro paredes, braceo para crear el espejismo de una rutina laboral. Soy la enferma modelo de workaholismo profundo. No tengo perdón de Dios y de Diosa. Respondo a todos los síntomas. Espero ingenuamente que mis ilusiones y proyectos me ayuden a vivir cuando llegue una auténtica primavera que revierta el proceso de criogenización de las amapolas rojas —metáforas florales de pequeñas mujeres rojas— que adornan la portada de mi última novela. Siento que habitamos el aletargado reino de la bella durmiente, pero que las hadas benéficas no nos podrán despertar del hechizo como si nada hubiera pasado. Siento que no sé salir de esta maraña literaria de hadas, amapolas, cucarachas e intuyo que esos conocimientos no me van a servir para vivir en este nuevo mundo de canción de señor que maneja mi barca que se avecina y a mí me pone los pelos de punta. Dicen que será la ciencia quien tendrá la última palabra, pero me da miedo que la última palabra la griten los bulos legendarios y las bolas de cristal. 

Salir del búnker

Hemos manifestado una docilidad que me asusta casi tanto como la estulticia de los que se han pretendido indómitos ocupando sus segundas residencias en el periodo vacacional u organizando procesiones clandestinas. Todo sea por la fe y por las piscinas de agua azul y clorada. Quienes no hemos escapado por una carretera o un desfiladero saldremos del búnker con la vitamina D ausente del riego sanguíneo, seremos marineros que surcan los océanos padeciendo los estragos del escorbuto, morderemos tomates a bocados, saldremos con lesiones de menisco por las brutalidades gimnásticas y los retos virales contra las paredes, cuando pongamos un pie en la calle estaremos arrugaditos y arrugaditas, más mayores, con el pelo sin teñir, más pálidos que de costumbre, con las manos abrasadas —satinadas y tirantes— por el poder aniquilador de la lejía y los aplausos al celador desconocido, a la enfermera desconocida, a la neumóloga desconocida, el médico de cabecera desconocido, a la limpiadora desconocida, al conductor del SAMUR muerto, a los amigos y amigas, a los familiares del gremio sanitario y todos sus alrededores. Saldremos mareados, reajustando los sensores que nos permiten captar tiempo y espacio. 

Crónicas de la pandemia

Crónicas de la pandemia

Espero en este silencio raro, en esta sustitución de sonidos, en la invasión de los asalvajados animales ornamento de los parques públicos que toman la calle porque ya nadie les arroja una miguita de pan, entonces miro a mi gata y me juro que la protegeré de todos los males. Pienso en las matanzas del día de después. La Sibila de Cumas, reducida a ácaro libre bajo mi cama, me sopla al oído: “El trabajo, en su sentido clásico, desaparecerá sustituido por la robótica y los subsidios para garantizar el consumo mínimo de la inmensísima mayoría, mientras una pequeñísima minoría disfrutará de un nivel de compra garantizador del ritmo de acumulación”. Hostias con la Sibila. Espero con el lúgubre repeluco inmediatamente anterior a la devastación del tsunami. No puedo escamotear mi sucio ojo literario e imagino otra vez un mar contaminado y muerto, habitado además por una nueva especie de sirenas caníbales. Y miro a mi marido que baja a la calle con su escafandra, siempre imperfecta: la mascarilla mal encajada, los guantes holgados, las gafas rotas. Todos sufrimos por la impotencia, a ratos hilarante, que nos produce ignorar si estaremos haciendo bien las cosas. Somos Hulot, Mr. Bean mientras desratizamos la vida, la desparasitamos, nos aseguramos de la muerte de los microorganismos malos y arramblamos de paso con los microrganismos buenos en un entorno de recoveco inalcanzable y polvo escondido debajo de la alfombra. Nos hemos convertido en espeleólogas y desratizadoras y cazafantasmas y desconcertadas empleadas del hogar. No sé lo que hago con este trapo en la mano y me siento tan, tan confundida, que se me escapa una carcajada por la que muy probablemente iré al infierno, porque aunque me pese cada muerto y cada muerta, aunque me pese el temor de que mis padres puedan ser víctimas del contagio —pequeños, vivos, delicados seres— y cada día rece a los dioses del ateísmo, a las tijeras abiertas de las supersticiones y a las brujas de Macbeth, para que no le pase nada a mi marido y hacemos planes, no sé si prácticos o siniestros respecto a la amenaza de enfermar juntos o separados, respecto a la gloriosa hipótesis de estar inmunizados que todos queremos creernos, constato que de la Segunda Guerra Mundial nos quedó un aprendizaje muy pobre. Nos dijeron: no se puede hacer poesía después de Auschwitz y, sin embargo, podemos pasarnos por el forro el concepto de solidaridad forzada que aglutina la Unión Europea, la brecha norte-sur, todas las desigualdades, la desecación del planeta como efecto de la voracidad capitalista. El día después vamos a necesitar mucha poesía, humor vitriólico, renovados planes de pensiones para trabajadoras y trabajadores mayores de 35 años. Saldremos con la respiración agitada —no asistida, no artificial—, con las cabezas protegidas por botellas de plástico, pero con el corazón latiendo a 100 por hora para volver a tomar posesión de la vida y la realidad, con los músculos en tensión para no recular ni un paso y que nadie pueda aprovecharse de nuestra convalecencia ni de nuestro miedo.

* Marta Sanz (Madrid, 1967) es autora de obras como ‘Un buen detective no se casa jamás’, ‘Farándula’ o ‘La lección de anatomía’. Su último libro, ‘pequeñas mujeres rojas’, acaba de publicarse en Anagrama.Marta Sanz

* Este artículo está publicado en el número de mayo de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes acceder a todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí o suscribirte aquí.aquí

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