'Pluribus': errar, más de humanos que nunca

Rhea Seehorn (Carol en la ficción), la protagonista central de 'Pluribus', de Vince Gilligan, en un episodio de la primera temporada de la serie de Apple TV.

Paloma Rando

A mediados de los 80, Stephen King era un escritor famoso y un adicto anónimo. Solo Tabitha, su esposa, conocía y sufría su problema con el alcohol y las drogas. Como en tantos casos, King fingía que nada malo ocurría, pero sus relatos hablaban a voces por él. “La parte de mí que escribe novelas y cuentos, la parte profunda que en 1975 (año en que escribí El resplandor) ya sabía que era alcohólico, no estaba dispuesta a aceptarlo”, contó en Mientras escribo. “Como no entiende de silencios, empezó a gritar pidiendo ayuda de la única manera que sabía: a través de mis relatos y de mis monstruos. A finales de 1985 y principios de 1986 escribí Misery (título que describe perfectamente mi estado de ánimo), la historia de un escritor que cae prisionero de una enfermera psicópata y es torturado por ella. En primavera y verano de 1986 escribí Tommyknockers en sesiones que solían prolongarse hasta la medianoche, con el corazón a ciento treinta pulsaciones por minuto y las ventanas de la nariz tapadas con algodón para cortar la hemorragia debida al consumo de coca”. 

Tommyknockers es un relato de ciencia ficción donde la protagonista, que es escritora, descubre una nave alienígena enterrada en el suelo. La tripulación sigue dentro, pero no muerta, sino en hibernación. Se trata de unos extraterrestres que se te meten en la cabeza y hacen trastadas. El resultado es energía y una inteligencia de índole superficial (la escritora, Bobbi Anderson, inventa entre otras cosas una máquina de escribir telepática y un calentador de agua atómico), pero se paga con el alma. “Fue la mejor metáfora de las drogas y el alcohol que se le ocurrió a mi cerebro, cansado y sometido a un estrés brutal”.

Para tratar de salvar a su marido del monstruo de la adicción, Tabitha montó un grupo de intervención, con amigos cercanos. “El primer paso que dio Tabby fue vaciar en la alfombra una bolsa de basura llena de cosas de mi despacho: latas de cerveza, colillas, cocaína en botellitas de gramo, más cocaína en bolsitas, cucharitas para coca manchadas de mocos y sangre seca, Valium, Xanax, frascos de jarabe Robitussin para la tos y de NyQuil anticatarro y hasta botellas de elixir bucal (…). Dijo Tabby que tenía dos alternativas: o hacer un tratamiento de rehabilitación o marcharme enseguida de casa. Dijo que me querían los tres, ella y los niños, y que por eso no querían presenciar mi suicidio”

Después de tratar de regatear unos días para tomar la decisión, King aceptó. “Acabó por decidirme Annie Wilkes, la enfermera de Misery. Annie personificaba la coca y la bebida, y decidí que estaba cansado de ser su escritor mascota. Temí no poder seguir trabajando sin alcohol ni droga, pero decidí (repito, hasta donde me lo permitía mi estado de confusión y desánimo) darlo todo a cambio de seguir casado y ver crecer a los niños. Si de veras había que escoger. Que no fue el caso, evidentemente”. 

Cuarenta años después de este cambio de rumbo en la vida del rey del terror, resulta fácil unir los puntos entre aquellas dos novelas cumbre en la bibliografía de King y uno de los relatos televisivos más celebrados de finales del pasado año. A la par que en el arranque del primer episodio de la serie Pluribus (Vince Gilligan para Apple TV+), el espectador asiste a los albores de una invasión alienígena que amenaza con destruir a una humanidad que aún vive ajena a ella, conocemos a Carol Sturka, su protagonista, interpretada por la actriz Rhea Seehorn.

Carol es una exitosa escritora de novela romántica que está terminando la gira promocional de la última entrega de Wycaro, su famosa saga literaria. La misma obra que le permite llevar una vida acomodada la frustra como escritora. A la vuelta a Alburquerque, su ciudad de residencia, Carol toma una copa junto a Helen, su esposa y agente, que le propone brindar por la mejor gira de un libro que han vivido hasta la fecha. “La mejor gira de un libro, ¿qué es eso?”, responde Carol. “Es como hablar del mejor cáncer de estómago. Se soporta, no se celebra”. Ya en ese momento intuimos que Carol tiene un problema con la bebida, como Jack Torrance en El resplandor; descubrimos que tiene una novela personal en el cajón, como Paul Sheldon en Misery; y está a punto de asistir a una invasión alienígena que cambia a todos menos a ella, como Gard, el amigo de Bobbi, la escritora protagonista, en Los Tommyknockers

Pocos minutos después, todas las ciudades del mundo colapsan, Helen muere y Carol asume, poco a poco, que hasta donde ella sabe, es la única superviviente de una invasión extraterrestre que, virus mediante, ha eliminado el libre albedrío de los seres humanos y les ha convertido en una especie de colmena, con una conciencia común y conocimientos compartidos. No obstante, al carácter expansivo de esta invasión no se le suma la violencia y la coerción, al menos en lo que afecta a nuestra protagonista: pronto Carol descubre que todos los seres anteriormente conocidos como humanos están dispuestos a servirla y a agradarla, ya que, si Carol se enfada, miembros de la nueva especie mueren a gran escala. El crimen y las injusticias han terminado, la colmena es mansa, incapaz de matar a ninguna especie ni de arrancar siquiera una manzana de un árbol. Pretende convertir a Carol en una de los suyos, pero no va a hacerlo sin su permiso. Y además sus miembros, como diría Chus Lampreave acerca de los Testigos de Jehová en Mujeres al borde de un ataque de nervios, no pueden mentir. 

¿Podría ser esta toma de la humanidad un progreso de la especie? ¿Es el mundo un lugar mejor dominado por la colmena? Carol tiene una postura clara acerca de esta cuestión desde el principio de la serie: sin libertad individual, no hay paraíso, por mucho que las condiciones se le asemejen. O mejor dicho: más vale un infierno si está basado en el libre albedrío. La intención de la protagonista de Pluribus es tratar de recuperar a la humanidad, pero una vez que averigua que ella no es la única persona inmune al virus colonizador, el hallazgo viene acompañado de otro descorazonador: entre los otros doce inmunes restantes en todo el planeta abundan los que por diferentes motivos no están dispuestos a tratar de restablecer el orden natural previo que implicaría recuperar a la especie humana. 

Vince Gilligan, creador de la serie y pieza clave de la televisión de los últimos 20 años (guionista de Expediente X, creador de Breaking Bad y Better Call Saul), tenía claro que quería que la invasión alienígena de Pluribus generara debate: “Cuando ves The Walking Dead o The Last of Us, dos series muy buenas, sabes que no quieres ser un zombi, sabes que no quieres que te afecte esa infección fúngica. Pero en esta serie me encantaría que la gente pensara y que discuta si ella está luchando contra algo ante lo que no debería luchar”. De la misma manera, Gilligan ha contado a todo el que le ha entrevistado en los últimos meses que su intención con la serie es que genere más preguntas en el espectador que respuestas. No es Pluribus una alegoría unívoca sobre un aspecto concreto de la humanidad, sino que mueve sus fichas sobre un tablero polisémico que le permite, sobre todo, hacer un estudio en profundidad del ser humano. A través de Carol, un personaje tremendamente imperfecto, el espectador va tomando conciencia de los rasgos que nos definen como especie. No es descabellado, pues, llegar a la conclusión de que una de las ideas que atraviesa la serie consiste en que es en esas debilidades donde radica el valor del ser humano. 

Desde su título, Pluribus está haciendo referencia a uno de los lemas fundacionales de los Estados Unidos: E pluribus unum (de muchos uno). Acuñado en 1776, al inicio de su Guerra de la Independencia, hace referencia a la integración de las 13 colonias británicas para constituir un único país –de hecho, la propia sentencia contiene 13 letras–. A la unidad que nace de la suma de distintos y que dio lugar a la primera potencia del mundo, la serie le opone la homogeneidad obligada de la comunidad alienígena, que provoca la desaparición de la conciencia individual, abriendo así no solo una reflexión sobre lo que significa ser uno, sino también sobre la necesidad social del ser humano, inherente a él, que a menudo provoca que los límites entre el individuo y el grupo sean difusos. 

El ridículo entretiene

De E pluribus unum nace también el título de un ensayo que escribió David Foster Wallace en 1990 sobre la influencia de la televisión en los escritores de su generación: E unibus pluram, esto es, de uno muchos. La tesis del ensayo la anuncia sin subterfugios su autor en él: “Quiero convencerlos de que la ironía, el silencio con cara de póquer y el miedo al ridículo son distintivos de esos rasgos de la cultura americana contemporánea (de la que la narrativa de vanguardia es parte) que guardan alguna relación significativa con la televisión que tiene a mi generación agarrada por el cuello. Voy a afirmar que la ironía y el ridículo entretienen y son efectivos, pero al mismo tiempo son agentes de una desesperación enorme y de una parálisis de la cultura americana y que para los aspirantes a narradores plantean unos problemas especialmente horribles”.  

La amenaza a los escritores aquí no es una invasión extraterrestre o una enfermera loca como metáforas de la adicción, como creó para sus novelas Stephen King, es la propia tele. “No se equivoquen: dependemos de la tecnología de la imagen y cuanto mejor es la tecnología, más enganchados estamos”. En el mundo previo a internet y a las redes sociales, Foster Wallace le da al medio un poder omnímodo: “La televisión se ha vuelto capaz de capturar y neutralizar todo intento de cambio o incluso de protesta contra las actitudes de discurso pasivo y de cinismo que la televisión requiere del Público para ser comercial y psicológicamente viable en dosis de varias horas diarias”. La cultura de entonces, según Foster Wallace, bebía de la televisión, pero la menospreciaba: “Seguramente no soy el único que tiene amigos quienes odian ver la tele porque la odian de forma tan evidente –les ponen a cien los argumentos trillados, los diálogos inverosímiles, los finales ingenuos, la condescendencia insulsa de los presentadores de noticias, los halagos chabacanos de los anuncios– y sin embargo están obsesionados con ella, de alguna forma necesitan odiarla durante seis horas al día, todos los días”. 

Una década después, el paradigma cambió: gracias a las primeras ficciones seriadas de los canales de cable, con HBO a la cabeza, la televisión comenzó a entrar por derecho propio en el club de la alta cultura, y a convertirse no en veneno neutralizador de los mejores narradores, sino en su más dura competencia. Se instauró el lugar común que señalaba que se estaba viviendo la tercera edad de oro de la televisión, gracias a series como Los Soprano y The Wire, y se inauguró la era de los hombres difíciles, tal y como la denominó el periodista Brett Martin, en referencia a la colección de retratos televisivos de protagonistas más cercanos a la oscuridad del antihéroe que al protagonista salvador (Tony Soprano, Don Draper). Y el delfín de esta estirpe no fue otro que Walter White, el protagonista de Breaking Bad, primera gran obra de Vince Gilligan. 

Hoy, a pesar de que esa época dorada de la televisión lleva más de una década enterrada y de que el paradigma televisivo ha cambiado de nuevo debido al auge de las plataformas, nadie duda de las cotas que la ficción televisiva puede alcanzar y del lugar que ocupa en la cultura y las humanidades. Hace unas semanas, a sus 78 años, Stephen King tuiteó sobre Pluribus y, preocupado por su edad, urgió a Vince Gilligan a darse prisa con la segunda temporada. 

*Paloma Rando es guionista y crítica de televisión en ‘El País’.

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