El 'self service' de la calle Larra

Miguel Ríos, flanqueado por Almudena y Ana Belén, en un acto de solidaridad con el juez Baltasar Garzón, marzo de 2011.

Miguel Ríos

No voy a hablar sobre el valor literario de la imprescindible e inolvidable obra de Almudena Grandes, a pesar de haberme enganchado a ella desde Las edades de Lulú hasta nuestros días. Supongo que otros lo harán con más autoridad y soltura que yo en este homenaje a su memoria, a su legado, a su persona. Pero no quiero perder la oportunidad de unirme a la legión de amantes de su literatura. A los que nos vimos inmersos en el torrente emocional de sus novelas, a los que sucumbimos a la indiscutible maestría de sus relatos.

Conocí a Almudena después de que se casara con Luis García Montero, ya entrados los primeros años del milenio. Fue entonces cuando empecé a frecuentar su casa de Madrid. Se trataba de un hogar atestado de libros y de risas, donde, con cierta frecuencia, se nos congregaba a los amigos alrededor de una mesa rectangular repleta de un surtido de ricas y variadas viandas elaboradas por una de las mejores escritoras de la historia de este país.

Almudena Grandes era una mujer impresionante, de gran carácter. En algunas ocasiones podía llegar a ser algo adusta y nada dada al postureo del que hacían gala algunos superventas literarios, siendo ella de los que más vendían. Cuando asistía a los actos de presentación de sus libros, me fascinaba su actitud tan apartada del espectáculo, por más que su discurso fuera espectacular. Nunca la vi dorándole la píldora a nadie, y sí acudiendo, incansablemente, a los actos promocionales para encontrarse con sus lectores, por los que sentía un cariño y un respeto que traslucía en su trato. Entonces era Almudena y la empatía. Siempre la vi como una de las mujeres más empoderadas, mucho antes de que la palabra se pusiera de moda, consciente del peso que su persona y su obra tenían en la defensa del feminismo. En fin, que era una mujer que imponía por la firmeza de sus ideas, más allá de la fuerza de su belleza.

Nunca la vi dorándole la píldora a nadie, y sí acudiendo, incansablemente, a los actos promocionales para encontrarse con sus lectores, por los que sentía un cariño y un respeto que traslucía en su trato. Entonces era Almudena y la empatía.

En esas cenas, que eran la ocasión propicia para que los amigos nos reuniéramos a celebrar la vida, y en alguna ocasión, a consolarnos de algún que otro revés del destino, ella, Almudena, invariablemente se metía en la cocina durante horas, y lo hacía con el amor de la matriarca que llevaba dentro; desplegaba un talento insuperable para elaborar las mejores croquetas y tortillas de Madrid, huevos rellenos como los que hacía mi madre, un vitello tonnato delicioso destinado al paladar de su amigo más querido y del que usufructuábamos todos, además de arroces, carnes, ricos embutidos y copiosas ensaladas. Todo muy casero y muy rico.

Cuando llegabas con un par de botellas de vino, era estupendo entrar a saludarla a la cocina, mientras el salón se llenaba de risas y abrazos, me gustaba encontrármela arreglada y guapa, todavía con el delantal puesto, dándole los últimos toques a algún plato rezagado que iría a parar a la mesa cuadrada del comedor.

Éramos un grupo de amigos a veces numeroso y siempre heterogéneo, de muy parecido perfil ideológico y de oficios relacionados con la cultura y con su difusión. La literatura, en todas sus facetas, era la que más comensales aportaba a las cenas. De vez en cuando, te encontrabas con alguna sorpresa en forma de deidad literaria. Figuras a las que había leído con devoción, pero con las que nunca hubiera soñado compartir mantel y charla. También el gremio de la música hacía cola en el self-service de la mesa de la calle de Larra. Uno de los más grandes cantautores del país se inventó un nombre para el núcleo duro de los comensales más cercanos: Los Almudenos.

Almu y la empatía, la matriarca de un grupo de artistas y gente de gran corazón, gente que compartía el sueño de la justicia y la solidaridad. Una gran mujer y una ciudadana ejemplar, que siempre te recibía sin alharacas, pero con el corazón abierto. Como su sonrisa y su casa.

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