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Irene Montero: “La política es la única herramienta que tiene la gente humilde para cambiar las cosas y vivir mejor”

María Granizo Yagüe

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Irene Montero nunca tuvo la fortuna de conversar con Gabriel García Márquez. Sólo percibe la magia de Macondo cuando comienza, como ahora, a releer su libro de cabecera, el que sacó a la familia Buendía de sus Cien años de soledad para escribirla y dotarla de vida. Pero como Úrsula Iguarán, como Pilar Ternera, como la saga de mujeres perennes, fuertes, intuitivas, que recorren las páginas y las calles de aquel pueblo ficticio que entra y sale de seis de los grandes tesoros que nos dejó Gabo, la ministra más joven del Ejecutivo sabe lo que es enfrentarse en primera persona a la dificultad, al que dirán, al insulto y la falsedad, al escrutinio continuo, al vocerío diario y persistente en la misma puerta de su casa. A que a sus hijos, aún muy niños, les lleguen ya los ecos de la intransigencia, del rencor ideológico vacío, de lo injustificable, en un país que presume del adjetivo democrático.

Ella, de aspecto frágil, cálida y pródiga sonrisa, aguanta, se fortalece y sólo combate con las herramientas del estado de derecho, la intolerancia. Hizo historia de la política convirtiéndose en la primera mujer diputada que intervino en el Parlamento en una moción de censura. Fue en 2017 contra Mariano Rajoy. Tres años después, con la máxima responsabilidad de la cartera de Igualdad, habla alto de las víctimas de la violencia de género y hace de “mi intención de cambiar y mejorar la vida de miles de mujeres” el objetivo incansable de su ministerio.

Tarareando Ellos dicen mierda, de La Polla Records, y buscando Girasoles en los ojos de la gente honrada al compás de Rozalén, “lo mejor de nuestro país es el pueblo, la comunidad, la capacidad de hacer equipo y de hacer piña”, la ministra que entró en Podemos tras las europeas de 2014, calla. Ni presume ni recuerda a quienes echando bilis se refieren a ella como “la chati”, “la zarina roja”, “la concubina de Pablo Iglesias”, “la que no ha dado palo al agua en su vida”, que lleva más de media vida comprometida políticamente, que fue estudiante sobresaliente, que integrándose en la formación morada dejó aparcado un doctorado gracias al cual ya había obtenido una beca para residir en la universidad que desde hace 17 años lidera el ránking del mundo y en la que este curso, entre 6.700 estudiantes, sólo hay dos alumnos españoles: Harvard.

La eterna ‘niña’ de Tormellas

Irene María Montero Gil nació en la capital nueve días antes de que ETA secuestrara al empresario Emiliano Revilla y le robara más de 8 meses de vida manteniéndole en cautiverio. Fue el mismo año en el que España se puso de moda y recibió a más de 50 millones de turistas. En aquel 1988 se vetó el tabaco en colegios, hospitales y en transportes colectivos, mientras España se paralizaba con una huelga general contra las políticas económicas de Felipe González. Ajena a todo ello, abría sus ojos al mundo aquella cría, menuda y vivaracha, a la que los vecinos del “lugar al que siempre quiero regresar, Tormellas” siguen llamando cariñosamente “la niña”.

En aquella aldea abulense, cuando aún “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”, dio sus primeros pasos y consumió veranos dorados de libertad e ingenuidad la niña Irene. Allí, en la tierra de sus padres, cultivada también por la honradez de sus abuelos, la nieta de tío Ángel y de tía Martina descubrió “la capacidad para compartir de la gente sencilla, de salirse a la fresca”, de convertirse en la hija, en la pequeña, de cualquier tormellino. En el agua fría de la Sierra de Gredos, que discurre por la Garganta de los Caballeros, dio sus primeras brazadas y pasó las horas muertas jugando con las manos y la imaginación haciendo bolas, pasteles de barro, como ahora hacen con ella sus hijos.

Como los demás descendientes del medio centenar de habitantes del pueblo que llevaban, en vacaciones, la risa y la algarabía, la vida, a aquellas calles silenciosas y aletargadas de la España vaciada, la hija única de Dori y Clemente correteó por la plaza del pueblo echando un pasito pa´lante y otro pa´atrás a ritmo de la versionada María de Ricky Martín, y jugó a la pelota y al escondite mientras se coreaba el Corazón Partío de Alejandro Sanz. Y cuando Jarabe de Palo gritaba al mundo que ansiaba un beso de La Flaca, la niña de la educadora y del empleado de mudanzas, que soñó con ser médico, ya demostraba cercanía y desparpajo frente a un micrófono instalado en la tarima de madera desde la que se desplegaban los actos de las fiestas de agosto. Años de luz, de despreocupación, de noches de verano durmiendo con colcha en la casa familiar del número 12 de la calle Arriba, de mordiscos generosos a la vida “con sabor a sandía y a bocadillos de embutido”. Días repletos de magia que hoy, dos décadas después, hacen de Tormellas, pese a los lugares recorridos, a los países viajados, al voto tradicionalmente conservador de su mínima población, el sitio de recreo que la ministra lleva “en la cabeza y en el corazón” y que alberga con sentido recuerdo las cenizas de su padre y de sus abuelos.

Una estudiante brillante y afiliada a las Juventudes Comunistas

Antes de que cerraran el último bar y se bajaran para siempre las descascarilladas persianas de junquillo de la escuela de aquel paraíso infantil de nueve kilómetros cuadrados, la máxima responsable de Igualdad alcanzó la adolescencia comprometiéndose con movimientos sociales y afiliándose a las Juventudes Comunistas. La estudiante modélica que un día se convertiría en ministra aún no había finalizado su última etapa en el colegio Siglo XXI de Moratalaz: “El centro en el que crecí en valores y me formé como persona”. Desde sus pasillos “cargados de vida y de murales testimonio de su proyecto educativo”, que recuerda “volviendo a pasar por el corazón”, llegó a los de la Universidad Autónoma.

Tratando de entender los vaivenes del ser humano estudió Psicología mientras contribuía a la economía familiar trabajando como cajera en una cadena de supermercados: “Una experiencia que me ayuda a no olvidar de dónde vengo y la situación de las mujeres que represento”.

Fiel a sus raíces y a su concepto de la política como “la única herramienta que tiene la gente humilde para cambiar las cosas y para vivir mejor”, con 23 febreros cumplidos se plantó en la Puerta del Sol alimentando el movimiento de los indignados y se convirtió en una de las promotoras de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Tres años después, en 2014, con un sobresaliente de media en su licenciatura, un máster en psicología de la educación y la concesión de una estancia en Harvard para desarrollar su proyecto doctoral de inclusión educativa para niños sordos, Pablo Iglesias le ofreció “coordinar el trabajo de la formación morada en la sociedad civil”. Acababa de celebrarse la primera asamblea constituyente de Podemos pero ambos se habían conocido en el programa de televisión La Tuerka que presentaba el actual vicepresidente segundo del Gobierno en Público TV.

Cambió Harvard por Podemos

Irene renunció a su paso por la universidad americana y meses después ascendió a responsable de movimientos sociales y jefa de gabinete del secretario general.

Mientras la niña de Tormellas ocupaba ya un asiento como diputada en el Congreso en 2016 y daba testimonio de su compromiso feminista, llenaba su ocio disfrutando de las páginas de la Generación del 27. Por eso, habla del “pueblo como lo mejor de nuestro país” y de “la desmemoria relacionada con los señoritos de los que hablaba Machado” como el mal de nuestra España: “En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva”.

Impregnadas también de plasma y de raza, las Bodas de Lorca adaptadas al cine, por Paula Ortiz, en La Novia con rostro de Inma Cuesta, hacen de este largometraje el favorito de la diputada que se convertiría en la portavoz más joven de un grupo parlamentario. Como compañera sentimental y madre de los hijos del vicepresidente y ministro de Derechos Sociales, la pareja también es la primera que lidera simultáneamente dos carteras ministeriales.

Recogiendo la suya y prometiendo su cargo, en enero de este año, en el Gobierno de coalición de PSOE y Unidas Podemos, la ministra inició formalmente su viejo compromiso de luchar por “la igualdad de las mujeres, acabar con las violencias machistas y despegar el suelo pegajoso que hace que muchas vivan en situación de más precariedad, de más riesgo de pobreza, asumiendo sobre sus cuerpos todas las cargas de cuidados”. Con treinta víctimas de violencia de género en lo que va de año, el reto no es pequeño. Pero quien se define, en su cuenta de Twitter, como “psicóloga, madre, feminista, ministra de Igualdad”, y resume su hacer con una firme intención, “yo por ellas, madre, y ellas por mí”, sabe lo que es superar una carrera de obstáculos lloviendo piedras. Con el fallecimiento temprano de su padre un mes antes del nacimiento de sus dos primeros hijos, su propia salud atacada por el Covid-19 y su nombre salpicado por la voz indeseable del machismo, reconoce que puede superar todo “con mucho amor, con mucha organización, con mucha ayuda de los equipos y con lo que estoy aprendiendo de mis hijos y de mi hija: la paciencia”.

En el exterior del hemiciclo, a 204 kilómetros de la tierra que sembró su infancia de alegría y fortaleza y le dejó en herencia su sonrisa y su firme compromiso social con sus orígenes, Irene Montero Gil, actual ministra de Igualdad y para siempre niña de Tormellas, despide su PlayList. Con nosotros, por hoy, cierra su apretada agenda para reencontrarse con su familia. Se dispone a confiar, por el camino, en el realismo mágico de la lectura a la que retorna, a que la claridad de los días aún de verano, la cordura y, quizás también la alquimia, se impongan al sinsentido vergonzoso de la intolerancia que se concentra desde hace meses en las puertas de su casa “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

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