¿Quién necesita democracia teniendo un Mundial de fútbol (y muchos señores)? Virginia P. Alonso
Hay una frontera invisible entre lo que se llama economía y lo que, en realidad, es la organización socioeconómica de la vida cotidiana. A veces creemos que una empresa nace de un plan de negocio, de una idea brillante, de una oportunidad detectada a tiempo. Pero en muchos rincones del territorio, las empresas no nacen del cálculo, sino del vínculo. De la necesidad compartida. Del deseo de que lo que hacemos tenga sentido más allá de la ganancia.
Eso es la economía social: una red que se teje entre personas que deciden unir su esfuerzo para construir un bien común. No es un invento moderno ni una moda jurídica. Es la herencia práctica de generaciones que entendieron que nadie emprende del todo en solitario. La economía social no es un tipo de empresa: es una manera de pensar la empresa como comunidad.
Somos un territorio de experimentos comunitarios. En nuestros pueblos la economía social ha sostenido empleos y servicios donde el mercado no llegaba. Porque lo que define a la economía social no es solo su normativa, sino su ética operativa: primacía de la persona sobre el capital, participación democrática, reinversión de excedentes, compromiso con el territorio, igualdad y sostenibilidad. Una empresa así no se mide solo en beneficios económicos, sino también en beneficios sociales.
Cada sociedad laboral es, en realidad, un organismo vivo que respira al ritmo de quienes lo habitan. Se mueve, se adapta, se cuida. Cuando prospera, lo hace de forma plural; cuando sufre, también. Y esa forma de respirar, esa conjugación del plural “nosotras y nosotros”, es quizá la mayor innovación que la economía social ha ofrecido a nuestra época de individualismos precarios.
Cada año decenas de empresas viables cierran porque sus fundadores se jubilan y no hay quien continúe. Lo que se ha denominado “tsunami gris”, las jubilaciones masivas de la generación del baby boom, amenaza la continuidad de una parte importante de nuestra estructura productiva. Porque lo que muere con cada cierre no es solo una actividad económica: muere un modo de hacer, una cultura, una memoria de oficio. Pero en la economía social, el relevo no tiene por qué ser pérdida: puede ser transmisión transformadora.
El futuro no se construye con capitales especulativos, sino con comunidades duraderas. Que la verdadera sostenibilidad no está en las cuentas, sino en la coherencia de los vínculos
Las sociedades laborales son puentes entre generaciones. Permiten que quienes trabajaron durante años en una empresa se conviertan en sus dueños, que el conocimiento acumulado se conserve, que el compromiso se refuerce. Emprender, entonces, deja de ser empezar desde cero: se convierte en heredar creativamente un legado social, en renovar sin romper. Una forma de continuidad que es también una forma de innovación.
En un mundo donde las empresas nacen para ser vendidas y las relaciones se consumen como productos, la economía social propone un gesto contracultural: permanecer. No en el sentido de estancarse, sino de echar raíces. De crecer con el territorio, de multiplicar valor sin devorarlo, de cuidar la utilidad sin perder la sensibilidad.
Quizá esa sea la lección más profunda: que el futuro no se construye con capitales especulativos, sino con comunidades duraderas. Que la verdadera sostenibilidad no está en las cuentas, sino en la coherencia de los vínculos. Y que toda empresa, antes que un modelo de negocio, puede ser una escuela de vida donde aprendemos a conjugar los pronombres personales en plural.
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Julián Menéndez es vicepresidente de la Federación Empresarial de Sociedades Laborales y Participadas de España (LABORPAR) y Director Gerente de Sociedades Laborales de Madrid (ASALMA).
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