Más que horribilis Helena Resano
La izquierda española vive instalada en una paradoja: nunca ha hablado tanto de unidad y nunca ha estado tan desorientada. Cada pocos meses surge una nueva plataforma, una nueva foto, una nueva promesa de “recomposición”. Y cada pocos meses, todo vuelve a disolverse entre luchas internas, recelos y cálculos de aparato.
El problema no es la falta de diagnósticos. Es la falta de responsabilidad en las cúpulas.
Mientras se multiplican los debates retóricos, los principales partidos progresistas siguen actuando como si el tiempo no contara. Como si el sistema electoral no penalizara la fragmentación. Como si bastara con resistir un ciclo más esperando que el adversario tropiece.
No es así.
Sin el PSOE no existe mayoría progresista posible en España. Y sin una izquierda alternativa fuerte y estable, el PSOE tampoco puede gobernar con solidez. Es una relación de interdependencia evidente que, sin embargo, las direcciones partidistas se empeñan en ignorar.
Durante años, la llamada “unidad” se ha planteado desde los márgenes: entre fuerzas pequeñas, sin capacidad real de articular una alternativa de gobierno. Un ejercicio más simbólico que efectivo. Un consuelo moral, no una estrategia.
Mientras tanto, el partido mayoritario del bloque progresista observa desde la barrera, atrapado en una cultura política que sigue creyendo en la autosuficiencia. Como si aún estuviéramos en 2008. Como si el multipartidismo fuera una anomalía pasajera.
No lo es.
Pensar que 2027 puede resolver este problema es una ilusión. Llegará demasiado pronto, con organizaciones a la defensiva, liderazgos débiles y heridas abiertas. Lo que veremos, previsiblemente, serán pactos improvisados y acuerdos de última hora, diseñados más para evitar el desastre que para construir un proyecto.
No faltan votos progresistas en España. Lo que falta es una ambición colectiva a la altura del momento histórico
La verdadera oportunidad es 2031. Pero solo si se empieza a trabajar ahora.
Y ese trabajo exige algo que hoy escasea: liderazgo político real.
Liderar no es absorber. No es imponer. No es utilizar al resto como muleta parlamentaria. Liderar es crear espacios estables de coordinación, pactar reglas claras, compartir decisiones y asumir costes internos.
Nada de eso está ocurriendo.
Las cúpulas prefieren preservar parcelas de poder antes que construir un bloque sólido. Prefieren competir entre sí por un puñado de escaños antes que cooperar para ganar mayorías. Prefieren el corto plazo al proyecto.
El resultado es una izquierda atrapada en sus propios laberintos.
Cada partido protege su marca, su aparato, su relato. Y todos juntos debilitan al conjunto. No por falta de ideas, sino por exceso de cálculo.
Esta dinámica no solo tiene consecuencias electorales. Tiene consecuencias democráticas.
La fragmentación permanente alimenta la desmovilización, el desencanto y el desapego. Muchos votantes progresistas ya no entienden por qué fuerzas supuestamente afines se tratan como adversarias. Y empiezan, simplemente, a dejar de participar.
Si el PSOE quiere seguir siendo un partido de gobierno, debe asumir que su papel no es solo ganar elecciones, sino articular mayorías sociales y políticas. Y eso hoy pasa por liderar, sin arrogancia, un proceso serio de recomposición del bloque progresista.
Si no lo hace, otros lo intentarán sin capacidad suficiente. Y si nadie lo hace, volveremos a asistir al mismo espectáculo: urgencias, reproches, improvisación y frustración.
No faltan votos progresistas en España. Lo que falta es una ambición colectiva a la altura del momento histórico. La izquierda ha demostrado en el pasado que sabe reinventarse cuando deja de mirarse el ombligo y empieza a pensar en el país. Puede volver a hacerlo.
Pero solo ocurrirá si quienes dirigen los partidos entienden que liderar no es proteger trincheras, sino construir puentes.
La unidad no llegará sola. Hay que trabajarla sin prisas, aún estamos a tiempo.
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Juan Antonio Gallego Capel es funcionario de carrera de la Administración de la Región de Murcia, socialista, defensor del Estado federal, laico y republicano.
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