¿Qué es una muñeca USA? Abres a Trump y sale Netanyahu, le abres a él y sale Milei , le abres a él y sale Abascal... Benjamín Prado
Revertir la cultura regresiva dominante es condición de posibilidad para las transformaciones educativas. Pero, ¿en qué pensamos cuando hablamos de transformación educativa? Cada quién tiene sus experiencias y referentes e imagina. Yo imagino una alternativa que sea capaz de dejar atrás la instrucción competitiva y elitista y la reproducción de saberes abstractos evaluados mediante estándares sumativos, y que enunciaría de este modo: educar personas conscientes de sí y cooperativas entre sí. Y describiría de esta manera: percibir y apreciar la educación escolar como un extenso espacio-tiempo de confianza y seguridad, equidad y libertad, de encuentro y diálogo satisfactorio para niñ@s y jóvenes, docentes y familias, de desarrollo de personalidades diversas, de ciudadanía pluralista, sostenible, alegre y creativo, que da cabida al juego y el cuerpo, la expresión de los afectos y las emociones, que cuida, orienta y acompaña en el enseñar y aprender juntos, un ambiente donde se asocian pensamiento, conocimiento y comprensión con experimentación, autonomía y responsabilidad, donde se aprecian la diversidad de lenguajes e inteligencias, se vivencian las artes y la creatividad y se es parte activa en el entorno. ¿Desiderata o impugnación del capitalismo cognitivo?
En ese marco divergente del mainstream, las decisiones de maestr@s y profesor@s estarán menos condicionadas por opiniones de élites académicas y productos de negocios editoriales: las programaciones se ajustarán mejor a los ritmos y necesidades del alumnado; los recursos didácticos responderán más a la diversidad de intereses y motivaciones; se buscarán aprendizajes aplicables y significativos; y los criterios de evaluación, cualitativos y competenciales, atenderán a los procesos de enseñanza-aprendizaje y su mejora. En tal contexto, la alfabetización informacional ayudará a chicos y chicas a desenvolverse con menores riesgos en el universo digital, generando pensamiento crítico y vínculos seguros de confianza –y la educación literaria nutrirá el placer de interpretar textos para dar sentido al mundo–. Cuando una visión alternativa logra materializarse –existen casos– crea un clima ilusionante y esperanzador en la comunidad escolar, generando sinergias y un alma compartida. Mientras, el dominante relato regresivo dirá que se trata de algo indeseable, woke, que anula la cultura del esfuerzo, reduce la exigencia y empeora los resultados, cumpliendo así su función política: bloquear las transformaciones, mantener y acrecentar desigualdades, retardar y entorpecer los cambios curriculares que se llevan intentando desde 1990 con la LOGSE, atacar el prestigio de la escuela pública, aumentar el flujo de clientela e ingresos hacia entidades con ánimo de lucro.
Para armar estrategias de transformación consistentes, duraderas y evaluables son precisos procesos internos de reflexión-acción que permiten identificar y reconocer incongruencias
¿Es posible revertir los efectos de la guerra cultural que intensifica sus andanadas cuanto más cuestionado se autopercibe el statu quo? A pesar de los bienvenidos cambios normativos ya legislados a partir de 2020 –o en proceso de serlo: formación inicial del profesorado, estatuto del docente…–, creo que no resultará sencillo; probablemente solo pueda darse con años y años de trabajo focalizado por parte de profesionales que hayan aprendido a enseñar cooperativamente, no aislad@s, que generen proyectos de aprendizaje, otorguen valor competencialmente a las experiencias de comprensión de sus alumn@s, sin el constreñimiento de pruebas de respuesta cerrada, y que cuenten con una perspectiva de desarrollo laboral –estabilidad, carrera profesional, remuneración acorde a la tarea y el mérito–. En todo caso, tendrá lugar dentro de las organizaciones porque es en su interior donde se revelan tempranamente las contradicciones e ineficiencias de la regresividad –más tarde, una vez enmascaradas de cara afuera, ya no hay opción de intervenir–.
La cultura de cada organización expresa una mirada a la realidad, el entorno y la tarea, más adaptativa o más emancipadora; un modelo de ejercicio del poder –más jerarquía o más liderazgo inspirador–; unos procedimientos de toma de decisiones –más verticales o más dialógicos–; la comunicación y la dinámica relacional entre sus integrantes –más rígida o más fluida–; o los criterios de valoración de la calidad de procesos y resultados –más cuantitativos o más cualitativos–. Las organizaciones declaran valores de excelencia (innovación, escucha, familiaridad…) asociados a estos aspectos que no siempre se corresponden con los realmente ejercidos. Clarificar tales desajustes es piedra de toque para cualquier propósito de evolución cultural de las organizaciones educativas; e indispensable aprovechar las ventanas de oportunidades, escasas, cuando se abren. Para armar estrategias de transformación consistentes, duraderas y evaluables son precisos procesos internos de reflexión-acción que permiten identificar y reconocer incongruencias, y que exigen dos acuerdos básicos: la aspiración a construir un proyecto compartido y el respaldo a la deliberación por parte de la titularidad, sea administración pública o entidad privada; cuando el respaldo titubea y emergen temores a la pérdida de poder –todo proceso participativo real implica una cierta cesión de poder–, se activa el maquillaje y se sofocan las aspiraciones –no han sido pocos los casos, por experiencia lo sé, a lo largo de estos últimos quince años–.
Además, ¿el cambio cultural de las organizaciones sería susceptible de escalar y llegar a articular un proyecto político, no partidista, de gestión de lo común? ¡Ojalá! Sería una muy deseable aunque enorme tarea, cuestión sobre todo de disposición a ensayar otras miradas, de compromisos personales y horizonte colectivo. Nada más, nada menos.
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Luis Arizaleta (Pamplona, 1960) ha sido educador literario, autor de “La lectura, ¿afición o hábito?” (Anaya, 2003) o “Circunvalación. Una mirada a la educación literaria” (Octaedro, 2009).
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