Entre las hojas escondido
En las tierras remotas de la Sierra de la Culebra, entre Zamora y Portugal, donde el lobo aún aúlla, vive Samuel Carvalho, que fuera antaño un niño salvaje y no termina de encajar del todo en el mundo de los hombres.
Entre las hojas escondido, de David Muñoz Mateos y editada por Muñeca infinita, es una novela que aborda el rencuentro entre Samuel y el narrador, que compartieron la infancia y adolescencia. El narrador regresa a la sierra para reconstruir su historia, pero lo que comienza como un intento de biografía se transforma pronto en un retrato fascinante y difícil de asimilar: el de un hombre criado entre la orfandad y el monte, más cercano al mundo de los animales que al de los humanos, cuya vida transcurre en los márgenes del lenguaje, del deseo y de la pertenencia.
Entre caminatas por los bosques, conversaciones fragmentadas y recuerdos dudosos, el narrador escucha los monólogos de Samuel —desbordantes de intuiciones, de errores, de sabiduría animal— y los entrelaza con estudios sobre otros niños ferales, la despoblación rural y la imposibilidad de domesticar lo salvaje. nunca existió. Pero debería haber existido, y quizás aún lo haga, en algún lugar de la sierra, por donde campan los lobos.
Entre las hojas escondido acaba de llegar a las librerías, pero ofrecemos a los lectores de infoLibre un fragmento a continuación:
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Como esa legión de hombres solitarios a los que se les presupone un historial vagamente delictivo —hombres que desaparecen siempre, de tan esquivos, al doblar un recodo del camino— vive Samuel Carvalho en su pueblo, Santa Cruz de los Cuérragos. La tez oscura, el pelo fosco y los ojos negros, grandes como nenúfares, ojos de zorro y de pez, alimentan una apariencia aniñada. Alimentan también la compasión y la maledicencia de los turistas que visitan el lugar y de las escasas familias que acuden a orear, nostálgicas, las casas vacías de esa pedanía perdida en los últimos pliegues de la sierra de la Culebra, en la Raya con Portugal.
La primera vez que lo vi fue en el estrecho pasillo de un piso en el centro de Zamora, dormido en brazos de mi padre. Era 1995. Yo tenía seis años y él, siete, aunque en aquel momento, algunas semanas antes de que ingresara en la residencia, su edad era un misterio. Recuerdo una mata de pelo negro, dos piernas desnudas y alicaídas de ave zancuda, cubiertas de cicatrices, y un par de calcetines blancos. Me acuerdo de cómo lo acostaron en mi cama y lo taparon con mi colcha de ratones azules, algo que entonces debió resultarme tan incomprensible como inaceptable. También de que, mientras abría el sofá cama del salón donde yo dormiría esa noche, mi madre me dijo que Samuel no sabía hablar. Que se comunicaba por ruidos y gestos. Que no me asustara.
A partir de septiembre, Samuel y yo empezamos a ir a la misma clase del colegio, pasamos juntos muchas tardes y nos encontramos incluso durante los periodos de vacaciones, de forma que se volvió no solo una constante en mi vida, sino parte integral del paisaje que me rodeaba. O quizá, más bien, una mancha permanente en la visión, de la que solo me desprendí cuando me fui de España y empecé a buscar futuro, fortuna o escapar del paro de un país en otro. En 2018 me mudé al pueblo de mi familia, a pocos kilómetros de Santa Cruz de los Cuérragos. Creí que no volvería a hacer las maletas. A las pocas semanas, un día de mercado en la cabecera de la comarca, la mancha reapareció por el rabillo del ojo.
Me costó reconocerlo. Tanto que solo me di la vuelta y exclamé su nombre cuando ya estaba a punto de pasar de largo y perderlo de vista. Entre la corriente de cuerpos que bajaba por la calle algunos vecinos se detuvieron y dirigieron la mirada al mismo lugar que yo: Samuel esperaba el autobús apoyado contra la ventana de una sucursal bancaria, entre puestos de ropa y verduras protegidos por lonas verdes, agitadas por el viento. El abrigo bajo el brazo, vaqueros gastados y jersey gris de anciano ocioso remangado para que el sol de finales del invierno le alcanzara la piel; las bolsas de la compra, que había sorteado para no tropezarme, a los pies.
—¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo!
Llevaba el pelo corto y estaba recién afeitado. Su habitual mohín de extrañeza, reblandecido por las ojeras terrosas y la papada, mostraba ahora una ligera dejadez, como si fuera un hombre menos hecho, me dije, como si hubiera perdido entidad. No pude sino alegrarme. Solo la frágil mirada oscura bajo las cejas eléctricas y el ceño fruncido en un gesto de concentración feroz mientras se mordía levemente el labio me recordaron al Samuel de otro tiempo, su andar sobresaltado por el mundo, en constante interrupción. Posó la mirada sobre mi mano como si ignorase por qué se la tendía y me respondió, con su sintaxis característica y su entonación descompuesta, pero desprovista ya de los tartamudeos y vacilaciones de la infancia:
—Que así no me espero verte y no, mucho menos por aquí.
—Qué te parece. He tomado posesión de la casa de mis abuelos —le dije con el orgullo y la inocencia de la mudanza reciente, con la sonrisa atravesada en la cara—. Joder, qué alegría verte.
—Eso no lo sé nunca. No me entero —me respondió, y quise creer que era mi presencia en la comarca lo que desconocía, que no dudaba de mi regocijo.
Me entraron ganas de contarle lo que esos días le contaba a todo el mundo, creyendo que recibiría de él una elogiosa aprobación: que, tras ocho años en el extranjero, viviendo en ciudades que solo consideraba mi hogar cuando las abandonaba, despidiéndome de amigos en varios idiomas y de amores siempre provisionales y llegando tarde al entierro de mis familiares, yo también me había instalado en la sierra de la Culebra, atraído por el rumor de la genealogía, los recuerdos de la infancia y las promesas pacíficas de las montañas. No me dio tiempo. Se le encendió la mirada en cuanto le dije que, entre otras cosas, había vuelto para estar en contacto con la naturaleza, me preguntó si había salido ya a explorar la sierra, si había recorrido ya todos sus parajes, y me habló atropelladamente de los montes que nos rodeaban, montes que él conocía a la perfección y cuyos nombres y características yo trataba esos días de memorizar. Como si todo lo que tuviéramos en común fuera el paisaje, como si no nos hermanara media vida juntos.
Solo interrumpió su monólogo cuando el minibús de color amarillo limón que lo llevaría de vuelta a casa enfiló la carretera y se dirigió hacia nosotros. Samuel recogió la compra y la colocó en el maletero, junto a las bolsas de rafia y plástico del resto de viajeros. Se despidió con un lacónico «Bueno, adiós», subió las escaleras y, tras saludar con familiaridad al conductor, se sentó en el lado contrario del vehículo, prácticamente vacío, donde yo no podía verlo.
Supuse que no volvería a tener noticias suyas. Que nos cruzaríamos cíclicamente en los mercados o en las fiestas comarcales y hablaríamos de la lluvia. Sin embargo, esa misma noche recibí por mensaje de texto, desde un número que ya no tenía en la agenda del teléfono, una orden: «Te enseño mejor la montaña mañana por la mañana. Te esperas antes de llegar al pueblo». Pensé responderle que no estaba disponible, que me avisara con mayor antelación la próxima vez. En su lugar, preparé comida y agua, metí las botas en el viejo Nissan Micra que había heredado de mi abuelo y fui a recogerlo al amanecer a la entrada de Santa Cruz de los Cuérragos, en la era rodeada de castaños y muros de piedra seca sobre los que se apoyaba una oxidada señal de aparcamiento que él mismo había robado y colocado, según me explicó, para evitar que los coches de los turistas se quedaran atrapados en las estrechas callejas de la pedanía.
Durante los meses que siguieron, salimos a la sierra con cierta regularidad, pero solo cuando él lo decidía. Si yo lo llamaba para proponerle un encuentro, contestaba que no podía y no me daba ninguna razón. Nuestra relación, así, se limitó a explorar las montañas que encajonan el noroeste de la provincia, excursiones en las que Samuel parecía dispuesto a abrir la boca únicamente para hablar de la teoría y práctica de los ecosistemas de la sierra. Y vaya si la abría. Enunciaba explicaciones interminables —y asombrosas, para alguien que no había terminado la educación secundaria— acerca del comportamiento de una u otra criatura, los vínculos existentes entre diversas especies vegetales o las múltiples relaciones que entretejen el territorio, explicaciones risueñas que se ponían en marcha cada vez que contemplaba el vuelo de un arrendajo, las marcas de un ciervo en el tronco de un árbol o, quién sabe, un verdor particular en el bosque, un murmullo especial a la orilla de los riachuelos. La menor variación en el paisaje le llamaba poderosamente la atención y le hacía abandonar el sendero para vadear riachuelos, descender hondonadas o remontar cerros, alejándose de mí mientras hablaba, de forma que llegué a pensar que sus discursos ni siquiera me estaban dirigidos. Yo lo seguía con la impresión de ir tras los pasos del niño que reaparecía una y otra vez en los parajes de mi infancia y de que estos eran, al mismo tiempo, los de una persona distinta, desenfocada, a la que solo conocía vagamente y cuya historia resultaba ser, como por azar, la historia de aquel niño.
Así, difícilmente podía ser el afán de conocimientos ecológicos lo que me convocaba a su lado, algo que se me hizo evidente al año y medio de encontrarnos, una mañana de septiembre de 2019 en que el cielo vibraba de ese azul luminoso que se revela solo en las altitudes más amplias de la sierra y yo había llegado a la conclusión de que los últimos meses habían sido un intento fallido de volver a un hogar que ya no era el mío, harto ya de pasear por las habitaciones de una casa demasiado grande y de una soledad para la que no había encontrado otro remedio que el propio Samuel. Habíamos ascendido hasta los mantos oscuros de carqueisas y urces que relucían al sol del planalto y desde allí observábamos el vuelo de un aguilucho cenizo sobre los montes. Samuel nombraba las elevaciones a la vista, señalándolas con un gesto preciso: el perfil mastodóntico del Vizcodillo a un lado, la cima de Peña Trevinca al otro, Peña Mira a nuestra espalda. Me aseguró que por esas tres montañas podía orientarse siempre, estuviera donde estuviera y aun con los ojos cerrados, como si fueran sistemas de navegación internos o una constelación propia. En todo caso, me dijo, prefería no alejarse demasiado de ellas. Dibujó en el aire el curso del río Tera y señaló la orilla en la que nos habíamos bañado juntos algún verano. Le dije entonces que alejarse de los sitios puede tener beneficios. Le conté que durante mis estancias en el extranjero me había resultado particularmente difícil crear vínculos y relaciones personales en otro idioma, acostumbrarme a hacer la vida con giros artificiales, sobreponerme a una perenne sensación de embotamiento lingüístico y de vacío anímico, como si lejos de mi lengua y de mi tierra yo no fuera nada, ni nadie, y que, a pesar de ello, era una condición que me gustaba, le dije, la de no ser nada ni nadie, la de marcharme como había llegado y empezar de cero. Me pareció que eso, empezar de cero, podría interesarle. Le hablé del orgullo que había sentido cuando, al cabo de dos o tres años en un lugar, lograba manejar la nueva lengua no solo con fluidez, sino con chispa, con un sentido del humor particular y una personalidad propia, una personalidad diferente, pero muy cercana a la mía, y le confesé entonces que las ganas de vivir en otro idioma nunca me abandonaban. Por eso me dedicaba a traducir en los ratos en los que no estábamos juntos en el monte, le expliqué, cansado de que no me hubiera preguntado nunca a qué me dedicaba, ante lo que él, que me escuchaba con una atención hiperbólica, una atención perpleja y ansiosa, asintió y respondió algo que yo debía saber desde hacía tiempo, pero de lo que solo me hice consciente en ese instante.
—Esa misma idea es así la idea que yo me tengo siempre, en todo el tiempo —dijo antes de reciclar y reorganizar arbitrariamente mis frases—. Así me comprendo siempre, después de visitar a especialistas de toda la vida y que son especialistas en mí, que yo no vivo nunca del todo en mi idioma y que hablo así otro idioma que no es el vuestro, que es una vida de imitación del vuestro y nunca un idioma completo, sino un idioma vacío y vacío de personalidad. —Y concluyó—: Por eso así, sin duda, que no nos conocemos, nada del uno y del otro. Así somos también extranjeros.
Yo no contesté y regresamos en silencio. Oscurecía cuando llegamos al coche y Samuel se durmió en el asiento del copiloto a los pocos minutos. No se despertó hasta que llegamos a la entrada de Santa Cruz de los Cuérragos, donde solo había un par de vehículos aparcados. Se despidió, se sumergió en la negrura y reapareció bajo la luz de la primera farola que iluminaba el empedrado irregular de la calle. Me di cuenta entonces de que, en el año y medio que llevábamos recorriendo el monte, Samuel nunca me había invitado a su casa ni me había enseñado su pueblo; de que yo también ignoraba cómo se ganaba la vida, qué hacía cuando no estaba en la sierra, cuáles eran sus inquietudes o sus placeres. Ni siquiera habíamos hablado de Laura. Entre los recuerdos que conservaba de Samuel y la realidad, mucho más imprecisa, del Samuel presente, no mediaba únicamente un territorio inexplorado. No era solo ese espacio en blanco lo que me atraía hacia él, sino también —y por motivos que sería demasiado largo enumerar pero que incluían una forma de fascinación y de mala conciencia semejantes en todo al desarraigo—, un libro, este libro, que no estaba escrito, pero había de escribirse, y que sería menos una investigación biográfica que una constatación de su existencia.
Entre viñedos y ciudades
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Le describí mi propósito cuando volvimos a vernos. Antes de subir al coche, le expliqué que me había salido un trabajo en París y me mudaría en algunos meses, pero que, antes de hacerlo, quería pasar algún tiempo con él, tanto como fuera posible y, durante ese tiempo, hacerle preguntas sobre su vida. Me dirigió la mirada absorta de quien se afana en leer de corrido un texto que se complica sin remedio y me echó en cara que le hubiera ocultado el verdadero motivo de ese año y medio de caminatas por la sierra. «Me vienes así porque soy solo para ti un personaje y un experimento», así dijo, de manera tan repentina, tan volcánica y certera que supuse que las sospechas acerca de nuestra renovada amistad le habían surgido mucho antes. También era posible, pensé, que no quisiera que me marchara.
Ese día no salimos a la sierra. Él regresó a casa y yo me quedé esperándolo una hora a la entrada de Santa Cruz, en vano. Me dije que tal vez fuera cierto, que quizá el libro que pretendía escribir —como los recorridos por la sierra, como la escasa intimidad que habíamos alcanzado— tuviera algo de experimento. Un ensayo geográfico, digamos, parecido a los frenesíes que llevaban a Samuel a desmenuzar el paisaje. Un viaje de exploración cartográfica, movido no por el deseo de incrustar a Samuel en mapa alguno, sino por el de ensanchar los límites de la tierra conocida.
De madrugada me dejó un mensaje en el buzón del teléfono, con voz lenta, algo brumosa. Como si la estuviera soñando. «Así pienso que vienes como te apetece a casa, cuando quieres así, para tu libro». Si en aquel momento supuse que aceptaba por una particular forma de honor o vanagloria, a la que sin duda no era ajeno, hoy me pregunto si comprendió que podría haberse negado.