'Wir wussten es nicht'

En este país siempre hay alguien dispuesto a hacerse el sorprendido cuando ya se ha roto el jarrón. Lo asombroso no es que aparezcan los bárbaros; lo asombroso es la cantidad de gente correcta que les va retirando los muebles para que pasen mejor.

Hay frases que no se dicen: se planchan. Se les pasa la mano por encima, se les quita la arruga moral y se las deja preparadas para comparecer con gesto compungido. “No lo sabíamos” es una de ellas. No es una frase inocente. Es una coartada con buena educación. Sirve para quedar limpio después de haberse pasado años tragando sapos, mirando al techo o llamando complejidad a lo que no era más que cobardía.

En Núremberg, aquel “no sabíamos” quedó ya retratado para siempre. No era desconocimiento. Era otra cosa: comodidad, miedo, interés, rutina. Esa vieja costumbre humana de no querer enterarse mientras el deterioro todavía no molesta demasiado en casa. Lo verdaderamente inquietante es que esa música empieza a sonar también aquí. No con botas ni con desfiles, que España es un país más dado al sainete amargo de opereta que a la solemnidad marcial. Aquí la degradación entra por la tertulia, por el titular infecto, por el vídeo de veinte segundos, por la gracieta convertida en consigna y por ese ambiente de taberna nacional en el que ya todo el mundo parece vivir a un minuto de llamar traidor a media España.

Así es como se pudre una democracia: no cuando aparece el cafre, sino cuando el entorno decide acostumbrarse a él

Llevamos demasiado tiempo instalados en la política del exabrupto. Todo está roto. Todo está vendido. Todo está podrido. Todo es una emergencia. Hay quien ha hecho carrera anunciando el fin de España tres veces al día, como el que pasa lista o ficha en la oficina. El apocalipsis se ha convertido en un género rentable. Da audiencia, da clics, da votos y da esa falsa sensación de energía que produce ver a un señor desgañitarse delante de una cámara mientras promete ponerlo todo patas arriba.

El problema no es que existan esos personajes. Siempre los ha habido. El problema es la adaptación del paisaje. Al principio escandalizan; luego entretienen; después condicionan la conversación; y al final se les trata como si fueran una pieza más del mobiliario constitucional. Así es como se pudre una democracia: no cuando aparece el cafre, sino cuando el entorno decide acostumbrarse a él.

En España tenemos una habilidad notable para confundir la habituación con madurez. Aguantamos lo inaguantable, normalizamos lo impresentable y llamamos sentido de Estado a taparnos la nariz mientras se firma según qué cosas. El bárbaro cumple con su papel: embrutece, simplifica, insulta, señala y promete redenciones con forma de martillo. Nada nuevo. La tragedia empieza cuando los supuestamente sensatos, los que cobran por pensar dos veces antes de hablar, empiezan a hacerse sus cuentas con él. Ahí se fastidia todo.

La derecha democrática debería decidir de una vez si quiere parecerse a una tradición de gobierno o a un grupo de WhatsApp enfadado. El conservadurismo serio no nació para amplificar al resentido de guardia ni para poner las instituciones a los pies de los caballos cada vez que vienen mal dadas. Nació, precisamente, para sostener las vigas, para respetar las formas, para entender que un país no se gobierna a base de berridos, ni de pulsos adolescentes, ni de patriotismo de TikTok. A estas alturas, pensar que se puede utilizar al extremismo como quien alquila a un matón para asustar al vecindario es de una ingenuidad ya casi ofensiva. El matón siempre acaba cobrando la casa entera. Ni para cerrar una campaña, señorías.

La izquierda democrática tampoco sale barata del retrato. Tiene una tendencia fatigosa a darse la razón a sí misma con un entusiasmo casi litúrgico mientras el país real se le escapa por la puerta de atrás. Confunde a menudo la pureza con la política, el gesto con la eficacia, la superioridad moral con la construcción de mayorías. Y así, entre una asamblea del alma y un desahogo perfectamente argumentado, deja libre el terreno donde crecen la ira, la mentira simple y el mercadeo con el malestar. Claro que no ilusionan a sus votantes. La socialdemocracia no se inventó para contemplarse en el espejo, sino para intervenir en la realidad, pactar cuando toca y evitar que el descontento acabe en manos de los peores.

Las democracias no suelen caer de golpe. Antes se reblandecen. Se acostumbran a la tosquedad. Se tragan una burrada, luego otra, luego otra más. Hoy es un ataque a la prensa. Mañana una deslegitimación de los jueces

Y luego están los liberales, o lo que vaya quedando de ellos entre tanto gurú del mercado que, a la hora de la verdad, se pone estupendo con la libertad de empresa y bastante tibio con la libertad a secas. Conviene recordarles una obviedad: no hay prosperidad seria sin jueces independientes, prensa libre y reglas estables. Sin Estado de Derecho no hay liberalismo; hay chanchullo. No hay mercado; hay reparto. No hay modernización; hay un powerpoint con fondo azul mientras se vacían por dentro las costuras del sistema.

Lo que está en juego, por tanto, no es una querella ideológica más. No es la vieja bronca entre izquierda y derecha, ni la competición habitual entre siglas que se detestan de lunes a viernes y se necesitan los sábados. Lo que está en juego es algo mucho más básico: si todavía queda una mayoría de adultos dispuesta a distinguir entre adversario y enemigo, entre discrepancia y demolición, entre la pelea democrática y la voluntad de cargarse el tablero.

Porque las democracias no suelen caer de golpe. Antes se reblandecen. Se acostumbran a la tosquedad. Se tragan una burrada, luego otra, luego otra más. Hoy es un ataque a la prensa. Mañana una deslegitimación de los jueces. Pasado, una campaña sistemática contra cualquier institución que ose poner límites. Nada parece definitivo en el momento en que ocurre, y por eso siempre aparece alguien diciendo que no conviene exagerar. En España el colaboracionista blando suele llevar americana, habla en tono razonable y siempre encuentra un matiz para no molestar al incendiario. Es falsamente equidistante.

Luego, cuando el humo ya entra por las ventanas, comparecen los de siempre: los sorprendidos. Los que no vieron venir nada. Los que hace seis meses estaban blanqueando barbaridades y hoy se presentan como analistas severos del deterioro. Los que llaman polarización a una estrategia deliberada de demolición porque así la culpa se reparte mejor y nadie tiene que mirarse demasiado al espejo. Es una figura muy nuestra: el irresponsable retrospectivo. Ese señor que nunca estuvo donde debía, pero siempre tiene un artículo preparado para explicar que todo fue muy complejo.

No. Esta vez no debería colar.

Sí lo sabían. Sabían lo que estaban haciendo cuando normalizaron el lenguaje del apocalipsis. Sabían que llamar valentía a la brutalidad era una forma de ir embruteciendo la conversación pública. Sabían que utilizar las instituciones como saco de boxeo no regenera nada: lo deja todo más débil, más vulnerable y más sucio. Sabían que pactar con quienes desprecian las reglas no era pragmatismo, sino miseria táctica con consecuencias históricas. Sabían que si exigimos que para debatir hay que cumplir con las reglas, no podemos señalar eternamente a quienes las incumplieron. Sabían, en fin, que el espejo estaba roto y aun así prefirieron discutir sobre la marca de la piedra.

La democracia no se defiende sola. Nunca lo ha hecho. La defienden personas concretas cuando deciden que hay líneas que no se cruzan, aunque cruzarlas salga rentable. La defienden quienes aceptan perder una ventaja antes que perder el suelo común. La defienden quienes entienden que el rival legítimo, por incómodo que resulte, siempre vale más que el aliado que quiere incendiar la casa. Y la defienden, sobre todo, quienes no esperan a las ruinas para descubrir de pronto una conciencia impecable.

El orden internacional basado en reglas está en coma profundo. El imperio de barras y estrellas no sólo perderá la guerra, puede acabar quebrando su sociedad. Un gran imperio de la estrella de David tomará el control. El gran oso saldrá de su hibernación, ampliará su territorio. Puede que haga ojitos al gran águila de la selva negra. Y lo mismo acaba hasta llevando Alejandría hasta Constantinopla. La desintegración del sueño de la paz, libertad y prosperidad que nos impusimos tras la segunda gran guerra en la caverna de Platón que es la UE.

El espejo está roto. Ya no hace falta un editorial, ni un informe, ni una cátedra para verlo. Lo ve cualquiera que no tenga interés en hacerse el ciego. La cuestión, a estas alturas, no es quién ha oído ya el crujido. La cuestión es quién sigue ensayando, con la seriedad de un funcionario del autoengaño, la frase más indecente de todas: que no sabía nada.

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José Manuel Nevado es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.

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