Begoña Gómez será juzgada y condenada

Felipe Domingo Casas

En estos días las acusaciones y las defensas han presentado los escritos de conclusiones ante la Audiencia Provincial por la investigación e instrucción que ha llevado a cabo el juez Peinado contra Begoña Gómez para la que propone que sea juzgada por un jurado por cuatro delitos. Los escritos de unas y otras están tan alejados como la petición de condena de 24 años que pide HazteOir con el archivo de la causa que solicitan el Fiscal y la defensa. La causa, pues, se encuentra en la recta final después de dos años de una tormentosa investigación e instrucción del juez Peinado. La rapidez con la que se suceden la actualidad política española, europea e internacional y ahora la judicial española, que sin duda influyen en esta causa, hace arriesgado escribir sobre este asunto sin que deje las palabras inmediatamente obsoletas. 

He leído que la premio Nobel de Literatura 2024, la surcoreana Han Kang, escribe primero el título de sus novelas en un folio en blanco y el final ya lo tiene pensado. Yo opté por el mismo método, aunque dudé después si poner una interrogación. Al final, lo he mantenido. Es la filósofa Victoria Camps quien ha escrito un libro que tituló Elogio de la duda como la mejor actitud ante los extremismos, los antagonismos y todos los “ismos” que puedan aducirse, como quijotismo, sanchismo, trumpismo y corporativismo. ¿Y por qué la contundencia del título? Porque impera la polarización, a pesar de que muchos la detestan. Yo, en cambio, me atrevo a hacer un encendido elogio del concepto si es razonado y no visceral. Si la polarización, bien entendida, ayuda a paliar la desigualdad, cada vez más creciente en todos los niveles y a la que está sometida gran parte de la humanidad y el futuro de  nuestro planeta.

La investigación e instrucción seguidas a Begoña Gómez tienen dos vertientes, la judicial y la política, tan relacionadas entre sí que es imposible disociarlas. En el caso de Begoña Gómez, la investigación e instrucción han seguido el mismo plan y han caminado por los mismos derroteros de irregularidades (denunciadas constantemente por las defensas) que siguieron en el caso del exfiscal general, García Ortiz. Y, por tanto, tendrán el mismo final.

El poder, amparado en la independencia judicial y la separación de poderes, está en manos de los jueces en este caso. A Begoña Gómez se la sentará en el banquillo, frente a tantas opiniones y razonamientos externos, jurídicos, y a la impugnación de los hechos por el fiscal y la defensa. Por mi parte, añado un motivo específico en favor de su inocencia. A Begoña Gómez se le ha lesionado un derecho fundamental que tenemos todos: el derecho al trabajo, el derecho a ejercer una profesión con dignidad y competencia, con los medios a su alcance, sin que con la utilización de los mismos haya malversado recursos públicos ni se haya enriquecido. Se le ha degradado su dignidad y su libertad.

En la actualidad la política judicial es eminentemente conservadora y los méritos se premian más en este servicio

Los jueces de la Audiencia Provincial decidirán su enjuiciamiento, porque son muchos los delitos que le atribuye Peinado como para que se los borren de un plumazo. El precedente es decisivo. La Audiencia Provincial es un órgano jerarquizado jurisdiccionalmente por debajo del Tribunal Supremo y los jueces del Supremo les han marcado el camino. Si al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, le hirieron políticamente con la condena a García Ortiz, ahora, además, pretenderán herirle emocionalmente. Las relaciones entre la política y la jurisdicción muy a menudo no se rigen por las leyes sustantivas y los procedimientos sino por las dinámicas discrecionales de poder, como observamos internacionalmente. Me referiré posteriormente a este asunto.

En el caso de Begoña Gómez, los jueces de la Audiencia Provincial han resuelto recursos contra las decisiones del juez Peinado en los que se han movido haciendo pinitos. Dando una de cal y otra de arena. Por una parte, han decidido recursos de las defensas sin olvidar su corporativismo —que tienen muy arraigado—, y por otra, con el pensamiento puesto en sus expectativas como funcionarios públicos, que no son menores, pensando en su futuro y sus ascensos. En la actualidad, la política judicial es eminentemente conservadora y los méritos se premian más en este servicio. El runrún mediático y de opinión que oyen los jueces, así como las actitudes y declaraciones de algunos, influyen en sus decisiones, que oponen a un Gobierno que creen muy progresista. 

Dice Carlos Pérez Vaquero en su blog que, entre las numerosas acepciones de “ley” que incluye el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (como puede fácilmente comprobarse), figura esta expresión coloquial: “la ley del encaje”, definiéndola como “dictamen o juicio que discrecionalmente forma el juez, sin atender a lo que las leyes disponen”. Ya antes, Miguel de Unamuno publicó en 1921 un artículo muy crítico titulado precisamente “La ley del encaje”, en el que se refería a esta arbitrariedad. Pero mucho antes, hemos de recordar la fuente de la literatura universal de la que hemos bebido: El Quijote. Cuando don Quijote nombra gobernador de la ínsula a su escudero Sancho, entre otros muchos, le dice: “nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida en los ignorantes que presumen de agudos”. No es aventurado pensar, pues, que los jueces, en el caso de Begoña, dicten sus resoluciones no por lo que las leyes y los procedimientos establecen o disponen, sino por lo que ellos piensan discrecionalmente.

Para no hacer de mis palabras un imperativo categórico e incondicional, dudo que los jueces de la Audiencia Provincial decidan que Begoña sea juzgada por un jurado, como Peinado ha establecido como indiscutible. Peinado busca el espectáculo mundial. Nada satisfaría más su ego que se viera a Begoña ante nueve miembros del pueblo pendientes de los delitos de los que le acusa. Y más aún, si decidieran sin piedad. Veremos.

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Felipe Domingo Casas es socio de infoLibre.

Felipe Domingo Casas

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