Japón y el fin gradual del pacifismo de posguerra

La cuestión de la defensa se ha convertido en uno de los asuntos centrales de la política japonesa contemporánea. Durante décadas, la identidad internacional de Japón estuvo definida por las limitaciones impuestas tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente por el artículo 9 de la Constitución, que renuncia al uso de la guerra como instrumento de política nacional. Sin embargo, el nuevo contexto geopolítico ha impulsado un profundo replanteamiento de este paradigma.

La figura de la actual primera ministra, Sanae Takaichi, representa la continuidad de la línea política inaugurada por Shinzo Abe, orientada a “normalizar” el papel estratégico de Japón y a dotar al país de mayores capacidades militares. El incremento sostenido del gasto en defensa, el desarrollo de capacidades de ataque de largo alcance, la flexibilización de las exportaciones de armamento y la participación creciente en ejercicios militares regionales evidencian una transformación que trasciende la tradicional doctrina de defensa estrictamente territorial.

La eventual reforma del artículo 9 constituiría el paso definitivo en este proceso. No solo supondría una modificación jurídica de enorme alcance, sino que permitiría a Japón actuar con mayor libertad en escenarios de crisis regionales, especialmente en torno a Taiwán. Tokio podría prestar apoyo militar y logístico directo a la isla sin necesidad de encajar dichas actuaciones dentro de la interpretación restrictiva de la "autodefensa colectiva" que ha condicionado su política de seguridad durante décadas.

Japón se enfrenta a un vecino cuya capacidad económica, tecnológica y militar rivaliza con la de Estados Unidos

La evolución de Japón no debe interpretarse únicamente como una reacción al auge de China, sino también como la culminación de un proceso de "normalización estratégica" iniciado tras el final de la Guerra Fría. Durante décadas, la excepcionalidad japonesa descansó sobre una combinación singular: gran potencia económica, capacidades tecnológicas avanzadas y limitaciones militares autoimpuestas bajo el paraguas de seguridad estadounidense. Ese modelo funcionó mientras el entorno regional permaneció relativamente estable y Estados Unidos mantuvo una superioridad incontestable en Asia-Pacífico.

Sin embargo, el ascenso de China ha alterado profundamente ese equilibrio. Por primera vez desde 1945, Japón se enfrenta a un vecino cuya capacidad económica, tecnológica y militar rivaliza con la de Estados Unidos y supera ampliamente la japonesa. En consecuencia, el debate sobre la reforma constitucional o el aumento del gasto militar no responde únicamente a una cuestión ideológica vinculada al legado de Shinzo Abe o Sanae Takaichi, sino a la percepción creciente de que el entorno estratégico que hizo posible el pacifismo japonés está desapareciendo.

Desde la óptica china, precisamente ahí radica el problema. Beijing interpreta que la progresiva remilitarización japonesa forma parte de una estrategia más amplia impulsada por Washington para impedir la emergencia de China como potencia predominante en Asia Oriental. De este modo, cuestiones como Taiwán, las islas Senkaku/Diaoyu o la seguridad marítima en el Pacífico occidental aparecen cada vez más integradas en una misma lógica geopolítica de competición sistémica.

Resulta igualmente significativo que el debate sobre Japón haya dejado de centrarse exclusivamente en su defensa nacional. Cada vez más, las autoridades japonesas hablan de la seguridad del Indo-Pacífico, de la estabilidad del estrecho de Taiwán o de la libertad de navegación en el mar de China Meridional. Ello refleja una ampliación del horizonte estratégico de Tokio, que comienza a concebirse como un actor con responsabilidades regionales y no únicamente nacionales.

El respaldo estadounidense y la redistribución de responsabilidades

Esta evolución cuenta con el apoyo explícito de Estados Unidos. Desde la perspectiva de Washington, el fortalecimiento militar japonés constituye un elemento fundamental para mantener el equilibrio de poder en el Indo-Pacífico frente al ascenso de China.

La cooperación industrial en materia de misiles, el incremento de la interoperabilidad militar y la coordinación estratégica entre ambos países responden a una lógica cada vez más evidente: Estados Unidos pretende compartir con sus aliados una parte creciente de la carga de la disuasión regional. No se trata tanto de una retirada norteamericana como de una redistribución de responsabilidades dentro del sistema de alianzas liderado por Washington.

En este contexto, Japón emerge como el principal socio estratégico estadounidense en Asia Oriental. La alianza ya no se limita a garantizar la defensa del archipiélago japonés, sino que se orienta progresivamente hacia la gestión de contingencias regionales que abarcan el mar de China Oriental, el mar de China Meridional y el estrecho de Taiwán.

Beijing observa estas transformaciones con profunda preocupación. Desde la perspectiva china, el rearme japonés no puede desvincularse del legado histórico de la agresión imperial nipona durante la primera mitad del siglo XX.

Por ello, la diplomacia china intenta presentar el fortalecimiento militar japonés como una forma de "nuevo militarismo", evocando la memoria de la guerra sino-japonesa y de la ocupación japonesa de China. La referencia constante a la lucha antifascista y a la victoria sobre el militarismo japonés busca movilizar sensibilidades históricas tanto dentro de China como en otros países asiáticos.

No obstante, la crítica china no responde únicamente a consideraciones históricas. Desde una perspectiva geopolítica, Japón constituye una pieza esencial de la denominada "primera cadena de islas", el sistema geográfico que limita la proyección naval china hacia el Pacífico occidental. Un Japón militarmente más capaz incrementa significativamente las dificultades de China para operar en un eventual conflicto regional.

Por otra parte, la respuesta de los países de la región es más ambigua que la de China. Estados como Filipinas, Vietnam o incluso Australia contemplan con relativa simpatía el fortalecimiento japonés, al percibirlo como un contrapeso útil.

Japón constituye una pieza esencial de la denominada "primera cadena de islas"

Particularmente significativo resulta el acercamiento entre Japón y Filipinas. Ambos países mantienen disputas territoriales o estratégicas con Beijing y han intensificado su cooperación militar, diplomática y marítima. Las negociaciones para delimitar sus respectivas zonas económicas exclusivas ilustran un proceso más amplio de alineamiento estratégico.

Sin embargo, este acercamiento genera también efectos secundarios complejos. Taiwán, por ejemplo, observa favorablemente la cooperación entre Tokio y Manila en términos generales, pero algunas de estas iniciativas pueden afectar directamente a sus intereses marítimos. Ello demuestra que la creciente convergencia entre actores reticentes hacia China no elimina necesariamente los conflictos de intereses entre ellos.

Al mismo tiempo, en numerosos países del Sudeste Asiático persisten ciertas reservas hacia un Japón más militarizado. La memoria histórica continúa siendo un factor relevante y muchos gobiernos prefieren evitar una excesiva polarización regional entre bloques rivales.

Taiwán como epicentro del nuevo equilibrio regional

La cuestión taiwanesa constituye probablemente el principal catalizador de estos cambios. La creciente convicción en Tokio de que la seguridad de Taiwán está estrechamente vinculada a la seguridad japonesa ha modificado sustancialmente el debate estratégico nacional.

Las islas japonesas de Ryukyu, especialmente las situadas más al sur, se encuentran muy próximas a Taiwán. Un conflicto en el estrecho tendría consecuencias inmediatas para Japón, tanto desde el punto de vista militar como económico y energético. De ahí que las autoridades japonesas hayan abandonado gradualmente la tradicional ambigüedad respecto a la isla.

Si Japón llegase a reformar su constitución y ampliara aún más sus capacidades militares, el cálculo estratégico de Beijing se volvería considerablemente más complejo. Cualquier operación contra Taiwán debería contemplar no solo la intervención estadounidense, sino también la posible participación directa japonesa.

El resultado es la configuración progresiva de un nuevo sistema regional caracterizado por una creciente polarización estratégica. China percibe que Estados Unidos está tejiendo una red de alianzas destinada a contener su ascenso, mientras que Washington y sus socios consideran que el fortalecimiento militar chino amenaza su presencia y la estabilidad regional.

La cuestión no es ya si Japón se está rearmando, sino hasta dónde llegará esa transformación y cómo reaccionarán a ella China y el resto de Asia Oriental

En este contexto, Japón ha dejado de ser simplemente una potencia económica protegida por Estados Unidos para convertirse en un actor estratégico de primer orden. Su transformación militar constituye uno de los cambios más significativos en la arquitectura de seguridad asiática desde el final de la Guerra Fría.

Paradójicamente, tanto Beijing como Tokio justifican sus respectivas políticas apelando a la necesidad de garantizar la estabilidad. Sin embargo, el resultado acumulativo de estas dinámicas es una intensificación de la competencia estratégica que aumenta los riesgos de crisis en torno a Taiwán y al Mar de China Meridional. La región entra así en una etapa en la que la disuasión y la preparación militar adquieren un protagonismo creciente, mientras la posibilidad de errores de cálculo entre las grandes potencias se convierte en una de las principales amenazas para la estabilidad del Indo-Pacífico.

La paradoja del nuevo Asia-Pacífico es que todos los actores afirman prepararse para preservar la paz, pero la acumulación simultánea de capacidades militares está configurando un escenario en el que cualquier crisis local, especialmente en Taiwán, corre el riesgo de transformarse en una confrontación regional de dimensiones históricas.

Si durante la segunda mitad del siglo XX Japón simbolizó el triunfo de la potencia económica sobre la potencia militar, el siglo XXI parece conducirlo hacia una síntesis distinta, en la que prosperidad, influencia diplomática y capacidades de defensa vuelven a considerarse elementos inseparables de su condición de gran potencia. La cuestión no es ya si Japón se está rearmando, sino hasta dónde llegará esa transformación y cómo reaccionarán a ella China y el resto de Asia Oriental.

Por tanto, no estamos simplemente ante un rearme japonés, sino ante la redefinición del papel de Japón en el orden asiático del siglo XXI.

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Xulio Ríos es asesor emérito del Observatorio de la Política China.

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