(Des)crédito

Archivo - Begoña Gómez

Verónica Barcina Téllez

El término “crédito” es muy versátil y genera paradojas semánticas al menor descuido. Uno de sus significados más habituales lo relaciona con el dinero, unidad métrica para cuestiones que van desde lo material tangible a lo etéreo conceptual. Este lastre semiótico se proyecta sobre diversas actividades llevadas a cabo por el ser humano a nivel individual y colectivo. En torno a este vocablo confluyen disciplinas tan dispares como la economía, la educación, la religión, las ciencias, las artes y algún otro etcétera inesperado.

La RAE asocia “crédito” a la economía (Cantidad de dinero u otro medio de pago que una persona o entidad, especialmente bancaria, presta a otra bajo determinadas condiciones de devolución) y habla de crédito abierto, blando, extraordinario, presupuestario, público o sindicado. También propone locuciones como “a crédito”, “abrir un crédito” y “dar dinero a crédito”. Es habitual unir el término a otro para crear nuevos conceptos: cuenta de crédito, riesgo de crédito, tarjeta de crédito, títulos de crédito o transferencia de crédito. Admite como sinónimos préstamo, financiación o anticipo, pero descarta como tal la usura.

En su acepción 3ª, “crédito” se define como Reputación, fama, autoridad, y en la 6ª como Opinión que goza alguien de que cumplirá puntualmente los compromisos que contraiga. La locución “dar crédito” equivale a creer (tener algo por cierto o verosímil, o a alguien por veraz) y “sentar, o tener sentado, el crédito alguien” a afirmarse y establecerse en la buena fama y reputación del público por medio de virtudes, letras o loables acciones. Es sinónimo de fama, reputación, renombre, prestigio, fiabilidad, credibilidad y confianza.

Si la Justicia, la UCO y la UDEF se escandalizan porque alguien intenta desacreditarlas, debieran reaccionar de igual forma ante las injustificables maniobras de sus propios miembros

Relacionado con la percepción social de personas e instituciones, “crédito” cotiza en la bolsa de los vértigos, a menudo más próximo a interpretaciones interesadas que al rigor de la semántica. Es en este terreno donde adquieren más relevancia sus antónimos “descrédito” (disminución o pérdida de la reputación de las personas), “difamación” (desacreditación de alguien, de palabra o por escrito, publicando algo contra su buena opinión y fama) y otros términos empleados para menoscabar honestidades y reputaciones.

Al margen del descrédito forzado por las acciones coordinadas de varios actores sobre la opinión pública para favorecer determinados intereses personales o grupales, es palmario el descrédito que dichas acciones, por sí mismas, ejercen sobre las personas e instituciones que las llevan a cabo. No es tanto el descrédito, por ejemplo, de Begoña Gómez como el que supone para la prensa, la Justicia y la Democracia la astracanada consentida al juez Peinado; y es demoledor el descrédito de las fuerzas de seguridad que fabrican pruebas, investigan de forma irregular a personas o partidos, o golpean a capricho.

Conviene tener cuidado con el descrédito intencionado que suele revolverse contra quienes lo promocionan como arma sin pudor alguno ni profilaxis. El descrédito de la política es consecuencia del ejercicio demagógico y polarizador continuo a cargo de los actores del régimen del 78. El descrédito de la religión proviene del comportamiento pecaminoso de jerarquías y feligresías. Y el descrédito de los Servicios Públicos es un crédito abierto de las derechas al sector privado a cambio de… no es tan difícil de imaginar.

Si la Justicia, la UCO y la UDEF se escandalizan porque alguien intenta desacreditarlas, debieran reaccionar de igual forma ante las injustificables maniobras de sus propios miembros, coordinadas con las de Manos Limpias, Abogados Cristianos, Hazte Oír, la infame prensa afín y otras formas de manipulación proclives al temible ruido de sables.

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Verónica Barcina Téllez es socio de infoLibre.

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