Condenada arquitectura de Lavapiés. Ignorancia y clasismo

Josemi Lorenzo Arribas

Pocas personas aprobarían el derribo de un puente, una iglesia, una picota o un edificio del siglo XVII por ausencia de “valor cultural” suficiente, pero entre ellas están quienes deciden en el Ayuntamiento de Madrid y en la Comunidad de Madrid, que han sentenciado de muerte dos inmuebles sitos en la calle de Cabestreros nº 1 y 3, en el barrio de Lavapiés.

El edificio está siendo demolido y en su lugar se construirá un hotel de cápsulas de 260 “camas”, algo con más “valor cultural” que aquel al que sustituye. En este artículo ni siquiera trataremos de la necesidad de una infraestructura así en este barrio. Simplemente, denunciamos lo que parece una acción arbitraria, basada en una cuestión de mero “gusto”, prejuicio, ignorancia o todo a la vez. Desconozco si hay algún historiador o historiadora entre el equipo técnico (y político) que ha hecho de verdugo. Quiero pensar que no.

¿Qué será eso del “valor cultural” para municipio y Comunidad? Quizá una arquitectura de prestigio, que estos edificios no tienen. Quizá haber sido residencia de un prócer, que no parece. Quizá ser una construcción pintoresca. No se aprecia. Quizá haber sido escenario de un hecho relevante. Tampoco. El inmueble “no posee ningún valor cultural susceptible de protección”, dice una resolución administrativa con dejes de sentencia. No hay, pues, valor cultural, sintagma bastante resbaladizo y problemático cuando no se concreta.

Un simple vistazo al célebre mapa de Teixeira (1656) nos descubre que ya estaba configurada la manzana en el mismo punto donde se ubican los inmuebles sentenciados, junto a la fuente de Cabestreros. Lavapiés ya estaba urbanizado básicamente como lo está ahora. Un siglo después, el mapa de Espinosa de los Monteros (1769) muestra perfectamente definida la manzana que hacía la número 68 de las 557 en que se dividió la ciudad.

Las casas que van a morir hacían los números 41 y 42 en los datos recogidos en la llamada Planimetría general, fruto de las visitas municipales de 1750-1751 y base geométrica documental del mapa de Espinosa de los Monteros. Informan de sus propietarios vigentes, los anteriores, los maravedís con los que se gravaba (los impuestos no son cosa de ahora) y sus medidas. Coinciden escrupulosamente con las actuales, como también la anchura de las calles a las que tales casas daban, que esos datos también se recogieron.

Los edificios de las dos esquinas de la manzana que dan a la calle de Cabestreros eran, efectivamente, antiguos, y lo demuestra que los números centrales de la misma se retranquean, inequívoco síntoma de construcciones que responden a una ordenación urbana más moderna. Sus dos alturas (así se ve en Texeira) eran otro indicio de antigüedad, testigo de un tiempo sin tanta especulación urbanística. Así pues, mirar a la calle de Cabestreros desde la (antes) plaza homónima (hoy, de Nelson Mandela) era ver algo muy similar a lo que se ha podido contemplar en los últimos siglos.

Porque es humilde

Lavapiés fue siempre barrio humilde. No se espere en él una arquitectura de las que pasan a los libros de texto. Las casas del barrio son de estructura de madera, alzados de mampostería enlucida, impostas modestas, discretos balcones y pocos alardes decorativos, aunque no falten dinteles epigrafiados del siglo XVIII y bellos montantes decimonónicos de forja en ciertos portales. Las gentes comunes de este barrio, como la de la mayor parte de los lugares, tampoco trascienden a los libros de historia, pero son las que las han construido y vivido, las que hicieron y hacen un barrio típico, idiosincrático, castizo y mestizo, valores que quizá tampoco posean valor cultural para quienes deciden qué es eso. El restaurante Baobab, de comida senegalesa, fue el último uso que tuvo el inmueble que se quiere aniquilar. A cambio, llegarán gentes de acá y acullá atraídas por ese “aura” que, con más o menos consciencia, contribuyen a destruir.

La historia no se imposta ni se puede crear ex novo. La hay o no la hay

Esos son los valores culturales de las no tantas construcciones que subsisten de ese Madrid barroco y popular, villano (de la Villa) y currante, obligado a sostener los caprichos de petimetres y aristócratas (de la Corte). Esa es la gracia e idiosincrasia del maltratado barrio de Lavapiés, caserío de población menesterosa que los mandamases del siglo XVIII mirarán con una mezcla de admiración y desprecio (chulos, manolas…) para hacerlo sustancia de clasistas sainetes.

La urbanización de esta zona sureña comenzó en la primera mitad del siglo XV (de 1441 data su primera mención conocida) a la vera del frecuentado camino de Atocha, que llevaba al santuario de una Virgen muy querida por la madrileñía. Construir aquí significó luchar con barrancos –que eso eran estas tierras– excavados por la escorrentía de las aguas que luego recogía la fuente de Lavapiés. Fue lugar ad hoc para instalar negocios insalubres (el matadero que dará origen al Rastro), inclusa para expósitos, apretada gavilla de habitaciones alquiladas a trabajadores de la Real Fábrica de Salitre (1785) o a cigarreras de la Real Fábrica de Tabacos (1790), capital de corralas y maremágnum de gente humilde, pobre, trabajadora o buscavidas, tantas veces literaturizada. Desde hace muchos años, experimento de convivencia multicultural que en un barrio así es posible. No en los barrios ricos. Los románticos, a la vista de tanto lumpen, ubicaron en él la judería (que nunca estuvo aquí). Criminalizar al pobre era fácil cuando se tenía poder y la gestión de los corrales de comedias, las imprentas y las gacetillas, redes sociales de la época.

Más derribos

Abandonada hacía mucho tiempo, una antigua tahona lavapiesina muy cercana a Cabestreros (Embajadores nº 40) fue okupada por mujeres, que crearon un espacio maravilloso, la Eskalera Karakola, llamada así por su escalera de hierro fundido, que rescataron. La antigüedad era similar a lo que se va a tirar. En mayo de 2005 se desokupó y se derribó. Hoy es un solar tapiado. Afortunadamente, el proyecto feminista continúa en otra localización.

Un poco más arriba, en marzo de 2013 ni siquiera un blasón pétreo salvó al inmenso caserón de Embajadores nº 18, echado abajo por el Ayuntamiento tras decenios de abandono. El propio consistorio lo había señalizado como una de las residencias del arquitecto Pedro de Ribera. Tampoco valió para el indulto. Hoy es otro solar donde, al menos, una precaria instalación deportiva sirve para que parte de los Dragones de Lavapiés entrenen.

Será que sobran inmuebles barrocos en Madrid y por ello ordenó su derribo quien debía velar por su conservación. O que la densificación y gentrificación del centro urbano necesitan contenedores más altos, capaces de hacinar más gente.

¿Quiénes han decidido que Cabestreros 1 y 3 no tiene valor cultural? ¿Con qué argumento o justificación histórica, pues si de patrimonio cultural hablamos tratamos de patrimonio histórico-artístico?

Al lado de la fuente que, renovada en 1934 por la “República Española”, da de beber al vecindario, una esquina que fácilmente lleva trescientos años construida está siendo sacrificada por una decisión arbitraria.

La historia no se imposta ni se puede crear ex novo. La hay o no la hay. Y aquí la hay, un digno testimonio de un Madrid que venden. En todos los sentidos, el del márquetin y el comercial.

Impunemente.

Josemi Lorenzo Arribas

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