Sobre este blog

El barrio es nuestro es un blog colectivo alimentado por la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM). El nombre alude al viejo grito de guerra del movimiento vecinal que sirve para reivindicar el protagonismo de la vecindad en los asuntos que la afectan, a menudo frente a aquellos que solo ven en el territorio un lugar de negocio y amenazan su expulsión.

El barrio que perdimos

Tengo el honor de poder asomarme en ocasiones a este medio para reflexionar sobre urbanismo, mi disciplina. En esta ocasión también será así, pero necesariamente el tema requerirá que le dé un matiz mucho más personal. Esto es porque el objeto del que voy a hablar es algo muy importante para mí: mi Barrio.

He vivido siempre en el casco histórico de Madrid, en un barrio de clase media donde mis padres establecieron su hogar porque tenían parientes y conocidos. Desde ese punto de vista he tenido siempre un arraigo profundo con mi entorno, al estar presentes en él esos familiares de mis padres, pero sobre todo porque he tenido la suerte de criarme en un vecindario, en un lugar que se caracterizaba por encima de todo por una red de relaciones entre personas que se basaban en el conocimiento y aprecio mutuo. Esa red ponía en carga un alto nivel de solidaridad y ayuda mutua, y hoy mirando al pasado veo que en gran medida se trataba de solidaridad intergeneracional, donde los niños y los mayores recibíamos una importante atención. Mirando a ese contexto y comparándolo con la realidad de mi barrio en el momento presente, me doy cuenta de que eso es lo más importante que hemos perdido quienes vivimos aquí todavía. Eso es lo más importante que se nos está usurpando porque constituye el alma del espacio donde desarrollamos nuestras vidas.

He tenido la suerte de criarme en un vecindario, en un lugar que se caracterizaba por encima de todo por una red de relaciones entre personas que se basaban en el conocimiento y aprecio mutuo

Habrá quien piense que estas líneas y esa valoración están guiadas por un exceso de nostalgia, pero honestamente creo que no es así. Soy objetiva al reconocer que el Distrito Centro de Madrid ha ganado en calidad de vida en algunos sentidos. Una de las grandes mejoras llegó con la entrada en funcionamiento de Madrid Central en noviembre de 2018. Esta zona de bajas emisiones derivó en que nuestro espacio público ganara calidad ambiental al sostener mucho menos tráfico. La mejora retrocedió con su conversión en Madrid Centro, que amplió los supuestos que permiten la entrada de automóviles privados. Pero aun reconociendo esta cuestión, se puede considerar que el barrio ha ganado en este sentido respecto a cuando yo caminaba por sus calles siendo una niña. Dicho esto, me cuesta encontrar otro aspecto en el que hayamos mejorado respecto a cómo era entonces. Intento explicar por qué.

La principal razón es que la pérdida del carácter de vecindario de mi barrio ha sido la consecuencia de otras pérdidas anteriores. Una primera vino derivada de la especialización de muchas de nuestras calles en lugares de ocio. Si bien todos los barrios del casco de Madrid vienen siendo desde hace tiempo lugar de referencia para el ocio de los madrileños y de quienes nos visitan, esta cuestión se intensificó de manera importante en la década de los 2000, cuando al calor de la potenciación, todavía incipiente del turismo, se empezaron a ir las actividades comerciales y los servicios de proximidad de muchas calles, que iniciaban a saturarse de bares y restaurantes. Uno de los motores de dicho cambio vino de la conversión de un mercado de barrio, el Mercado de San Miguel, en un mercado gourmet. Todavía, quienes viven en su entorno recuerdan que no tienen opciones cercanas para abastecerse de alimentos frescos. Cabe recordar que con la conversión del Mercado en una opción de ocio perdió toda la ciudad, puesto que se había restaurado poco antes con Fondos Europeos (en particular el Fondo Europeo de Desarrollo Regional). En la memoria que justificaba el uso de esos fondos para rehabilitar el Mercado, el Ayuntamiento señala que era imprescindible su recuperación porque servía a una población envejecida. Sin embargo, poco después permitió que se convirtiera en lo que es hoy: un centro de ocio potentísimo que ha generado en su entorno toda una zona de restauración que vive al calor de su empuje. En ese periodo se consolidaron otros focos de ocio, produciendo un efecto que cada vez se extendía a más y más calles.

Quienes vivíamos en el barrio observábamos con resignación la pérdida de las tiendas, pensando que la tendencia pararía. Sin embargo no fue así y el barrio siguió perdiendo comercio de proximidad a favor de la restauración y el ocio. Como consecuencia, se multiplicaron las terrazas y así empezamos a perder también gran parte de nuestro espacio público. Esta tendencia se mantuvo temporalmente hasta la pandemia, en la que los metros cuadrados de terrazas aumentaron de manera importante, en principio de manera temporal para limitar los contagios. Es interesante señalar que aunque las denominadas “terrazas COVID” se retiraron en otros distritos de Madrid pasada la pandemia, en el casco se mantuvieron en muchos casos, resultando todavía a día de hoy en la ampliación de las preexistentes o en nuevas terrazas. Esta cuestión ha derivado en un mazazo a nuestra vida cotidiana porque muchas de nosotras no reconocemos ya nuestro espacio público: hemos perdido los lugares de nuestra cotidianeidad, lugares que ahora evitamos por el ruido, la suciedad, el exceso de actividad que soportan y la angustia emocional (hay quien lo llamaría solastalgia) de ver que se te escapa de las manos algo tan querido.

En barrios del Centro de Madrid hemos perdido los lugares de nuestra cotidianeidad, lugares que ahora evitamos por el ruido, la suciedad, el exceso de actividad que soportan y la angustia emocional…

Perdidos el comercio y los servicios de proximidad, así como parte de nuestro espacio público, alguien puede pensar que ya no nos quedaba nada que perder, sin embargo en torno a la década de los 2010 había llegado el fenómeno de las viviendas de uso turístico, que también se reforzó con la pandemia. Pisos turísticos legales e ilegales se implantaron en nuestros edificios. El “Caballo de Troya” de la turistificación entró en nuestras comunidades. El fenómeno ha sido de tal intensidad que derivó en que muchos de nuestros vecinos y vecinas decidieran mudarse a barrios donde no hubiera vecinos “comisionistas” en las comunidades, con mejor calidad de vida y donde se pudiera dormir por la noche. Otros decidieron irse o tuvieron que hacerlo porque a todas estas dinámicas, propias del casco, se ha sumado el encarecimiento del precio de la vivienda en todo Madrid.

Y así, llegamos a lo más importante que estamos perdiendo, el alma de nuestro barrio: a nuestros vecinos y vecinas, nuestro tejido vecinal. Muchos se han ido y muchos otros están pensando en irse. Mientras escribo estas palabras me acuerdo especialmente de ellas y ellos y me pregunto si yo tomaré la misma decisión en unos años. Ahora me debato todavía entre el amor al barrio en el que me crie y he vivido siempre, y el rechazo de aquello en lo que se ha convertido. Esto lo hago observando con tristeza la dejadez de un Ayuntamiento que mantiene el statu quo, a pesar de las llamadas de atención que llevan a cabo las asociaciones vecinales y los ciudadanos y ciudadanas a título particular. Lo que le está pasando a mi barrio no es cuestión de un destino fatal e inevitable, es lo que deriva de un modelo de ciudad en donde lo económico prima y pasa como una apisonadora por encima de los vecindarios.

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Sonia de Gregorio Hurtado es arquitecta Urbanista, profesora de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid.

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Publicado el
10 de abril de 2026 - 06:01 h
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