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Refugiados relatan desde Bielorrusia el infierno en el que viven atrapados a las puertas de Europa

Una niña al lado de la valla de Bielorrusia mientras varios agentes de policía polacos montan guardia en el paso fronterizo de Bruzgi-Kuznica Bialostocka.

Hussam Hammoud | Céline Martelet | Noé Pignède (Mediapart)

Alambreras de espino escarchadas al amanecer, detrás de las cuales hay hombres, mujeres y niños, arrebujados en abrigos y con gorros. Frente a ellos, al otro lado de la valla, soldados polacos. Desde el pasado 8 de noviembre, estas imágenes circulan en los medios de comunicación y las redes sociales. Pero nada más. Y no es casualidad. A ambos lados de esta frontera erigida apresuradamente no se permite trabajar a ningún periodista. Sólo los canales y las agencias cercanas al régimen autoritario del presidente bielorruso Lukashenko pueden acercarse a la frontera.

Para contar la historia desde dentro de lo que varias ONG llaman "emergencia humanitaria" hay que recurrir a los teléfonos. Hussein, un kurdo iraquí de 34 años, alquiló la batería del móvil de otro emigrante para responder a nuestras preguntas. En el bosque de Podlasie, cerca de la frontera entre Polonia y Bielorrusia, un porcentaje de batería se ha convertido en un lujo que muy pocos pueden permitirse.

"No tenemos nada que comer y a mi hija no le queda leche", cuenta. "Tenemos hambre y frío. No sé cuál de los dos nos matará primero". Por la noche, las temperaturas alcanzan valores negativos en este bosque húmedo.

Detrás de Hussein, los gritos de los niños se mezclan con las voces de los padres. "Al final nos dejarán pasar", confía. "Hay gente que dice que los polacos no tardarán en abrir la frontera y que nos llevarán a Alemania. ¿Crees que es verdad?". Este rumor se ha extendido tanto que el 14 de noviembre el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán publicó un desmentido en Twitter en varios idiomas.

Hussein salió de su país a mediados de octubre con su mujer y su hija de 18 meses. La familia formó parte de las primeras grandes oleadas de migrantes que llegaron a Minsk. A pesar de su título de ingeniero, este padre de familia ya no podía encontrar trabajo en su región natal, el Kurdistán iraquí, de donde procede la mayoría de los migrantes bloqueados en la frontera.

"Nuestro país está podrido de corrupción", suspira. "Para que te contraten en algún sitio, tienes que conocer a alguien que esté bien situado. Pero no pertenezco a ningún movimiento político", continúa Hussein, refiriéndose sin nombrarlos al Partido Democrático del Kurdistán (PDK) y a la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), que gobiernan su provincia. "No hay nada para nosotros allí. Así que cuando nos enteramos de que se abría una nueva ruta a través de Bielorrusia hacia Europa, hicimos las maletas", recuerda.

Tras pagar 15.000 dólares a un contrabandista, al kurdo casi no le queda dinero. Apenas unos pocos dólares para sobrevivir y cargar el teléfono móvil.

A miles de kilómetros de esta frontera, hay familias que también viven pegadas a sus teléfonos. Esperando el mensaje de un hijo, de un padre, de un familiar que se ha ido a Europa. Es el caso de Kareem. Este libanés vive angustiado desde que su primo Anas, de 22 años, partió de Beirut a Bielorrusia a mediados de octubre.

El joven, trabajador de la construcción, no encontraba trabajo en un Líbano en crisis. "Estaba desesperado por vivir en un país estable", dice Kareem. Desde entonces, Anas está atrapado entre Bielorrusia y Polonia. "Me dijeron que tenía que comer hierba para sobrevivir".

El 9 de noviembre, la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) pidió "acceso inmediato" a la zona "para garantizar la asistencia humanitaria". Cuatro días después, la Policía polaca encontró el cuerpo de un joven sirio bajo un árbol, en lo que parecía una muerte por ahogamiento. Según la agencia de noticias Reuters, las autoridades polacas ya han descubierto ocho cadáveres en las inmediaciones de la frontera. Bielorrusia no ha dado ninguna cifra.

Algunos migrantes lograron escapar de la trampa. Un grupo de amigos sirios, por ejemplo, consiguió volver tras 18 días de vagar por el bosque. Todos querían escapar del reclutamiento forzoso por parte del Ejército del régimen de Damasco.

Desde Minsk, donde se esconde, Ali quiere contarnos su historia "para que nadie más se vea en esta horrible situación". El sirio de 27 años sigue gravemente enfermo: "Tuvimos que beber agua de las ciénagas". Suspira y continúa: "¿Sabes?, mis amigos y yo deseamos la muerte. Estar en una cárcel real sería más fácil que pasar por todo este sufrimiento".

Violencia a ambos lados de la alambrada

Atrapados entre Bielorrusia y Polonia, los migrantes también se enfrentan a una violencia que no esperaban. Kareem recuerda algo que dijo su primo Anas en su última llamada. "Me dijo que se sentía como un balón entre dos equipos de fútbol", explica el libanés. "Los bielorrusos lo empujaron cinco veces y en cada ocasión los polacos lo volvieron a expulsar".

Cuando se pone en contacto con nosotros, Ali nos envía una foto. En ella, el joven migrante se levanta la camiseta y deja ver la parte baja de la espalda. Su piel presenta contusiones, moratones de unos veinte centímetros.

Cuando fue detenido por primera vez por soldados bielorrusos el 20 de octubre, a Ali lo golpearon con una porra. "Nos llevaron a un campamento improvisado en medio del bosque. Durante el trayecto, nos golpearon sin parar".

Al cabo de unas horas, los soldados les obligaron a subir a un camión. El amigo de Ali, Faris, recuerda lo asustado que estaba cuando el vehículo se detuvo al borde de un río helado. No sabe nadar, pero como el resto del grupo, tuvo que cruzar. "El agua nos llegaba a las rodillas. Los soldados bielorrusos nos dijeron: 'Id en esta dirección, luego corréis hacia el bosque y estaréis en Polonia'", explica.

Una vez en el otro lado, todos empezaron a correr, convencidos de que pronto estarían a salvo en Europa. "El Ejército polaco nos detuvo", explica Faris. "Nos pidieron que nos tumbáramos en el suelo y luego nos golpearon". Su detención fue grabada. En las imágenes difundidas por el Ejército bielorruso, se escuchan muchos gritos y alaridos. "Nos decían en inglés: '¡Polonia no, id a Bielorrusia!'. Nos dieron una paliza. Para Polonia, y para Bielorrusia, somos animales", dice el joven sirio. "Ambos Ejércitos nos tendieron una emboscada".

Siempre el mismo escenario al inicio

Ya sean sirios, iraquíes, libaneses o yemeníes, todos los testimonios describen el mismo sistema de tráfico de personas: los traficantes les prometen un fácil acceso a Europa, a menudo a Alemania. El precio por persona varía entre 4.000 y 6.000 dólares.

Hussein, el joven kurdo iraquí, pagó 15.000 dólares por toda su familia. "Eran todos mis ahorros", precisa este treintañero, que sigue atrapado entre Bielorrusia y Polonia. "Parecía que tenía al alcance de la mano una vida mejor. Y parecía increíblemente fácil. La agencia de viajes estaba llena de otros kurdos que hacían lo mismo que nosotros. Nadie tenía idea de lo que nos esperaba aquí".

En un discurso televisado, el portavoz del Ministerio iraquí de Asuntos Exteriores, Ahmed al-Sahaf, anunció el domingo que despegaría de Minsk el jueves un primer vuelo de repatriación. Una operación de rescate, en colaboración con las autoridades de la región autónoma kurda, para devolver al país a los ciudadanos "que lo deseen".

De los miles de kurdos iraquíes atrapados en la frontera, sólo 571 habían respondido a la llamada a principios de esta semana, según Bagdad. Hussein no es uno de ellos. "No volveremos a menos que nos veamos obligados. Si fuéramos felices en nuestro país, no nos habríamos ido", exclama. "A nuestro Gobierno no le importa la miseria en la que vivimos los 365 días del año. Y ahora que el mundo entero está mirando, fingen que tienen algo que hacer al respecto".

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Por su parte, Ali y sus dos amigos sirios pudieron finalmente salir de Bielorrusia hacia Beirut el viernes 12 de noviembre. Si vuelven a Siria, serán detenidos por haber desertado. Anas, el migrante libanés, lleva varios días sin dar noticias de vida a su primo.

Texto original en francés:

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