África: la revelación de lo real
A finales de los 80 llegué a Malí después de atravesar Argelia y el Sáhara. Me establecí en Gao, al Norte del país. Alli viví y pinté durante algunos meses. En uno de mis viajes al Norte (Norte del Norte) llegué al lago Débo, que durante los meses de invierno es un mar interior y que en la estación seca se convierte en una gran charca rebosante de pescados –capitanes, siluros, carpas…
Los jóvenes de la región se reúnen alrededor de la gran charca con cañas, redes, arpones y otros mil artilugios destinados a hacer acopio de pescado antes del inicio de la estación de lluvias. Durante esos días el pescado acaba secándose alrededor del lago menguante: miles y miles de peces de todos los tamaños que después serán distribuidos por todo el país.
Lo dibujé y lo pinté muy a menudo, como tantísimas cosas, porque me parecía pintoresco (pintable). Solo después me di cuenta de que mi dibujo era la explicación –o la parábola– de una economía colonial enferma, etc., etc. A partir de este punto renuncio a dar más explicaciones: to Young to Die to old for rock and roll.
Lo que sí puedo decir es que África, Malí en particular, concretamente el país Dogon, funcionaron para mí como reveladores de lo real. El mundo real, lo visible, la fenomenología activa era esa y no la de les Beaux Arts. La manzana que yo escogí pintar no era la de Aix-en-Provence, sino la de Bandiagara, llena de ronchas y gusanos.