Desinformación

“Yo sé distinguir la mentira”: la trampa de la autosuficiencia informativa

Usuarios del metro esperando el siguiente tren en una estación de Nueva York (Estados Unidos).

Imagine a un ciudadano que recibe en su teléfono un vídeo que afirma que una vacuna provoca esterilidad. Lo mira con escepticismo, teclea el titular en Google, lee dos resultados, habla del tema con su cuñado esa tarde y llega a una conclusión: probablemente es falso, aunque algo de verdad tendrá. Ha hecho, cree él, “su propia investigación”. Y esa convicción, según un exhaustivo informe que acaba de publicar el Pew Research Center, es compartida por el 82% de los adultos estadounidenses.

El estudio, basado en una encuesta a 3.560 adultos realizada en diciembre de 2025 y complementada con nueve grupos focales, ofrece un retrato inquietante de la relación de los estadounidenses con la información. No tanto por lo que revela sobre sus hábitos de consumo —la fatiga, el desenganche progresivo, la sensación de saturación—, sino por lo que descubre sobre su confianza en sí mismos: la certeza de que, en un ecosistema informativo cada vez más contaminado por actores que difunden falsedades de manera sofisticada y deliberada, ellos son suficientemente capaces de navegar solos.

Esa confianza, que a primera vista podría parecer una virtud cívica, esconde una paradoja que los propios datos del informe evidencian: cuanto más se cree alguien capaz de detectar la desinformación por sus propios medios, menos probable es que busque ayuda, contraste fuentes con rigor o confíe en las instituciones encargadas de verificar los hechos. Y en el momento en que eso ocurre, las campañas de desinformación más sofisticadas ya han ganado la partida.

El dato más revelador del informe de Pew no es el de cuántos estadounidenses dicen verificar la información. Es la diferencia abismal entre lo que piensan de sí mismos y lo que piensan de los demás. El 79% de los encuestados se declara al menos “algo seguro” de saber qué pasos dar para comprobar la exactitud de una noticia. Pero solo un 25% extiende esa misma confianza al resto de sus conciudadanos.

Esa brecha entre el yo y el nosotros no es una anomalía estadística. Es un patrón cognitivo bien documentado en psicología social: el llamado “efecto del mejor que la media” o ilusión de superioridad, por el cual los individuos tienden sistemáticamente a sobrestimar sus propias capacidades en comparación con las del grupo. 

En condiciones normales, el fenómeno produce pocos daños graves. Pero en un entorno donde agentes estatales, grupos extremistas y redes de desinformación coordinada generan contenido falso diseñado específicamente para eludir los filtros del pensamiento crítico, esa ilusión se convierte en una vulnerabilidad de primer orden.

El informe también documenta que el 94% de los encuestados considera al menos “algo importante” que la gente haga su propia investigación para verificar la exactitud de las noticias. Dos tercios lo consideran “extremadamente o muy importante”. Y el 82% afirma hacerlo al menos de vez en cuando. Sería tranquilizador si no fuera por la pregunta que el propio Pew introduce a continuación: ¿qué entienden exactamente por “hacer su propia investigación”?

“Investigar” por cuenta propia

El 84% de los encuestados asocia el concepto con algo razonable: comparar la información entre varias fuentes. El 77% lo vincula a leer estudios científicos o académicos, y el 72%, a usar Google u otros buscadores. Hasta aquí, nada que objetar. El problema aparece cuando se desciende al resto de la lista.

Alrededor del 70% de los estadounidenses —siete de cada diez— considera que “hacer su propia investigación” incluye cuestionar lo que dicen los grandes medios de comunicación. Otro 70% añade a esa categoría poner en duda lo que afirman las fuentes oficiales y gubernamentales. El 63% incluye buscar testimonios de primera mano e historias personales. Y el 38% llega a considerar que hablar con amigos o familiares es también una forma válida de verificar la exactitud de una noticia.

El escepticismo ante el poder mediático e institucional no es intrínsecamente malo. Tiene una larga y respetable tradición en el periodismo de investigación y en la filosofía política. El problema surge cuando ese escepticismo deja de ser una herramienta analítica y se convierte en un sustituto de ella. Cuando “cuestionar a los medios” no significa contrastar sus afirmaciones con otras fuentes fiables, sino simplemente rechazarlas porque proceden de una institución que el ciudadano ha decidido, de antemano, que es corrupta o parcial.

Los datos del informe apuntan en esa dirección cuando se desglosan por ideología política. Los republicanos conservadores son significativamente más propensos a incluir el cuestionamiento de los grandes medios y de las fuentes gubernamentales dentro de su definición de “investigación”. No como punto de partida crítico, sino como práctica definitoria. El efecto es paradójico: cuanto mayor es la desconfianza en las instituciones de verificación, mayor es también la confianza en la propia capacidad para verificar sin ellas.

Para entender por qué esta actitud resulta especialmente peligrosa en el momento actual, conviene recordar cómo ha evolucionado la desinformación en la última década. Lo que en los años noventa o dos mil era principalmente propaganda política torpe —el bulo chapucero, el rumor de bar amplificado por un correo en cadena— se ha transformado en operaciones coordinadas de alta precisión, diseñadas por equipos profesionales, financiadas en ocasiones por Estados, y calibradas mediante análisis de datos para maximizar su impacto emocional y su viralidad.

Estas campañas no aspiran ya a convencer a todo el mundo de una mentira burda. Su objetivo es más sofisticado: sembrar la duda, erosionar la confianza en cualquier fuente de autoridad, crear la sensación de que la realidad es inaccesible y de que todo está manipulado. En ese terreno, el ciudadano que desconfía sistemáticamente de los medios, del Gobierno y de los expertos, y que confía a cambio en su propio juicio y en el relato de sus allegados, no es un obstáculo para la desinformación. Es su objetivo ideal.

Una responsabilidad individual

Los grupos focales recogidos en el informe de Pew ofrecen testimonios que iluminan esa contradicción desde dentro. Algunos participantes reconocen que “hacer tu propia investigación” requiere habilidades que no todo el mundo posee: saber evaluar la credibilidad de una fuente, identificar sesgos, entender el contexto de un dato estadístico, distinguir entre una publicación científica revisada por pares y una web de apariencia científica financiada por grupos de interés. Y sin embargo, incluso quienes verbalizan esa complejidad terminan defendiendo que la responsabilidad última recae en el individuo.

El 44% de los encuestados señala a los propios individuos como los principales responsables de comprobar la exactitud de las noticias. Solo el 22% señala a los medios de comunicación, el 9% a las escuelas y los docentes, y el 9% al Gobierno. Las empresas tecnológicas y las redes sociales, pese a ser los canales por los que circula la inmensa mayoría de la desinformación, reciben apenas un 4% o 5% de esa responsabilidad percibida.

El escenario se complica cuando se añade otro elemento central del informe: la fatiga informativa. El 52% de los encuestados se declara agotado por la cantidad de noticias que recibe. El 48% considera que la mayor parte de esas noticias no es relevante para su vida. Dos tercios han dejado de usar alguna fuente concreta de noticias en algún momento, y seis de cada diez han reducido su consumo general.

La combinación resulta tóxica: ciudadanos que creen en su capacidad para verificar la información, pero que al mismo tiempo están saturados y han reducido su exposición a fuentes diversas, limitándola a menudo a aquellas que ya confirman sus creencias previas. El contraste de versiones que ayudaría genuinamente a detectar falsedades queda reemplazado por el confort de la cámara de eco.

La brecha generacional añade otra capa de complejidad. Los menores de 30 años tienden masivamente a “encontrarse” las noticias —el 73% de ellos— en lugar de buscarlas activamente, mientras que el 73% de los mayores de 65 las busca de forma deliberada. Solo el 35% de los jóvenes considera que seguir las noticias regularmente es una parte muy importante de ser un buen miembro de la sociedad, frente al 65% de los mayores de 65. Y una quinta parte de los menores de 30 reconoce que a veces le cuesta entender las noticias que recibe.

Los jóvenes no están necesariamente menos informados que sus mayores; tienen acceso a información por otros canales y con otros formatos. Pero la idea de que “la noticia te encuentra” —que el algoritmo te traerá lo que necesitas saber— entrega el control de la agenda informativa a plataformas cuyo interés no es la calidad periodística, sino el tiempo de pantalla. Y en ese terreno, el contenido emocional, polarizador y frecuentemente inexacto viaja más rápido y más lejos que el riguroso.

Que paguen otros

Hay un detalle en el informe que sintetiza con crueldad la contradicción de fondo. Solo el 8% de los encuestados cree que los ciudadanos tienen la responsabilidad de pagar por las noticias. Únicamente el 16% ha pagado por alguna suscripción, membresía o donación a un medio en el último año. Y, sin embargo, el 80% considera que los ciudadanos tienen la responsabilidad de estar informados cuando votan.

El periodismo independiente —el que verifica, el que contrasta, el que tiene redactores especializados capaces de leer un estudio científico y explicar sus limitaciones— tiene costes. Su financiación a través de la publicidad lleva décadas en declive estructural. No obstante, el 45% de los estadounidenses considera que los medios deberían financiarse principalmente mediante publicidad y patrocinios, y solo alrededor de un 10% u 11% menciona las suscripciones o la financiación pública como vía principal.

La paradoja es perfecta: la misma ciudadanía que reclama para sí la responsabilidad de verificar la información —y que se muestra escéptica ante los medios profesionales— no está dispuesta a financiar las instituciones que podrían hacerlo con mayor rigor y recursos. Cerca de tres cuartas partes de los encuestados creen que los medios están al menos “algo bien” financieramente, una percepción que el propio Pew señala como un factor que probablemente reduce la urgencia percibida de contribuir económicamente.

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Volvamos al ciudadano del principio, con su teléfono y el vídeo sobre la vacuna. Es posible que llegue a la conclusión correcta. Es posible incluso que sus dos búsquedas de Google y su conversación con el cuñado le sirvan para descartarlo. La desinformación no siempre gana la batalla individual. Lo que hace, con una eficacia mucho mayor, es ganar la guerra de la confianza: convencer a millones de personas de que el sistema de verificación profesional —el periodismo, la ciencia, las instituciones— está tan corrompido que más vale fiarse del propio instinto.

El informe del Pew Research Center no dice que los ciudadanos estadounidenses sean crédulos o estúpidos. Dice algo más matizado y, en cierto sentido, más preocupante: que son personas razonables atrapadas en un ecosistema diseñado para sobrecargarlas, desorientarlas y hacerles creer que pueden prescindir de los mediadores institucionales del conocimiento. Y que esa creencia —la de la autosuficiencia informativa— es precisamente el vector que las campañas de desinformación más avanzadas explotan con mayor eficacia.

Verificar información en el siglo XXI no es navegar por Google durante diez minutos. Es una práctica que requiere formación, tiempo, acceso a fuentes especializadas y, sobre todo, la humildad de reconocer que uno puede equivocarse. El 79% de los estadounidenses cree tener esa capacidad. Solo el 25% cree que la tienen sus vecinos. En algún punto entre esas dos cifras vive la ilusión más peligrosa de la era de la desinformación: la de que uno, personalmente, es inmune a ella.

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